Un bocadito romántico para celebrar el comienzo del verano

 

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¡Ya está aquí el veranito! Época de vacaciones, días largos y noches de música en las festividades locales que se celebran en los distintos pueblos de España durante estas fechas… Y cómo no, de tumbona, refresco y un buen libro, si es romántico mejor ;)
Así las cosas he pensado que por qué no celebrarlo regalándote un bocadito bien romántico. A ver qué te parece este:

Dylan siguió la jugada con interés desde su ubicación, junto a la ventana próxima a la puerta que hacía esquina, donde conversaba con Markus y sus amigos. Los había conocido en el Ace-Café hacía un tiempo y, por lo visto, les había vendido tan bien las bondades del bar de Dakota y Evel que era la segunda vez que se pasaban por allí aquella semana. Notó que Conor parecía que se dedicaba a su cerveza, pero continuaba atento a Andy. No le perdía pisada. Era la típica mirada de un tío que busca la ocasión de volver a intentarlo y como sabía de sobra cuáles eran sus sentimientos por ella, también sabía que, aunque ese round hubiera acabado a favor de Andy, todavía quedaba mucho combate por delante. Mucho, porque ella era durísima de pelar. Su juventud y su risa fácil comunicaban una imagen que distaba kilómetros de la verdadera personalidad de Andy. Antes lo intuía; ahora lo sabía de primera mano.
La atención del irlandés regresó a la camarera justo cuando ella hacía lo mismo. Andy le obsequió una sonrisa a la que él respondió con un guiño y cada cual siguió a lo que estaba antes. No era la primera mirada ni la primera sonrisa que intercambiaban aquella tarde. Si de Dylan hubiera dependido, se habría acomodado en un hueco de la barra como hacía siempre. En lo que a él concernía, eran adultos y libres, muy dueños de hacer lo que les viniera en gana. Además de que no en vano todo el mundo lo tenía por un pasota; francamente, le importaba un carajo lo que pensaran los demás. Pero lo último que quería era perjudicarla. Había tenido la ocasión de comprobar que su vida era ya bastante complicada sin añadir cotilleos ni escenitas estúpidas por parte del imberbe del que Andy estaba enamorada, aunque la mayor parte del tiempo quisiera zurrarlo.
Además, estaba la cuestión de la química que había entre los dos. Toda una cuestión que tenía a Dylan en vilo desde hacía cuatro días, con una erección en ciernes, preparada para la batalla a la menor insinuación real o imaginaria. Precisamente por eso, prefería dejar que fuera Andy quien tomara la iniciativa. Para ir sobre seguro. Ya que era ella quien verdaderamente tenía algo en juego, que fuera libre de escoger, de decidir su siguiente movimiento.
Y en eso, justamente, estaba pensando Andy.

   Dylan no se dio cuenta de que la tenía detrás hasta que sintió que le acariciaba la parte baja de la espalda, algo más que un roce que fue del riñón derecho al riñón izquierdo, como quien acaricia al pasar. Era su mano. Era su forma de acariciar, sugerente pero nada intrusiva, con los dedos bien abiertos anunciando su presencia con postverano2suavidad.
Todo ocurrió en un segundo.
Dylan tomó nota rápida de qué hacían sus compañeros de grupo y comprobó que sus ojos estaban pegados a la gran pantalla de plasma que proyectaba imágenes de la última carrera del mundial de motociclismo. Acto seguido, controló a Conor. Él conversaba con Ike y en aquel preciso instante, tampoco prestaba atención, pero el irlandés sabía que no duraría mucho, que sus ojos pronto volverían a buscar a Andy y que si la encontraba a su lado, se dispararían todas las alarmas. No había tiempo que perder. Solo entonces, cuando estuvo seguro de que nadie les prestaba atención, tomó a Andy por el codo. Ella sonrió, retrocedió un paso y se volvió. Disimuladamente, apoyó su mano en la cintura de Dylan, sobre el grueso cinturón.
Entonces, sus miradas se encontraron y los dos supieron que la maquinaria se había puesto en marcha otra vez. Él tomó la mano que descansaba en su cintura y la desplazo hacia abajo haciéndola recorrer el perfil de su nalga. Ella no se quedó atrás, en cuanto sintió la voluptuosidad de aquel culo bestial bajo la palma de su mano, lo acarició a placer.

