La novela romántica a estudio

¿Creías que nos íbamos a librar? Craso error, querida. De alguna manera había que explicar el éxito comercial inapelable del género romántico, ¿y por qué no echar mano de la psicología evolucionista para intentarlo? Después de todo, las mujeres somos ejemplares de una especie, y como tales, nuestros hábitos son «estudiables».

¿Que de qué va todo esto? Te cuento.

Dos investigadores canadienses, Maryanne Fisher (St Mary’s University, Nova Scotia) y Anthony Cox (Centre for Psychology and Computing, Dartmouth) decidieron comprobar si la inclusión de determinadas palabras en los títulos de las novelas románticas confirmaban, de alguna manera, los principios de la psicología evolucionista. Esto es, que detrás del éxito de determinadas palabras de uso frecuente en la narrativa romántica, se esconde nada más y nada menos que nuestros queridos impulsos hacia el apareamiento, a los que ya me referí en ésta entrada.

Así las cosas, y partiendo de que estos impulsos hacia el apareamiento y la reproducción, desarrollados a lo largo de miles de años, implican que las mujeres buscan hombres fuertes además de fértiles con recursos, buena salud, buena presencia, y capaces de asumir compromisos duraderos, tomaron un total de 15.019 novelas publicadas por Harlequin y analizaron sus títulos. Supusieron que palabras como bebé, padre y paternidad; riqueza, magnate y millonario; boda, compromiso y novia, o guapo, atractivo y atlético, se llevarían la palma. Y acertaron… Parcialmente.

¿Imaginas cuál fue la palabra que aparecía más veces entre los 15.019 títulos? Exacto: amor. (¡Qué casualidad!)

Siguientes en el ranking fueron: novia, bebé, hombre y matrimonio. Otras que también aparecían con frecuencia eran cowboy, noche y enfermera. Y en cuanto a  las profesiones más comunes en las novelas románticas: doctor ganaba por goleada, seguida de cowboy.

Según los investigadores, las veinte palabras más utilizadas sugieren que el compromiso a largo plazo y la reproducción son importantes para las lectoras, y que aunque no encontraron palabras relacionadas con recursos económicos o atractivo físico, sí hallaron las palabras doctor y cowboy, y otras relacionadas con altos ingresos o con ocupaciones que requieren buena forma física.

La conclusión de este estudio, que los autores publicaron en el Journal of Social, Evolutionary and Cultural Psychology, fue que los títulos de las novelas que publica Harlequin son «coherentes con las estrategias femeninas de búsqueda de pareja, lo cual explicaría su éxito internacional continuado».

Sospecho que ésto no ha sido ningún descubrimiento para los ejecutivos de la multinacional canadiense.

Alfredo Álamo, que también recoge la noticia en éste artículo de Lecturalia, se pregunta cómo encajan en la conclusión a la que llegaron los investigadores, los vampiros, hombres lobos y highlanders que viajan en el tiempo, que arrasan desde hace unos años. Bueno, para «las criaturas de la noche» la respuesta me parece evidente: el amor, nuevamente. El más idealizado de todos, el amor eterno.

En cuanto a los «highlanders que viajan en el tiempo», no tengo la menor idea… Habrá que preguntárselo al experto en la materia, el blogger de LiteraturaTorcida 1, ¿no te parece? :-)

1 Si no has tenido ocasión de leer su post humorístico sobre la sinopsis de la novela romántica Amar a Morgan, de Janet Chapman, por favor, hazlo. Vas a llorar de risa.

Fuente: The Guardian.

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 2ª parte.

Ésta es la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Ambos corresponden al capítulo 18 de la novela. Si no has tenido ocasión de leerlo, échale un vistazo al post: allí encontrarás también sinopsis y otra información que te ayudará a ponerte en situación :-)

¿De acuerdo? Entonces, empecemos…

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Amigos del almaTan pronto Victoria y compañía desaparecieron de la vista, Gillian liberó su mano.

La próxima vez que quieras marcarte un farol, búscate a otra… ¿vale?

Quería estar enojada, que su voz sonara molesta. Pero era consciente de que ni parecía enojada ni sonaba molesta. Le había gustado que pusiera a distancia a esa mujer. Y también, la idea de que tal vez estuviera pensando quedarse en Camden.

No era un farol —contestó él de lo más natural, y tiró el cucurucho vacío a la papelera.

Gillian se volvió a mirarlo.

¿A no? —paró en seco delante de él—. Le hiciste creer que estabas conmigo y no estás conmigo, Jason.

Él avanzó un paso más, le rodeó el cuello en un abrazo holgado más desafiante que sugerente y la miró desde sus alturas, provocativo.

Sí que estoy contigo. Es lo que quiero. Lo que te pedí hace un siglo. Que sigas pensándotelo no cambia nada.

Gillian sonrió igual de desafiante. —Como no me saques las manos de encima, te voy a patear el culo.

¿Tú solita? —Jason sonreía.

Y no se movía.

Gillian bajó la vista y cuando volvió a mirarlo no había rastro de sonrisas en su cara.

No soy Victoria. El día que quiera que me toques, no me voy a insinuar. Te lo voy a pedir, sin más.

Los ojos de Jason descendieron lentamente a sus labios. Se quedaron ahí unos segundos que a ella le parecieron eternos. Al final regresaron a sus ojos.

Y… ¿eso cuándo va a ser?

No había acabado la frase que a Gillian un escalofrío la hizo estremecer, recordándole lo vulnerable que era. Especialmente, cuando él tomaba la iniciativa así.

Suéltame, Jason.

«Ay, niña, cómo me pones» pensó mientras se apartaba de forma ostensible con una sonrisa radiante que a ella le sentó como un tiro.

No juegues a este juego, Jay. Se nos va a escapar de las manos y hay cosas importantes por medio.

Por supuesto que jugaría a ese juego.

Y todos los que hicieran falta hasta encontrar la manera de que a ella las cosas se le escaparan de las manos. Y por lo pronto iba a llevar el juego un poquito más allá, a ver qué tal lo aguantaba.

Jason echó un vistazo a los demás. A pocos metros de allí, hacían que charlaban pero no se perdían detalle. Necesitaban escabullirse un rato.

Ven, demos un paseo —dijo ofreciéndole su mano que ella, naturalmente, no tomó. La sonrisa de él se hizo más grande cuando se dispuso a iniciar la maniobra de distracción—. Cógela, no hundas mi reputación delante de esos cotillas.

Qué listo era… Ella meneó la cabeza. Lideró el camino sin coger su mano, mirando a otra parte para esconder la sonrisa.

¿Qué? —dijo al rato, espiándolo por el rabillo del ojo—, ¿vamos a tener otra conversación trascendental?

Él la miró feliz. Sonaba tanto a la Gillian de siempre…

No sé, ¿quieres? Hoy no estoy muy trascendenal que digamos.

¡Alabado sea Dios! —replicó ella risueña, en un suspiro.

Él también empezaba a sonar como su amigo del alma.

Al oírla, Jason se detuvo sin darse cuenta.

¡Cómo echaba de menos ésto!

Se apoyó contra una de las columnas de madera que bordeaba el sendero curvo, para disfrutar a gusto ante la mirada sorprendida de ella.

Joder, Gill… ¿Dónde te habías metido?

Ella se encogió de hombros. Era largo y complejo de explicar y además, a estas alturas, importaba poco. En realidad, cada día importaba menos.

Jason se cruzó de brazos. Fue una jugada premeditada. Y ella, aunque lo sabía, siguió cada movimiento con la misma atención que había seguido todo lo relacionado con él durante años.

Pero con un interés distinto, claramente sensual.

Si no aflojas el lazo, se va a romper —dijo él. Gillian clavó los ojos en el suelo cuando el corazón empezó a darle martillazos en las sienes—. Te necesito, Gillian ¿entiendes lo que digo?

Dios, sí. Claro que lo entendía. Ella lo miró con los ojos brillantes.

¿No decías que no estabas trascendental hoy?

En otra jugada premeditada él respiró hondo, hinchando el pecho. Los ojos de ella siguieron el movimiento de esos pectorales increíbles que parecieron duplicar el tamaño cuando él insufló aire en los pulmones.

Eres muy inteligente —dijo, seductor—. Y me conoces bien, así que sabes que te estoy marcando al cuerpo. Y que voy a tumbarte.

Sí, lo sabía pero eso no evitó la descarga brutal que la sacudió al oírlo.

Y los dos sabemos que aunque te lo pienses otros mil años, solamente tienes tres opciones. Aceptarlo y decidir momento y lugar. Quedarte a ver cómo te tumbo y en ese caso, el que decide soy yo. O —procuró que su voz siguiera firme—, pedirme que vuelva a Dallas.

También lo sabía y justamente por esa razón había intentado mantenerlo a distancia con la esperanza de que eso lo enfriara. El efecto, en cambio, había sido al contrario. Lo que confirmaba que para mal o para bien, él iba en serio.

O creía que era así.

Pero eso no cambiaba el clima en su interior: estaba aterrada de dónde les conduciría ese camino. Y seguía necesitando tiempo. Y sí, también echaba de menos a su Jason.

Ella también lo necesitaba.

Gillian suspiró, se ajustó la coleta ante su mirada expectante y lo miró sonriente.

Si sigues entrenando así, vamos a tener que agrandar el hueco de las puertas. ¿En qué pensarás que te inspira tanto?

Él sonrió, todo vanidad.

«Quién sabe», contestó.

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© Patricia Sutherland

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Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 1ª parte.

Me gusta escribir artículos sobre temas variados como los que encontrarás si echas un vistazo al archivo de esta página, y sin duda, en los casos en que es necesario documentar y buscar referencias, me siento a mis anchas. Peeero, soy escritora de novela romántica, y de vez en cuando, me tienta la idea de publicar extractos…

Y como ves, no hago el menor esfuerzo por resistirme a la tentación.

Cuando tengo el “gusanillo romántico”, siempre pienso en escenas con las que disfruté de manera especial mientras las escribía. Es el caso del siguiente extracto, que aunque pertenece al mismo capítulo, publicaré en dos entradas distintas. Lo hago así porque el cuerpo central de la página es angosto, y el post resultaría demasiado largo.

Entrando en materia, así como en su momento comenté que mi protagonista masculino preferido de la Serie Sintonías es el que aparece en Primer amor, ahora diré que, sin ninguna duda, la historia que más me gustó escribir es ésta, Amigos del alma, a la que pertece el extracto, cuya primera parte publicaré hoy. Por muchas razones, es una novela muy especial para mí, pero no te preocupes, que no me enrollaré con eso ahora :-)

Para ayudarte a que centres el tema, aquí tienes la sinopsis:

«Cuando le preguntaron a Jason Brady, el flamante entrenador de Los Tigres de Arkansas, si consideraba que haber conseguido ensamblar un buen equipo en tiempo récord, y mantenerlo en buena posición -a pesar de la plaga de lesiones que sufren desde el primer partido-, era el logro más peleado de su vida, él contestó con su sonrisa seductora y su talante de ganador: «No, hombre… Mi logro más peleado fue que mi chica me dijera que sí». Cuentan que la sala de prensa estalló en carcajadas: además de su gran sentido del humor, hasta los cronistas hombres admiten que no es, precisamente, del tipo al que las mujeres le dicen «no». Pensaron que había sido una broma, una al mejor estilo Jason Brady.

[…]Todas las personas con las que he hablado coinciden en una cosa: Jason y Gillian son como dos gotas de agua… Pero lo que los distingue de otras grandes amistades, es que al parecer mantienen una especie de conexión mágica que los fortalece y los complementa, y es un atributo exclusivo de las almas gemelas.

[…]¿Cómo pasan dos personas de ser carne y uña, los mejores amigos durante más de una década, a convertirse en pareja sentimental?

¿Qué circunstancia tan especial, nueva y determinante puede llevar a dos personas que han mantenido un nivel de comunicación tan profunda, a estrechar lazos?

Bueno, lo que el entrenador Brady dejó claro con su comentario en la sala de prensa es que, a) no fue fácil; b) no fue sincronizado; y c) fue él quien puso el balón en movimiento…»

Diane Lilly, Glam Magazine.

Jason Brady y Gillian McNeil son…

Amigos del alma, una historia de almas gemelas.

Y para que puedas ponerte en situación, te cuento en tres frases qué ha traído a mis personajes a las circunstancias que narra el extracto:

Un suceso inesperado hace que Jason se dé cuenta de la verdadera naturaleza de lo que siente por su amiga del alma, y con la seguridad que caracteriza todos sus movimientos -dentro y fuera del terreno de juego-, “pone el balón en movimiento”. O sea, abre la caja de los truenos. Ni siquiera se le cruza por la mente que Gillian le ponga pegas; después de todo, es una mujer, y a él, las mujeres nunca le dicen que “no”.

Pero Gillian, cuyo sentido común es tan grande como la vanidad de Jason, no le permite siquiera acabar de explicarse: cierra la caja de los truenos de un golpe seco, coloca en el fondo del freezer la amistad cómplice que hasta entonces compartían, y las cosas se tornan realmente difíciles para el mejor quarterback de la liga…

Ahora sí, te dejo con el primer extracto “inédito” de Amigos del alma.

Que disfrutes de la lectura, y hasta la próxima.

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Amigos del almaDomingo, 11 de junio de 2006

Riverfront Park,

Little Rock, Arkansas

Jason conocía a Gillian muy bien. Sabía que lo iba a poner bajo la lupa, estudiando cada uno de sus movimientos, pasando cada palabra y cada gesto por su trampa caza-ligones hasta que tuviera la certeza de que no había incoherencias. Y que sólo entonces, consideraría su propuesta seriamente. Y firme seguidora de la cultura «slow» como era, Jason también sabía que el proceso podría tomar… Sólo Dios sabía cuánto.

Contaba con eso.

La cuestión era que si la flamante vivencia del amor era estremecedora para cualquier primerizo, para un hombre caliente como él, estaba resultando una experiencia límite: amor y deseo corrían una carrera loca, con el pedal a fondo y la adrenalina subiendo imparable, convirtiéndolo, literalmente, en una bomba de tiempo.

La distancia que ella imponía tácitamente, lo esquiva que seguía siendo con él, no hacían más que hostigar su sangrante ego, avivando a su vez, una pasión incendiaria que él intentaba controlar de la única manera que podía; a golpe de entrenamiento. En circunstancias normales, ella se habría dado cuenta y puesto remedio, o al menos, paliativo. Gillian también conocía a Jason muy bien. Pero él tenía toda la impresión de que, concentrada en diseccionarlo bajo el microscopio, no se daba cuenta de que en la retaguardia, su resistencia estaba a punto de capitular.