   —¿Me traes una cerveza… cuando puedas? —se las arregló para decir Dylan. Había que decir algo antes de que los dos explotaran por combustión espontánea, y pedirle una cerveza a una camarera le parecía una petición lógica.

 Pero como en realidad lo último que quería era acabar con aquel momento que le estaba poniendo los colmillos larguísimos, se lo comunicó por el efectivo método de rodear la mano femenina con la suya y guiar las caricias.
Ella le demostró que tampoco quería poner fin a aquel momento apretando aquel cachete voluptuoso, haciendo que Dylan se tensara como la cuerda de un violín.
—¿Me devuelves mi mano? —murmuró ella, comiéndoselo con los ojos.
Dylan respiró hondo, hinchando el pecho al límite. La mirada femenina siguió con atención los movimientos de su tórax hasta que él exhaló y la bocanada de aire ardiente le abrasó la cara. Entonces, regresó a los ojos color cielo de Dylan que respondió:
—Claro —y al instante liberó la mano de Andy, que también respiró hondo y se dirigió a la barra.
Jo-der, pensó el motero calvo.
Dylan se metió las manos en los bolsillos. Volvió a exhalar el aire en un suspiro y se concentró en recuperarse antes de que alguien se diera cuenta del subidón bestial que tenía en el cuerpo.

© Patricia Sutherland

Ahora que lo pienso, con tanto calorcito ambiental y tanta pasión en la lectura, no sé yo si mejor recomendártela para el invierno, ¿tú qué opinas? ;)


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Lola. Serie Moteros # 3

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¡Feliz inicio de verano!

 

 

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Lola Entre-Historias, ¿y qué tal un fragmento romántico?

Ya está disponible para lectura online y también para descargar, un fragmento de lo nuevo de Moteros, Lola Entre-Historias, Serie Moteros #4

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¿Cómo está tu termómetro romántico hoy? Lo digo porque el momento que recoge el extracto corresponde al de una pareja muy enamorada que, por razones geográficas, se ve muy poco. ¿Preparada? ;)

“… —¡Y pensar que estaba por matar a un irlandés y resulta que este trasto infame se me había apagado! —dijo la muchacha. Sus carcajadas contagiosas devolvieron a Dylan al confort.
Él volvió a cerrar los ojos para disfrutar de aquellas sensaciones únicas que no había experimentado jamás en su vida, simplemente porque jamás había necesitado a alguien hasta el punto de que tan solo su risa le pareciera un regalo.
Andy pasó frente a su tío sin mirarlo. Se dirigió al área de los lavabos en busca de un rincón donde poder hablar con un poco de intimidad. A pesar del gran ruido ambiente, estaba bastante segura de no haber oído a Dylan pronunciar ni una sola palabra, ni siquiera reír.
Se colocó en un rincón, cerca del baño de las mujeres y volvió a intentarlo.
—¿Sigues ahí o te has desmayado de la alegría de volver a oírme?
Dylan abrió los ojos con pereza. Una sonrisa remolona apareció en su rostro.
Sigo aquí. Despelotado y muy solo sobre una cama king size, escuchándote mientras intento que no se me vaya mucho la cabeza. —Hizo una pausa premeditada—. Por lo menos hasta el jueves, tengo que amarrarla bien fuerte.
La imagen conjurada por aquellas palabras supuso un torrente de inspiración para Andy. Mejor dicho, un huracán, ya que muy pronto se encontró desabrochándose la chaqueta y no contenta con eso, siguió con el cuello de la camisa. Aquel corpachón desnudo, cubierto de tatuajes yaciendo sobre las sábanas, ideal lo miraras por donde lo miraras…
—¿Sigues ahí o te has desmayado de…? —la imitó a propósito. Y no acabó la frase también a propósito.
El suspiro que escapó del pecho de Andy hizo las veces de respuesta a las mil maravillas. Una respuesta que a Dylan le encantó.
¿En serio ya estabas pensando en matarme? —continuó él, consciente de que era mejor apartar el tema “despelotado en una cama” antes de que la conversación se fuera de madre.
—No… Lo dije por decir, Dylan… —Su voz, a pesar del tono tierno que empleó, no sonó muy convincente para él.
Ya. Solamente estabas barajando qué métodos eran más dolorosos. Todavía no habías llegado a fraguar tu plan.
Los dos rieron y durante un instante Andy consideró no hacer más comentarios, dejar el tema así. Después de todo era feliz. Por primera vez en su vida era feliz sentimentalmente hablando. ¿Qué sentido tenía despertar a los fantasmas del pasado? Pero pronto descartó la idea; tontería o no, lo diría. No le mentiría en nada, aunque eso la expusiera…” [Sigue leyendo aquí]

¡Que disfrutes de la lectura!