La necesitaba desesperadamente. A la amiga tanto como a la mujer.

Sin ella ya casi no podía ni respirar.

Jason volvió a echar un vistazo por encima del hombro.

Gillian seguía de pie junto a unas atracciones conversando con Mandy. Para variar, ni lo miraba. Y él, para variar, tenía que programarse para quitarle los ojos de encima. Y para dejar de alucinar consigo mismo: camiseta de mangas cortas, de esas que dejan el estómago al aire, bermudas y bambas. Todo color negro, igual que el lazo que llevaba en el pelo. Lo más sugerente que había a la vista eran sus tres pares de músculos abdominales ligeramente marcados. Pero a este nuevo Jason, ni los contoneos de una estrella del porno en ropa de trabajo conseguirían inspirarlo más.

«Esa mujer es la caña», pensó y un instante después, cuando recordó dónde había oído esa frase antes, no pudo evitar una sonrisa irónica.

Jordan al detectar el gesto, lo codeó para llamar su atención. Habían ido a por helados para todos y esperaban frente al puesto atestado de niños.

¿Qué? ¿Cómo va la cosa?

Se lo piensa —contestó sin más. Y procuró poner su atención en los críos que estaban volviendo loco al heladero cambiando de idea sobre si chocolate o vainilla cada dos segundos y quitarla de esa mujer que lo encendía sin mover una pestaña y encima, ni siquiera se daba cuenta del terremoto que desencadenaba a su paso.

Eso es bueno —dijo Jordan, divertido. Acompañó sus palabras con un par de palmaditas en el hombro de su amigo quien le dedicó una mirada tan gráfica que no requirió más explicaciones—. Es bueno. Le dijiste que volverías a Dallas si ella te lo pedía. ¿Te lo ha pedido?

Jason negó con la cabeza.

¿Lo ves? Tú ten paciencia.

Ya, pero ser paciente con el sexo opuesto no era uno de sus puntos fuertes. Jason volvió a mirarla de refilón. Ella charlaba con Mandy mientras se recogía el cabello con el lazo. Sus ojos quedaron atrapados en el vaivén de esa mata larguísima que zigzagueó en el aire como la cola de una sirena.

Lo siguiente fue una descarga que puso todo su cuerpo a latir al ritmo del corazón.

Joder —murmuró sin darse cuenta.

Y dos segundos después, clavó la vista en la pila de cucuruchos que había sobre el mostrador frente a él.

Jordan lo miró con cariño y no hizo más comentarios.

Les tocaba pedir y eso hicieron.

Poco después, con once helados repartidos entre los dos se disponían a volver donde estaba el resto de la familia cuando oyeron que alguien llamaba a Jason.

«¡Jason Brady! ¡No me puedo creer que seas tú!», dijo una voz alegre.

Y de mujer.

Ambos se volvieron a mirar. Jordan sonrió divertido. Jason meneó la cabeza.

¿Qué te apuestas a que ahora sí que me está mirando?”, pensó.

Amigos del alma, (extracto) Capítulo 18.

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© Patricia Sutherland

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Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.


Novela romántica: sobre la magia de los libros, las lectoras y las críticas.

«Escribir no es una actividad del sector de servicios(1), porque escribir es un arte. Cuando me siento a escribir, no pienso en mis lectoras. Pienso en las palabras, en la historia, en los personajes, la forma en que todo esto se enlaza, en el por qué y en hacia dónde va esta bola dorada con sus hilos de oro desenmarañándose y volviendo a enredarse y confundiéndome y frustrándome y deleitándome. Adivinad qué, lectoras. No se trata de vosotras, en absoluto…»

Seguro que muchas escritoras piensan ésto, pero ¿cuántas se atreverían a decirlo de viva voz? Teniendo en cuenta lo importante que es la imagen de cara a la galería, sospecho que no serían muchas las que se liaran la manta a la cabeza.

Muchas, no, pero al menos una, sí; la autora de la frase que abre esta entrada. Me refiero, nada más y nada menos, que a Laura Kinsale.

Llegué a su web oficial como «trabajo de investigación» previo a la lectura de dos de sus novelas. Me gusta conocer un poco de los escritores, de cómo viven y lo que piensan, antes de sumergirme en su mundo literario. Y fue así, pinchando enlaces, que dí con este  artículo. Originariamente fue un debate sobre el remanido tema de si los libros deben tener la consideración de obras de artes -como un cuadro, o una escultura-, o son simplemente productos, que acabó convertido, allá por marzo del 2006, en este post publicado por la autora en el blog de las SmartBitches. Con semejante frase de apertura, huelga decir que generó más de un centenar de comentarios…

Y sí así de contundente fue el inicio, ¿te imaginas cómo fue el final? Exacto; fue apoteósico.

Kinsale se expresa en esta entrada con tal pasión y tal sinceridad acerca de la magia de los libros, de leerlos, pero especialmente de «parirlos» como si fueran tus hijos, y lo que ocurre con ellos cuando salen «ahí fuera», que me da cierto reparo traducir sus palabras, pero lo intentaré al menos con el siguiente párrafo porque con los traductores online no se entiende bien. Dice más o menos así (cógete bien a la silla):

…Toda la tormenta y la furia de internet, y las lectoras y las críticas y las cifras de ventas, no son nada. [Lo que importa] no está allí fuera. Está aquí. Y si tengo que protegerlo de las lectoras, lo haré sin piedad. Puede que pensando que sois una panda de imbéciles parlanchinas que no tienen ni idea, sin ánimo de ofender. A mí me interesa tanto conocer vuestras diez millones de opiniones contradictorias como a vosotras os interesa oír mis desgracias personales…».

Ufff. ¿Por dónde empezar?

Es posible que las primeras historias que escribí en mi vida fueran pura creación espontánea, sujetas exclusivamente a los dictados de mi imaginación. Hablo de la época en que escribía sin reglas y ni siquiera se me cruzaba por la mente la idea de que otros ojos distintos de los míos vieran esas palabras. Las que escribo ahora se atienen a normas claras y están encuadradas dentro de un género con «especificaciones» muy definidas, y ni unas ni otras las he establecido yo. Si hay reglas ajenas que respetar, no es arte propiamente dicho. Y aunque es cierto que hay un espacio en el que habitan mis personajes y el mundo que he creado para ellos, que me pertenece y sólo yo puedo plasmar, también lo es que las reglas de juego condicionan de manera directa la forma en que lo plasmo. Pondré un ejemplo: mis historias de hace diez años contenían sensualidad, pero no escenas sexuales explícitas. Como lectora sigo pensando que, excepto en el romance erótico, no son necesarias; como escritora estoy convencida de que sugerir da mucho más juego que mostrar, pero hoy por hoy, en el género romántico es impensable que una novela no contenga escenas de sexo explícito. ¿Ves a qué me refiero?