JR06.1_ORIGINAL-2_resized Lola Entre-Historias. Serie Moteros #4 (SM3.1)1

Después de que Dylan sorprendiera a Andy presentándose en su isla bonita, la pareja se embarca en la aventura más romántica de todas; la de conocerse a fondo el uno al otro y aprender a disfrutar del escaso tiempo que pueden estar juntos.
En Londres, mientras Dakota y Tess reciben una gran noticia, Evel y Abby se disponen a preparar una boda por todo lo alto después de que el motero consiguiera el segundo “sí, quiero” de su chica. Niilo y Amy, en cambio, no han vuelto a verse desde el casamiento de Dakota. Aunque las cosas podrían estar a punto de cambiar de un momento a otro…
Visitas inesperadas, decisiones importantes y la posibilidad de conocer el lado romántico del hombre menos romántico de la Serie Moteros son algunas de las novedades que encontrarás en esta nueva entrega.
Lola Entre-Historias, un dulce spin-off de Lola.
1: Las Entre-Historias son, en realidad, el 3.1 dentro de la serie. La razón de que las haya publicado como 4 es que a efectos de catalogación solo se admiten números enteros.

 

Novelas anteriores de la Serie:

¿Y qué tal un poquito de romance?

“… Era el primer día del nuevo año y el último de Patty en Camden y, al igual que había sucedido con los días anteriores, este también estaba programado al minuto para aprovecharlo al máximo. El siguiente plan del día tendría lugar en casa de Troy, así que Patty se puso su parka salió de casa. Estaba vacía a aquellas horas, ya que toda la familia continuaba reunida en casa de John y Eileen, como todos los domingos. Pronto volvió sobre sus pasos a recoger los tres táper con restos de la opípara cena que Eileen había regalado a la familia la noche de fin de año y reanudó el camino acompañada por Snow. El animal miraba con más interés del recomendable los contenedores de plástico transparente cubiertos por tapas de distintos colores que su ama llevaba en las manos. Era un hermoso macho de raza Husky, con todo el pelo blanco como la nieve, que había recibido como regalo de Mark la Navidad de 2005, su primera navidad en el rancho.

—Ni lo sueñes, que luego te da diarrea. Como mucho, catarás un trozo de carne —anunció Patty. Rió cuando la mascota aceptó de buen grado el ofrecimiento con un aullido.

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Al oír el característico sonido de una bocina que emulaba el mugido de una vaca, Patty volvió el rostro para mirar al ex jinete con una sonrisa casual, como si fuera totalmente inmune a los evidentes encantos del hombre en quien sus ojos se regodeaban sin pudor.

—¿Te llevo a alguna parte, preciosa? —flirteó Troy con tan poco pudor como ella. Patty echó una mirada desconfiada a la furgoneta del año de la pera. Cada vez que él pasaba acelerando, metiendo tantísimo ruido con aquel engendro, intentando acaparar miradas, una parte de ella temía que en cuestión de segundos, las fijaciones cedieran por la vibración y partes de la chapa salieran volando en todas direcciones. No podía evitarlo.

—Mmmm, mejor déjalo. Creo que voy más segura a pie.

—Qué dices. A mi furgo no le pasa nada, desconfiada. No será tan cool como la tuya, pero tiene su encanto.

Boy, su perro, que iba sentado en el asiento del copiloto pareció corroborar las palabras de su amo con un ladrido.

Encanto, ya.

—A un vehículo que no tiene suspensión, ni casi frenos, ni calefacción, ni asientos decentes no se le llama “encanto”, Troy. Se le llama “patata”. Aquí y en Narnia.

Para entonces, Patty había entrado en la pequeña selva que Troy tenía por jardín, seguida de él, que había aparcado su patata a pocos metros, mientras sus respectivos perros ensayaban carreras juguetonas por los alrededores. A veces pasaban a su lado tan cerca que parecían a punto de chocar.

—Pues que sepas que esa patata tiene una lista muy larga de interesados —Troy metió la llave en la cerradura y volvió la cara para mirar con picardía a su chica que estaba apoyada contra la pared, a su lado—. Y el piloto también.

Casi dos metros de hombre, con unos ojos que a veces eran color avellana y otras verde y una sonrisa que quitaba el hipo. Que la lista de interesadas por el piloto era larga, no tenía la menor duda. Empezando por ella, claro. Sobre la patata, no. ¿Quién iba a querer esa carraca del año del catapum?

Él abrió la puerta y la dejó pasar primero. Ninguno apartó la mirada del otro ni dejó de sonreír.

—Ya será menos, vaquero —dijo ella. Siguió camino hasta la cocina donde guardó los táper en la nevera como si tal cosa, a pesar de saber perfectamente que no estaba sola. Él la había seguido, por supuesto. Y ahora, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, la miraba con aquella sonrisa seductora que a Patty le llenaba el vientre de mariposas.

—Es lo que es, nena. Y me lo has dicho tú. Esta mañana me has dicho “eres el mejor”.

Tercera alusión indirecta al tema “carantoña”, pensó Patty. Las dos anteriores las había desviado, muy hábilmente, por cierto, y eso, exactamente, era lo que pensaba hacer ahora.

Lo miró con su sonrisa casual.

—¿Y tú haces caso a todo lo que te dicen? Es un tanto ingenuo de tu parte, ¿no crees?

Troy se echó a reír. Menudo farol.

Abandonó el marco y se aproximó a su chica con las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—¿Viniendo de ti? Puedes apostar tu precioso culito a que sí. Lo que tú me dices va a misa —Patty bajó la cabeza sin dejar de sonreír. De tanto en tanto lo miraba de reojo mientras él continuaba hablando—. Y además, había público. Y qué público, guapa. Me tomaste la cara y me besaste delante de tu padre y de tu abuelo. Por supuesto que me lo creo.

—Mark no es mi padre ni John es mi abuelo —fue la respuesta de Patty.

Él avanzó un poco más. Despacio, con tino. Dándole margen para ver cuáles eran sus señales físicas. Las distancias cortas no eran un terreno fácil con ella. Era arisca, reacia al contacto. Especialmente si venía de un hombre. Nunca hablaba de su pasado durmiendo en las calles, ni de su infancia junto a un progenitor proclive al alcohol y a los castigos corporales, pero las secuelas estaban allí, a la vista.

—Significan mucho más para ti que si fueras de su misma sangre. —Sonrió—. Y tú lo sabes. Me besaste delante de las dos personas que más veneras en el mundo. Claro que soy el mejor. Soy buenísimo.

Ambos rieron durante unos instantes, pero Troy era muy consciente de cómo bailaba su corazón en el pecho.

Estaban manteniendo esa clase de conversación, esa que él necesitaba más que el aire. Además, el lenguaje corporal de Patty continuaba siendo receptivo a su acortamiento de la distancia. La sensación de estar a un suspiro de besarla, de rodearla con sus brazos y hablar en susurros de sentimientos, de estar juntos, era tan real…

Pero en una confirmación más de que junto a ella había que esperar lo inesperado, Patty se apartó. Volvió a abrir la nevera, sacó dos botellines de cerveza, uno de los cuales le entregó a él. A continuación, pasó a su lado en dirección al salón al tiempo que decía:

—Me pregunto por qué los tíos sois tan noveleros. Fue un casto besito en la mejilla, como los que te da Dean cada vez que te tiene a tiro, no un beso beso. Y además, ¿qué si te hubiera besado? ¿Qué tendría de “¡¡ohhhhh, me ha besado!!? —Lo miró de reojo, burlona y seductora al mismo tiempo—. Que sepas que hay una lista muuuuy larga de hombres a los que he besado.