Tampoco estoy muy de acuerdo con lo que dice acerca de la «tormenta y la furia de internet» pero hay que tener en cuenta que Kinsale se refiere al mercado editorial romántico norteamericano, donde competencia y críticas son feroces casi por igual. Es cierto que muchas veces echas en falta un poco más de empatía, incluso de respeto, pero luego ¿por qué las cosas en el mundo virtual iban a ser distintas que en el mundo real? Las críticas y el rechazo forman parte de la vida de todos, aunque a los escritores a veces pueda parecernos que se trata de un método de tortura especialmente diseñado para nosotros :-)

Realmente, no sé si es posible «protegerse» de eso, como propone Kinsale. Creo, más bien, que se trata de aprender a capitalizar las críticas: quedarnos con lo que consideremos que pueda sernos útil, obviar lo demás, y especialmente, no tomarlas de manera personal. Ahora bien, cuando son críticas personales -y sí, también las hay- y nos sentimos vulnerables y sólo podemos pensar en «protegernos», entonces, por favor, que la armadura sea de titanio y  con doble recubrimiento de vaselina.

Desacuerdos al margen, este primer contacto con Laura Kinsale me ha impactado. Me ha impresionado su valentía, la elegancia con que desgrana las palabras, y la pasión que imprime en ellas. Si sus historias contienen sólo un diez por ciento de la fuerza que transmite en este artículo, se habrá ganado otra lectora fiel.

(1) Se refiere a la industria cultural (o de entretenimiento) que incluye a las editoriales.

Novela romántica: el futuro digital del género – III

Desde finales de marzo, es posible comprar las versiones Kindle (digitales) de novelas románticas de autoras consagradas, sin necesidad de tener el lector Kindle. Amazon distribuye el software para pc y para Iphone e IPod Touch, gratuitamente.

Fue recibir el mensaje y pinchar el enlace de descarga. Así, sin pensármelo dos veces. Soy compradora habitual de Amazon porque me gusta leer los libros en versión original, pero desde que ofrecen también las versiones digitales para Kindle -que te permiten hacerte con el libro de forma inmediata y bastante más económica-, un sistema tan rápido, eficaz y cómodo como el que ha conseguido implementar Amazon para distribuir mundialmente libros impresos, ya no me parecía ni tan rapido ni tan cómodo. Eficaz, sí :-)

Del lector de Amazon me gusta todo, excepto el precio, por eso nunca me decidí a comprarlo. Sólo vale para las versiones digitales que compras en su tienda, y aunque su lista de títulos disponibles en inglés es bastante extensa, prácticamente no hay versiones Kindle en español. Ahora, si crean una versión de software para usar con Ipad -existe para Ipod, pero no me resulta cómodo leer en una pantalla tan pequeña- mi felicidad (digital) será completa.

Diez minutos después de haber descargado el programa, ya había comprado mi primera versión Kindle (en inglés) de un libro que no conseguí encontrar impreso en castellano: Indómito de Elizabeth Lowell. Pensar que hace un par de semanas me recorrí tres mega-librerías buscándolo, y acabé acalorada (nunca aciertan con la temperatura de los locales comerciales, ¿no?), con dolor de pies y sin el libro, y la operación completa por Amazon -descarga incluída-, me tomó poco más de dos minutos y una tercera parte del dinero que me habría costado comprarlo impreso. Sin añadir que no tuve que moverme de la silla. Pensé que realmente, no había punto de comparación, y hacerlo me hizo caer en la cuenta de me he aficionado a los libros digitales en los últimos meses; leo bastante no ficción, y la mayoría de mis compras del 2008 en adelante, han sido electrónicas. Con Kindle tengo claro que mis lecturas de ficción seguirán la misma tendencia: hay más de dos mil títulos disponibles del género romántico.

Es más, en España aunque con lentitud y cautela, empieza a haber editoriales que al igual que Harlequin, ofrecen versiones digitales de sus títulos impresos.

Hace un par de años cuando abordé el tema aquí y aquí, decía que no creía que los libros digitales compitieran con los libros impresos, que en todo caso, serían complementarios. Hoy sigo opinando lo mismo, pero con salvedades. Han sucedido cosas desde entonces, además de la crisis: los lectores son más baratos, los libros digitales también, y hay una amplia oferta para la cual ni siquiera necesitas lector; te descargas el Adobe Digital Reader, que es gratuito, y en minutos estás leyendo la novela que te acabas de comprar. Añade a esto el innegable ahorro de espacio y la posibilidad de decidir si el libro te interesa lo bastante como para invertir en una versión impresa (¿realmente, cuántos libros de los que llenan tus librerías habrías comprado en impreso si antes hubieras podido leerlos digitalmente? En mi caso, un escasísimo 40%), y las ventajas se disparan. También las cifras de ventas del ebook en Estados Unidos durante 2009; mientras las ventas del libro impreso mostraron un ligero declive, las ventas de ebooks crecieron un 176.6% según este artículo de febrero de este año, publicado por Publishers’ Weekly.

Y tú ¿qué tal te llevas con libros digitales?

Novela romantica Primer amor, un extracto romántico para el día de San Valentín

Aunque los tres protagonistas masculinos de mi Serie Sintonías son hombres singulares, nunca he ocultado cuál de ellos me robó el corazón desde el principio.

Y no sólo ha robado el mío; desde que viera la luz la segunda de la serie, que lo tiene de protagonista, mi chico de ficción favorito se ha convertido en un auténtico coleccionista de corazones… ¿Por qué? Ah, por muchísimas razones que podría explicar con lujo de detalles, pero no tengo la menor intención de hacer.

En cambio, haré algo mejor.

¿Qué tal si te dejo «pispear» una de sus puestas en escena? Eso lo explicará mejor que mil palabras, te lo aseguro. Gusta la idea, ¿eh? Me lo imaginaba :-)

Te dejo, entonces, con este extracto de Primer amor.
¡Que tengas un San Valentín de película!

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mark_primeramorMark aparcó frente a casa de Shannon y cerró el contacto. Sabía muy bien que ella no iba a invitarlo a subir. Tan bien como sabía que él no debía sugerirlo, pero no quería irse. Le apetecía pegarse a su piel, meterse en su cuerpo, saborear cada centímetro de ella. Y a falta de eso, le apetecía su risa, su espontaneidad.

Hacía tantos años que nadie conseguía siquiera entretenerlo más de un par de horas, que cada minuto que pasaban juntos se le hacía más difícil dejarla. Sin darse cuenta, Shannon había sacado a la superficie de las emociones de Mark un deseo que, de tan intenso, acabó convirtiéndose en necesidad: la de encontrar esa mujer que lo complementara. Un deseo de cuya intensidad Mark solo fue consciente cuando la vio y supo que esa mujer, era ella. Cuatro meses después, la piel se lo pedía a gritos.

—Aunque casi ni yo puedo creérmelo, me lo he pasado genial. Gracias, Mark.

Su voz lo sacó de su ensimismamiento y cuando la miró, ella sonreía.

—¿Y por qué “casi no te lo crees”?

Shannon lo miró con picardía.

—No suelo esperar pasarlo bien con alguien que piensa que las mujeres de hoy día somos huecas por dentro…

—¿Habrá ayudado la paliza que me diste jugando a los dardos?

Shannon rió divertida. Le había dado un palizón.

—Habla en tu favor que no dijeras, como todos, que te dejaste ganar.

—No me dejé ganar —Mark se acomodó con la espalda contra la puerta del conductor—. Pero aunque fuera así, no te lo diría.

—¿Siempre eres tan caballero?