“Pero ninguno te importaba para nada y yo sí te importo”, pensó él. Sin embargo, no lo dijo. Se dejó caer en el sofá a su lado y le dio un buen sorbo a su cerveza. Su rostro continuó mostrando que estaba disfrutando del momento tanto como ella. Porque, en el fondo, sabía que estaba derribando sus murallas. Y sabía que ella también lo sabía.

—Sí que fue casto —admitió él. Otra sonrisa ladeada que Patty no pudo más que contemplar extasiada—. Ahora estamos solos… Así que no tiene por qué ser casto… Puede ser supercaliente, de esos de película. —La miró sonriente—. ¿Qué te parece, te apuntas?

Ganas no le faltaban, desde luego. Lo besaría hasta hartarse y como eso jamás sucedería, en cincuenta años continuaría devorando aquellos labios de terciopelo, tan hambrienta como el primer día. Pero eran tantas las cosas que quería hacer junto a él y tan poco el tiempo de que disponían… Las dos semanas de vacaciones de Navidad habían pasado volando. Por la mañana, pondría rumbo a Fayetteville otra vez. A la misma rutina de universidad por la mañana y trabajo por la tarde. A tener a Troy a cuentagotas, a través de mensajes de texto y ratos minúsculos de charla nocturna antes de que los dos se fueran a dormir. Solos. Separados por casi quinientos kilómetros. Y así un día y otro, y otro más… Esperando la próxima ocasión de estar juntos, de perderse en sus preciosos ojos que a veces eran pardos y otros, como ahora, de un increíble verde oliva, de hacer el amor con él, de sentirlo muy dentro.

—Tenemos un plan, ¿recuerdas? Si empezamos a morrearnos⁠1 tan pronto, acabaremos como acabamos siempre.

Troy movió las cejas sensualmente sin perder la sonrisa.

—¿Y qué tiene de malo acabar como siempre? Nos lo montamos de miedo.

Exacto. Se lo montaban tan de miedo que escasamente lograban hacer otra cosa más que “montar”. Cosas normales y necesarias como comer o dormir o pasear pasaban de ser normales a suceder a salto de mata… Volver a estar juntos, físicamente, después de tanto tiempo separados era, de por sí, puro vértigo. Que el sexo que compartían fuera tan bueno, los transformaba en una especie de adictos, aprovechando cualquier rincón a cubierto de miradas curiosas, buscando la oportunidad de volver a fundirse en un abrazo y darle gusto al cuerpo. Y cuanto más se tenían, más necesitaban volver a tenerse en un bucle sin fin. Pero no solo se trataba de sexo.

Patty no respondió. Continuó mirándolo sin decir nada, lo que constituyó suficiente respuesta para Troy. Él sonrió, se puso de pie y tomó la mano de su chica.

—Vale, entonces, sigamos con el plan del día. Venga, perezosa, a cocinar —dijo animado, al tiempo que la ayudaba a ponerse de pie.

Troy enfiló para la cocina llevándose a Patty consigo. Pensó con resignación que estaba claro que tendría que ponerse el delantal de cocinero y hacer los deberes antes de poder disfrutar del postre.

Fue entonces, cuando la sonrisa retornó a la cara femenina. La verdad fuera dicha, le encantaban los modos de Troy. Era impuntual, desordenado y un adicto al trabajo, trabajo con el que Patty solía sentirse en una competencia eterna, lo cual la enfadaba muchísimo. Pero cuando al fin podían estar juntos y disfrutar de tiempo libre, él le demostraba una y otra vez que dominaba cada día mejor el arte de manejarse con ella. Era muy hábil. Y eso era algo que Patty valoraba en un hombre. Algo que la seducía hasta extremos insospechados.

“¿Ves?”, pensó ella, “ahora sí que te daría un beso de película”. …”

1 Morrear: (coloquial, vulgar) besar en la boca de forma insistente o prolongada.

© 2016. Patricia Sutherland
El último mejor lugar.
Capítulo 1 (fragmento)

Dos seres muy distintos que, sin embargo, encajan a la perfección. Una mujer de armas tomar, un ex jinete de rodeos que quita el hipo y tres peluditos maravillosos que te robarán el corazón. ¿Se puede pedir más? ;)

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Disponible en impreso y en digital

Novela romantica Primer amor, un extracto romántico para el día de San Valentín

Aunque los tres protagonistas masculinos de mi Serie Sintonías son hombres singulares, nunca he ocultado cuál de ellos me robó el corazón desde el principio.