Ella lo miraba con su expresión de niña, un poco dulce, bastante desafiante. Y él se moría por quedarse, subir con ella, hacerle el amor. Pero había dicho que le daría el tiempo que necesitara para resolver lo que tuviera que resolver. Asintió con sus ojos claritos clavados en ella.

—Siempre.

Una sonrisa radiante apareció en la cara de Shannon, que asintió varias veces con la cabeza, y se volvió para apearse.

—No te muevas —pidió él, reteniéndola por un brazo. Ella lo miró interrogante. Lo vio indicarle con la mirada que se quedara sentada, luego apearse, dar la vuelta por delante del monóvolumen y abrir la puerta del acompañante.

Las veces que una escena parecida se había repetido entre ellos volvió a la mente de Shannon. Entonces, pensaba que él lo hacía para ponerla nerviosa. Ahora, empezaba a dudar que aquel hombre hiciera algo más que lo que le diera la gana en cada momento. Entonces, a ella le molestaba. Ahora, le encantaba.

Shannon sonrió a modo de agradecimiento, ambos caminaron hasta la puerta de su edificio.

—Quién le habría dicho a la cría de los pelos azules y la ropa punky que un día saldría con un caballero de la corte del rey Arturo… —comentó ella, risueña, y sacó las llaves del bolsillo de su abrigo. Mark se las cogió de la mano y abrió la puerta.

—Quién le habría dicho a esa cría que un día le encantaría salir con un caballero de la corte del rey Arturo —matizó él.

Le devolvió las llaves, rozando suavemente sus dedos con los de ella. A Shannon un cosquilleo muy agradable le recorrió el cuerpo. A él, un escalofrío. —Hoy lo voy a tener complicado —continuó él, suavemente—. No creo que acabe hasta las cinco o las seis. Y después quiero llevar a Patty y los críos por ahí, a pasear…

Shannon asintió. Mark probó suerte.

—¿Te apetece que nos veamos un rato sobre las once o así? Podríamos ir a bailar o donde quieras…

—Yo también tengo un día complicado. Nos hablamos y vemos ¿te parece?

No, no le parecía. Quería verla. Necesitaba saber que la vería.

—Vente a comer al rancho y luego, si puedes, te apuntas a la salida.

Era más que una sugerencia: un deseo expuesto al mejor estilo Mark Brady, con tanta dulzura como determinación que a ella le supo a caricia.

—Los sábados como con Cathy… —dijo ella, sonriendo.

—Tráetela.

Shannon se quedó mirándolo. Esas formas suyas empezaban a gustarle demasiado. Y su propia reticencia a rebelarse a tanta determinación, demasiado poco.

—Es una idea —se sorprendió diciendo, en vez del “ya veremos” que tenía pensado contestar.

Lo vio asentir sonriendo, ponerse las manos en los bolsillos y dar un paso atrás.

Era hora de irse, y se marchaba.

Shannon no pudo evitar pensar que irse sin al menos intentar quedarse, no era propio de un hombre en estos tiempos. Por más Mark Brady que fuera el hombre en cuestión. Las ganas de tentarlo fueron irreprimibles. Tantas como las que tenía de que la noche no acabara, de seguir con él, sintiendo lo que solamente él podía hacerle sentir, solo con mirarla.

—¿Ya te vas? —le preguntó suavemente sin perderse gesto.

Vio sus ojos claritos, brillantes, enfocar en ella durante una eternidad. Al final, lo vio asentir levemente, con una expresión dulce en la cara.

Shannon sonrió de oreja a oreja.

—Eres todo un personaje…—le dijo divertida—. La tentación de tentarte fue demasiado grande… Lo siento, no pude evitarlo.

Mark enarcó la ceja, burlón.

—Soy un hombre, Shannon. En el más amplio sentido de la palabra.

—¿Los “hombres en el más amplio sentido de la palabra” no se tientan?

Ella se apoyó contra el marco de la puerta de cristal, manteniéndola abierta con su cuerpo, y se dispuso a mirarlo a gusto mientras él avanzaba el paso que había retrocedido, y se detenía frente a ella. Lo vio apoyar una mano sobre el borde del marco, por encima de su cabeza.

Shannon miró de reojo el brazo descansando contra el marco, y luego a él, desafiante.

—Me tientas —admitió él, y dio otro paso hacia ella—. Toda tú.

A esa distancia, no solo su perfume masculino la rodeó. Podía sentir con intensidad, sensaciones vibrantes que no acertaba a decidir si eran solo suyas, o de los dos.

—Podría dejarme llevar —continuó él buscando su mirada—. Pero si solamente quisiera eso, lo podría haber hecho desde el principio ¿no te parece?

—Te freí a calabazas —susurró ella—. No tuviste ocasión.

Mark dio un paso más. Estaba tan cerca que ella tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Si hubiera querido seducirte, lo habría hecho —le apartó un rulo rebelde de la mejilla; la punta de los dedos le rozaron la mejilla y ella se estremeció—. No quiero seducirte. Quiero enamorarte. Quiero que cuando me mires veas el hombre de tu vida. Que para ti, nunca nadie se compare conmigo. Y que dentro de ochenta años sigas sintiendo exactamente igual —otro estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies. Esta vez, sintió que él también se estremecía, y se esforzó por mantener la mirada—. Me tientas, Shannon. Y me importas, como ninguna mujer me importó en la vida. Por eso me voy.

Sus palabras, el tono de su voz, su dulzura… Todo lo que fluía de él, más allá de lo que comunicaba verbalmente, fue como un gran abrazo amoroso, de una intensidad tal que la dejó sin aliento. Cuando él, a modo de despedida, se acercó a besarle la frente, ella aún contenía la respiración.

Capítulo 13 (extracto).

© Patricia Sutherland.

Primer amor, la más romántica de la serie Sintonías.

Disponible en papel y en todos los formatos digitales.
Primer amor, ebook. 

Pack Sintonías, tres novelas románticas

Primer amor, libro impreso.

¿Lo quieres dedicado por mí? ¡Es posible!

Nota: Para saber a qué viene que haya resaltado parte del texto en amarillo, echa un vistazo a ésto.

Princesa, mi nueva novela romántica – Extracto 3

 

Como lo prometido es deuda, aquí tienes el tercer y último extracto de Princesa.

Con él, me despido hasta el año que viene, deseándote de corazón que tengas una Feliz Navidad, y un 2010 lleno de deseos cumplidos…
Y, por supuesto, mucho, mucho romance ;-)

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             —Hola, vecina ¿qué, haciendo footing?

Tess se detuvo y se volvió hacia la voz con resignación. Por alguna razón que no acababa de comprender, su pelilargo vecino, con el que no había coincidido ni una sola vez en diez años, ahora era una visión recurrente, como si formara parte del paisaje.

Ella se miró su propia indumentaria deportiva en un gesto ostensible.

Ya que la respuesta resulta obvia —dijo al fin con una expresión fingidamente interesada—, deduzco que en realidad no era una pregunta, ¿verdad?

Desde el suelo donde desmontaba una pieza metálica, Dakota soltó la carcajada. Se puso de pie, meneando la cabeza incapaz de creer que aquella mujer pudiera ser tan rebuscada y que a pesar de serlo, le resultara tan jodidamente atractiva, aunque eso era harina de otro costal, y se dirigió hacia ella, limpiándose la grasa de las manos con un trapo.