Y no sólo ha robado el mío; desde que viera la luz la segunda de la serie, que lo tiene de protagonista, mi chico de ficción favorito se ha convertido en un auténtico coleccionista de corazones… ¿Por qué? Ah, por muchísimas razones que podría explicar con lujo de detalles, pero no tengo la menor intención de hacer.

En cambio, haré algo mejor.

¿Qué tal si te dejo “pispear” una de sus puestas en escena? Eso lo explicará mejor que mil palabras, te lo aseguro. Gusta la idea, ¿eh? Me lo imaginaba :-)

Te dejo, entonces, con este extracto de Primer amor.
¡Que tengas un San Valentín de película!

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mark_primeramorMark aparcó frente a casa de Shannon y cerró el contacto. Sabía muy bien que ella no iba a invitarlo a subir. Tan bien como sabía que él no debía sugerirlo, pero no quería irse. Le apetecía pegarse a su piel, meterse en su cuerpo, saborear cada centímetro de ella. Y a falta de eso, le apetecía su risa, su espontaneidad.

Hacía tantos años que nadie conseguía siquiera entretenerlo más de un par de horas, que cada minuto que pasaban juntos se le hacía más difícil dejarla. Sin darse cuenta, Shannon había sacado a la superficie de las emociones de Mark un deseo que, de tan intenso, acabó convirtiéndose en necesidad: la de encontrar esa mujer que lo complementara. Un deseo de cuya intensidad Mark solo fue consciente cuando la vio y supo que esa mujer, era ella. Cuatro meses después, la piel se lo pedía a gritos.

—Aunque casi ni yo puedo creérmelo, me lo he pasado genial. Gracias, Mark.

Su voz lo sacó de su ensimismamiento y cuando la miró, ella sonreía.

—¿Y por qué “casi no te lo crees”?

Shannon lo miró con picardía.

—No suelo esperar pasarlo bien con alguien que piensa que las mujeres de hoy día somos huecas por dentro…

—¿Habrá ayudado la paliza que me diste jugando a los dardos?

Shannon rió divertida. Le había dado un palizón.

—Habla en tu favor que no dijeras, como todos, que te dejaste ganar.

—No me dejé ganar —Mark se acomodó con la espalda contra la puerta del conductor—. Pero aunque fuera así, no te lo diría.

—¿Siempre eres tan caballero?

Ella lo miraba con su expresión de niña, un poco dulce, bastante desafiante. Y él se moría por quedarse, subir con ella, hacerle el amor. Pero había dicho que le daría el tiempo que necesitara para resolver lo que tuviera que resolver. Asintió con sus ojos claritos clavados en ella.

—Siempre.

Una sonrisa radiante apareció en la cara de Shannon, que asintió varias veces con la cabeza, y se volvió para apearse.

—No te muevas —pidió él, reteniéndola por un brazo. Ella lo miró interrogante. Lo vio indicarle con la mirada que se quedara sentada, luego apearse, dar la vuelta por delante del monóvolumen y abrir la puerta del acompañante.

Las veces que una escena parecida se había repetido entre ellos volvió a la mente de Shannon. Entonces, pensaba que él lo hacía para ponerla nerviosa. Ahora, empezaba a dudar que aquel hombre hiciera algo más que lo que le diera la gana en cada momento. Entonces, a ella le molestaba. Ahora, le encantaba.

Shannon sonrió a modo de agradecimiento, ambos caminaron hasta la puerta de su edificio.

—Quién le habría dicho a la cría de los pelos azules y la ropa punky que un día saldría con un caballero de la corte del rey Arturo… —comentó ella, risueña, y sacó las llaves del bolsillo de su abrigo. Mark se las cogió de la mano y abrió la puerta.

—Quién le habría dicho a esa cría que un día le encantaría salir con un caballero de la corte del rey Arturo —matizó él.

Le devolvió las llaves, rozando suavemente sus dedos con los de ella. A Shannon un cosquilleo muy agradable le recorrió el cuerpo. A él, un escalofrío. —Hoy lo voy a tener complicado —continuó él, suavemente—. No creo que acabe hasta las cinco o las seis. Y después quiero llevar a Patty y los críos por ahí, a pasear…

Shannon asintió. Mark probó suerte.