Deduces bien —dijo con una sonrisa cautivadora—. Se llama hablar por hablar y la gente vulgar lo hace todo el tiempo ¿por qué no pruebas, a ver qué tal?

Ella jamás hablaba por hablar ¿acaso tenía algún sentido?, lo que no creía, en absoluto, que la convirtiera en alguien especial. Y en circunstancias normales, se lo habría dicho sin ambages. Éstas, no lo eran.

Simplemente, porque Tess se había quedado atrapada en aquella sonrisa. En sus labios delgados, perfectamente delineados, que lucían húmedos y de un color rosado fuerte, como si llevaran carmín. Podrían ser unos labios de mujer, pensó. Pero no pertenecían a una mujer, y la media perilla apenas una franja corta y estrecha de pelo que nacía debajo de su labio inferior y le llegaba hasta el final de la barbilla, daba fe de ello.

Dakota la miraba sonriendo, entre expectante y divertido, y ella…

Tess era consciente de que él se estaba burlando, y lo hacía con descaro, pero su cerebro, era evidente, había decidido ignorar la burla y concentrarse en aquella boca que, inexplicablemente, encontraba… ¿apetecible?

Inglaterra, concluyó ella mirando a otra parte con una creciente sensación de bochorno, no le estaba sentando nada bien si podía encontrar algo “apetecible” en aquel niño descarado. Y cargó las tintas sobre la palabra “niño” en un intento de que su propio cerebro recordara que la criatura tenía tan solo veinticuatro años.

Sin embargo, Tess no consiguió apartar la mirada lo bastante rápido, que no pasó desapercibida a Dakota. Entonces, un relámpago, cargado hasta los topes de energía, atravesó al hombre de la media perilla, despejándole todas las dudas que tuviera al respecto: jugaría aquel juego. A pesar de que era la peor idea del mundo, jugaría aquel juego hasta el final.

Todo su lenguaje corporal se transformó en un segundo, pero Tess, ocupada en sus propios pensamientos, no se percató.

Corriente —dijo ella mientras quitaba una pelusa imaginaria de su top negro, poniendo fin al incómodo silencio.

Él frunció el ceño. —Corriente ¿qué?

Se dice gente corriente —aclaró Tess—. Es lo más apropiado en este caso.

La sonrisa apetecible volvió a hacer acto de presencia, aderezada con una pizca inocultable de desafío, anuncio de la carga de profundidad que él estaba a punto de lanzar.

Te gusto cantidad, ¿eh?

Ella alzó las cejas, sus ojos lo escrutaron como si todo él fuera un código cifrado.

Gustar era un concepto muy amplio, pensó Tess, y muy relativo; también le gustaban los mojitos y el tabaco, y hacía más de dos años que no probaba ni lo uno ni lo otro.

Ya lo creo —replicó ella, en tono de guasa, dispuesta a practicar aquel arte insólito de hablar por hablar, ya que él decía que era tan “vulgar”—. Aún no he decidido qué me gusta más de ti, si tu corte de pelo estilo Kurt Cobaine después de un mal viaje, o tus modales exquisitos. Especialmente, cuando bebes latas de gaseosa —hizo una pausa para mirarlo, altiva—. Pero no te apures, cuando lo decida te lo haré saber.

No esperaba enojarlo aunque, desde luego, le habría gustado, y efectivamente, no lo enojó. Al contrario, lo vio asentir repetidas veces con la cabeza sin perder la sonrisa, y Tess tuvo la sensación de que él continuaría con las puyas, pero no fue así.

¿Cuándo vuelves a Boston?

Me voy el sábado —replicó ella, preguntándose a qué se debía aquel inesperado cambio de tercio.

¿Tan pronto? La echaría de menos. Hacía siglos que lo más interesante que Dakota encontraba en la parcela vecina eran los tangas de la hija menor de los Gibb, secándose al sol.

Cuando había sol, claro.

Tres días no daban para muchas florituras con una mujer como aquella.

Vale. Entonces, nada de florituras. —Así que la cosa está entre mi pelo y mis modales —comentó él, divertido, al tiempo que le daba la espalda y se dirigía al interior del garaje.

A Tess le pareció que él volvía para ocuparse de su “princesa” de hierro, su moto, a la que siempre estaba limpiando y sacando brillo, pero en aquel momento Dakota se quitó la camiseta, y un instante después, cuando ella aún no había tenido tiempo de recuperarse de la sorpresa, él se llevó una mano al cabello, y lo liberó de la banda con que lo sujetaba en una coleta baja.

A continuación, se quedó tal como estaba, exhibiéndose con desparpajo, esperando pacientemente a que la medicina hiciera efecto.

Los ojos de Tess siguieron los trazos del dragón bicéfalo de dientes amenazadores, cuyas alas desplegadas rodeaban los hombros de Scott, como si estuvieran abrazándolo. Su sinuoso cuerpo, cubierto de escamas, zigzagueaba a lo largo del eje central de la espalda masculina, con una belleza transgresora propia de las obras de Don Ed Hardy.

Aquello era un festín visual en escala de azules, violetas y rojos, volcados sobre un lienzo excepcional.

Sin embargo, Hardy no podía haber sido el autor de aquel tatuaje. Entre otras razones porque ya se había retirado antes de que Scott naciera.

Y además, ni siquiera alguien con semejante sentido de la estética, habría podido concebir una visión tan fantástica como aquella voluptuosa cola dentada de dragón desapareciendo bajo la cintura de los calzoncillos, que asomaban, sugerentes, por encima de los tejanos.

 La sola idea de averiguar cómo sería el final del tatuaje la hizo suspirar. Entonces, Tess volvió a la realidad, roja de vergüenza, y Dakota, con una sonrisa radiante, se echó la prenda al hombro, dando por finalizado el espectáculo.

Acabo de hacerte más fácil la decisión ¿a qué sí? —dijo, mirándola de soslayo antes de atravesar la puerta que comunicaba el garaje con la vivienda—. Por si no nos vemos de nuevo, que tengas buen viaje.

Vaya, si lo había hecho.

Tess acababa de descubrir que le encantaban los dragones.

En especial, los de cola dentada.

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© Patricia Sutherland

 

Princesa, mi nueva novela romántica – Extracto 2

Aquí va otro fragmento romántico de mi nueva novela, en esta ocasión un poquito más sensual. Para compensar los fríos polares que azotan la península, ya sabes ;-)

Que lo disfrutes, y hasta la semana que viene.

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Tess echó un vistazo a su alrededor. Una de las tres chicas que ocupaban la mesa próxima, dejó de hablar al ver que ella las miraba, y entre risas y cuchicheos siguieron a lo que estaban tan pronto Tess apartó la vista. Se preguntarían qué hacía un “chico como él” con una “anciana como ella”, era evidente. Lo cual no hizo más que confirmarle sus propios pensamientos; no debía permanecer allí por más tiempo.

Escucha… —empezó a decir. Dakota alzó los ojos por encima de su vaso de café y la miró, haciendo que ella deseara que la tragara la tierra. ¿Qué estaba haciendo allí con aquel niño guapo que apenas acababa de cumplir los veinticuatro? ¿Acaso había perdido el juicio?—. Creo que esto no es una buena idea.

Y no acabó de decirlo, que ya estaba manoteando sus cosas para irse. Se habían encontrado por casualidad, era cierto, pero ella sabía perfectamente cuáles eran sus pretensiones, ya que él, en ningún momento, se había molestado en ocultarlas.

Lo mejor es que me vaya —añadió con decisión.

¿Qué no es una buena idea? —apuntó él, risueño, al tiempo que tiraba suavemente de su manga, instándola a que volviera a sentarse— ¿Esperar a que deje de diluviar mientras tomas café en un Starbucks?

Tess suspiró. Se sentó a regañadientes, pero no se quitó el abrigo porque no pensaba quedarse. No debía quedarse. Diría lo que tenía que decir, y luego se marcharía. Diluviara, o no.

Vivo en Boston, soy mucho mayor que tú, y mi hermana, que vive aquí y es de tu misma edad, está enamorada de ti.

¿Y…? —replicó él, de lo más fresco.

No seas cruel… —lo reprendió, como si se tratara de su hijo adolescente—. Y no te atrevas a tomar sus sentimientos a la ligera.

Él, sin embargo, lo tomó como solía tomarse todas las cosas; a broma.

¿Cruel? —dijo Dakota, aguantando la risa— Joder, deberían multarte por hablar así…

Pero a Tess no le hizo ninguna gracia. Se limitó a bajar la vista mientras esperaba que las carcajadas cesaran, cosa que no tardó en suceder.

A ver, ricura… —empezó a decir él con un tono no exento de cierta ternura—. Primero, paso de tu hermana, y segundo, estoy aquí contigo porque quiero…

Al ver que ella seguía con la vista baja, Dakota dejó la frase a medias. Extendió una mano y atrajo su barbilla, obligándola a mirarlo.

Ambos se estremecieron.

Y ambos intentaron ocultarlo a su manera: ella apartó la cara, evitando el contacto; él continuó hablando con su inseparable sonrisa burlona pegada en la suya:

Que yo sepa, no te he pedido nada. Solamente te he invitado a un café… Así que, no le busques la quinta pata al gato, ¿vale?

No lo has hecho, pero lo harás —sentenció Tess, y lo miró directamente a los ojos, ignorando el calor que le arrebolaba las mejillas.

Vaya.

Esto es poner la directa —pensó Dakota al tiempo que se recostaba contra el respaldo, alucinado—, y lo demás, son chorradas”.

La estudió un buen rato, en silencio, sin salir de su asombro. Desde la última vez que se habían visto, cuatro meses atrás, algo había cambiado en la forma en que se relacionaban. Esta conversación no tenía nada que ver con la “batalla dialéctica” que habían compartido en el verano a través de la valla que separaba los patios traseros de sus respectivas casas. Tampoco con el tono de los “consejos sentimentales” que le había ofrecido por email. Entonces, al recordarlo, él cayó en la cuenta de otro detalle. Tess le había asegurado que no volvería a Londres por Navidad, que no planeaba “disfrutar de otro jet lag” en mucho tiempo.

Pero era Navidad, y ella estaba en Londres. Tomándose un café con él, aunque dijera que era una mala idea.

El corazón de Dakota lo festejó con un redoble antes siquiera de que la pregunta acabara de tomar forma en su mente…

¿Había regresado por él, para volver a verlo?

Al primer redoble siguió otro, y otro más…

Y luego, una sucesión de estremecimientos, anunciándole que el número de revoluciones se acercaba peligrosamente al límite…

Y finalmente, una sonrisa incrédula… Cuando él se descubrió agradeciendo que aquel bendito lugar estuviera tan lleno de gente, y que ella, la mujer culpable de ponerlo como una moto, fuera alguien tan poco dado a los numeritos. De otra forma, el espectáculo estaría servido.

Sin embargo, cuando instantes después, Dakota volvió la vista hacia ella, él ya no sonreía. Lo vio incorporarse en la silla e inclinarse hacia adelante sobre la mesa, hasta que ambos estuvieron muy cerca. Tess arqueó las cejas en un gesto característico que solía poner cuando aquel niño impertinente decía algún sinsentido, o ella intuía que estaba a punto de hacerlo.

Pero mientras él permanecía en silencio, sus ojos se ocupaban de desnudarla, y ahora le devoraban los labios…

Dejando a Tess, literalmente, sin aire.

Dime una cosa, nena… —murmuró, al fin. Su mirada ardiente se desplazó de la boca femenina, a sus ojos— ¿tengo pinta de ser de los que lo piden?

Ella tardó en sobreponerse al devastador efecto de aquel avance inesperado.

Tardó en conseguir que su respiración volviera a la normalidad, y también en lograr que el cerebro fuera capaz de centrarse nuevamente.

Con la vista fija en la pajita con la que removía su Mocca Frapuccino, a salvo de la intensidad de aquella mirada que aún la hacía temblar, Tess se tomó su tiempo, sabiendo que recuperaría el control de sus emociones. Así había sido siempre: no había llegado tan lejos en su vida y en su profesión por ser alguien voluble, precisamente.

Y así continuaría siendo.

Lo harás, Scott —respondió cuando estuvo segura de que su voz sonaría firme y serena—. Y yo te diré que no. Porque vivo en Boston, soy mucho mayor que tú, y mi hermana está enamorada de ti… ¿Podrás soportarlo?

Ella se puso de pie y cogió sus cosas. —No tienes pinta de ser de los que soportan que una mujer les diga que no.

Tess se alejó sin que Dakota hiciera el menor ademán de detenerla.

Su mirada, en cambio, dominada por el fuego que aún ardía en su interior, la siguió hasta que ella abandonó el local y se mezcló con la multitud que atestaba la calle.

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© Patricia Sutherland

 

Nota del 13/03/2011:  esta entrada ha sido editada para actualizar el texto extractado de la novela, a la versión final de la misma.



Harlequin entra en el negocio de la autopublicación con DellArte Press

El gigante editorial Harlequin Enterprises Limited, anunció el pasado 17 de noviembre, la creación de Harlequin Horizons, una empresa de autopublicación para escritores de novela romántica y narrativa femenina, creada en asociación con Author Solutions, Inc. Tan solo siete días más tarde, la corporación elimina del nombre de la nueva división, toda mención a su conocida marca, y la cambia por DellArte Press.

En su comunicado original de prensa indicaban que aunque de todos los servicios relativos a la venta, marketing, publicación, y distribución de los libros se encargaría ASI, la empresa asociada, Harlequin seguiría los progresos de las ventas de los libros que se publicaran a través de la división (Harlequin Horizons) de cara a una posible selección para sus sellos tradicionales.

Los paquetes de publicación que ofrecían a los escritores a través de su web, continuán igual: van desde los $599 (básico) a los $ 1.599 (booksellers). Aunque, naturalmente, los servicios ofrecidos son variables, todos los paquetes incluyen el formateo digital para adecuarlo a los lectores Kindle (de Amazon) y Sony Reader.

La semana pasada, cuando me enteré, me pareció una buena noticia, especialmente teniendo en cuenta que en España tenemos a Harlequin Ibérica, pero a poco que indagué sobre el tema en internet resultó que la noticia no había sido bien recibida por escritores y lectores.