—¿Te apetece que nos veamos un rato sobre las once o así? Podríamos ir a bailar o donde quieras…

—Yo también tengo un día complicado. Nos hablamos y vemos ¿te parece?

No, no le parecía. Quería verla. Necesitaba saber que la vería.

—Vente a comer al rancho y luego, si puedes, te apuntas a la salida.

Era más que una sugerencia: un deseo expuesto al mejor estilo Mark Brady, con tanta dulzura como determinación que a ella le supo a caricia.

—Los sábados como con Cathy… —dijo ella, sonriendo.

—Tráetela.

Shannon se quedó mirándolo. Esas formas suyas empezaban a gustarle demasiado. Y su propia reticencia a rebelarse a tanta determinación, demasiado poco.

—Es una idea —se sorprendió diciendo, en vez del “ya veremos” que tenía pensado contestar.

Lo vio asentir sonriendo, ponerse las manos en los bolsillos y dar un paso atrás.

Era hora de irse, y se marchaba.

Shannon no pudo evitar pensar que irse sin al menos intentar quedarse, no era propio de un hombre en estos tiempos. Por más Mark Brady que fuera el hombre en cuestión. Las ganas de tentarlo fueron irreprimibles. Tantas como las que tenía de que la noche no acabara, de seguir con él, sintiendo lo que solamente él podía hacerle sentir, solo con mirarla.

—¿Ya te vas? —le preguntó suavemente sin perderse gesto.

Vio sus ojos claritos, brillantes, enfocar en ella durante una eternidad. Al final, lo vio asentir levemente, con una expresión dulce en la cara.

Shannon sonrió de oreja a oreja.

—Eres todo un personaje…—le dijo divertida—. La tentación de tentarte fue demasiado grande… Lo siento, no pude evitarlo.

Mark enarcó la ceja, burlón.

—Soy un hombre, Shannon. En el más amplio sentido de la palabra.

—¿Los “hombres en el más amplio sentido de la palabra” no se tientan?

Ella se apoyó contra el marco de la puerta de cristal, manteniéndola abierta con su cuerpo, y se dispuso a mirarlo a gusto mientras él avanzaba el paso que había retrocedido, y se detenía frente a ella. Lo vio apoyar una mano sobre el borde del marco, por encima de su cabeza.

Shannon miró de reojo el brazo descansando contra el marco, y luego a él, desafiante.

—Me tientas —admitió él, y dio otro paso hacia ella—. Toda tú.

A esa distancia, no solo su perfume masculino la rodeó. Podía sentir con intensidad, sensaciones vibrantes que no acertaba a decidir si eran solo suyas, o de los dos.

—Podría dejarme llevar —continuó él buscando su mirada—. Pero si solamente quisiera eso, lo podría haber hecho desde el principio ¿no te parece?

—Te freí a calabazas —susurró ella—. No tuviste ocasión.

Mark dio un paso más. Estaba tan cerca que ella tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Si hubiera querido seducirte, lo habría hecho —le apartó un rulo rebelde de la mejilla; la punta de los dedos le rozaron la mejilla y ella se estremeció—. No quiero seducirte. Quiero enamorarte. Quiero que cuando me mires veas el hombre de tu vida. Que para ti, nunca nadie se compare conmigo. Y que dentro de ochenta años sigas sintiendo exactamente igual —otro estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies. Esta vez, sintió que él también se estremecía, y se esforzó por mantener la mirada—. Me tientas, Shannon. Y me importas, como ninguna mujer me importó en la vida. Por eso me voy.

Sus palabras, el tono de su voz, su dulzura… Todo lo que fluía de él, más allá de lo que comunicaba verbalmente, fue como un gran abrazo amoroso, de una intensidad tal que la dejó sin aliento. Cuando él, a modo de despedida, se acercó a besarle la frente, ella aún contenía la respiración.

Capítulo 13 (extracto).

© Patricia Sutherland.

Primer amor, la más romántica de la serie Sintonías.

Disponible en papel y en todos los formatos digitales.
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Pack Sintonías, tres novelas románticas

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Nota: Para saber a qué viene que haya resaltado parte del texto en amarillo, echa un vistazo a ésto.