Quejas las había de todos los sabores, desde que Harlequin se había pasado al «Vanity Press» hasta acusaciones de «timo». No obstante, intentando centrar el tema, las principales objeciones eran:

1. Que prestando el nombre a libros autopublicados, se desprestigia la marca (Harlequin), y con ello a las autoras publicadas bajo los distintos sellos de la casa.

2. Que daba lugar a que escritoras nóveles -o no conocedoras del mundo editorial- vieran el proyecto como una forma de atraer la atención de Harlequin y ser publicadas por alguno de sus sellos.

3. Que eligir asociarse con otra empresa en un modelo de impresión bajo pedido era una forma de ir a la caza de escritoras crédulas.
 
Pero lo que dejó más claro la magnitud del efecto de esta jugada de Harlequin Enterprises en el entorno de la novela romántica norteamericana fue la posición que al respecto ha asumido la todopoderosa RWA (Romance Writers of America), la más importante de las agrupaciones de autoras románticas de Estados Unidos. Uno de los principales beneficios de que disfrutan sus miembros es su ya famosísima Conferencia Anual, durante la cual RWA asigna gratuitamente recursos especiales a editoriales que publican a la manera tradicional y que reúnen los requisitos necesarios para optar a dichos recursos. Naturalmente quedan excluídas las empresas de autopublicación y las denominadas «vanity press» que permiten a cualquier escritor publicar mediante la contratación de paquetes editoriales de distinto coste (generalmente, alto). Del comunicado oficial de RWA, resulta que el lanzamiento de Harlequin Horizons ha puesto a Harlequin Enterprises fuera de las condiciones requeridas para dicha elegibilidad, y por tanto, si desean tomar parte en la Conferencia Anual, lo harán pagando por la asistencia, el espacio, y la publicidad directa de sus obras en los catálogos de la RWA. Y no dicen, pero queda implícito, que por lo tanto, también quedan fuera de sus Premios.

La sensación con que me quedé es que esta decisión de Harlequin ha dolido por el lugar que ostenta entre las escritoras y lectoras del género en Estados Unidos, por su fama de «escuchar» a sus clientes (las lectoras) y darles lo que piden, lo que a su vez ha redundado en la oportunidad y el nivel de exposición que la empresa ha ofrecido a tantísimas autoras de novela romántica. Era como si se sintieran traicionadas.

Sin embargo, Harlequin no es la primera ni la única editorial que apuesta por este modelo de negocio. Otras editoriales importantes mantienen intereses económicos en el entorno de la autopublicación (o directamente, la llamada «vanity press») a través de alianzas -Random House/Xlibris, Amazon/CreateSpace, Barnes&Noble/Smashwords-, y eso no parece haber dañado su prestigio ni el de las autoras publicadas por la vía convencional.

Las acusaciones, a mi entender, no se sostenían. Menos aún en USA, donde este modelo de negocio lleva instalado varios años. Es obvio que para que una novela publicada por Harlequin Horizons -ahora DellArte Press- atraiga la atención de la casa matriz, las ventas tendrían que ser más que importantes. Y aunque, sin duda, hay personas crédulas, eso no convierte en estafas sus errores de juicio. Por otra parte, si una novela sin apoyos editoriales consigue tal repercusión ¿de qué manera estaría desprestigiando a las de las autoras publicadas por Harlequin? Los paquetes de publicación no son gratuitos, precisamente. ¿Que «diluye» la marca? Es posible, pero en todo caso sería una estrategia equivocada, no una estafa.

Imagínate mi sorpresa cuando hoy, verificando que el enlace de Harlequin Horizons que incluyo en esta entrada funcionara correctamente, veo que me redirecciona a la web de una empresa distinta, en la que no hay rastro de la palabra Harlequin en ninguna parte. Inmediatamente me puse a buscar información que explicara lo sucedido… y voilà, este artículo de Publishers Weekly despeja las dudas: fue la reacción de la RWA, que dejo a la alta plana de Harlequin «consternada», lo que los llevó a cambiar el nombre de la nueva división.
  
En fin… A riesgo de que parecer ingenua, diré que la alianza editorial me sigue pareciendo algo positivo -se llame como se llame-. Estoy convencida de que la diversidad nos enriquece, que la competencia no es una amenaza -todo lo contrario-, y que cuanto mayor sea el abanico de posibilidades a la hora de elegir, mejor.

 

Innovación y novela romántica.

En las III Jornadas de Novela Romántica se ha abordado nuevamente el asunto de la necesidad de que las escritoras del género en castellano planteemos nuevos escenarios, personajes, y estilos. Diferenciación, dicen, es la palabra clave, pero ¿qué se entiende, exactamente, por «nuevos» planteamientos? ¿Hasta qué punto podemos abrir el abanico sin salirnos de los parámetros que buscan las lectoras al momento de seleccionar una novela? Y especialmente, ¿está el mercado romántico -lectores y editoriales- preparado para dicha innovación?

Empezaré por aclarar que ya encuentro innovador poder pararme delante de las estanterías dedicadas al género en mi librería habitual y encontrar historias románticas narradas por escritoras españolas. Da igual dónde se ambiente o quiénes sean los personajes, para mí son sus voces lo que las hace diferentes. Y además, me parece increíble verlas allí. Si lo piensas bien, es algo que hace tan sólo tres años no era posible.

También diré que, personalmente, creo que el género en español áun está en pañales -me refiero a que son pocas las autoras publicadas y pocos los títulos que se han publicado-, y que no creo que estén dadas las circunstancias adecuadas para hablar de innovación: la coyuntura económica internacional ha propiciado que un mercado «conservador» como el editorial, se haya vuelto aún más conservador.

Pero, volviendo al encabezamiento de esta entrada, ¿qué entendemos por «nuevos» planteamientos y hasta qué punto nos permite «innovar» un género con requisitos tan definidos como el género romántico? Presentar héroes estilo Bardem, en vez de estilo Beckham o escenas en la Playa de la Concha, en vez de en Bora Bora, estaría muy bien -para el que le guste-, pero ni tengo claro hasta qué punto podríamos llamar a esto «innovar», ni mucho menos aún que las lectoras lo perciban como tal. 

Luego, está la cuestión del mercado. No creo que las aficionadas a la novela romántica busquen algo distinto; más bien al contrario, creo que adoran el género, siguen fielmente a las autoras con cuyo estilo conectan, y como desde hace tres décadas lo que les llega masivamente es romántica anglosajona traducida, eso es lo que disfrutan y buscan. Eso es a lo que están acostumbradas. ¿Que puede cambiar con el tiempo? Desde luego, pero aún no lo ha hecho. Y ésto nos lleva al siguiente punto.

¿Qué sucede con las editoriales y la innovación? Bueno, creo que para comprenderlo no hace falta más que echar un vistazo a los títulos publicados de autoras españolas, y analizar cuántas se salen de la fórmula convencional, y en qué medida. Hay casos -editores jóvenes con proyectos innovadores-, pero el mundo editorial en general, no se caracteriza por arriesgar. Van sobre seguro y si una fórmula les funciona, repiten. Como cualquier negocio. ¿Que puede cambiar? Con el tiempo las fórmulas que funcionan pueden cambiar, sí. A medida que las lectoras descubran la novela romántica en español y les guste, y eso se vea reflejado en las cifras de ventas, la balanza se irá inclinando a nuestro favor.

Para mí la clave, hoy por hoy, no está en la diferenciación, sino  en el tiempo.