Un bocadito romántico para celebrar el comienzo del verano

 

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¡Ya está aquí el veranito! Época de vacaciones, días largos y noches de música en las festividades locales que se celebran en los distintos pueblos de España durante estas fechas… Y cómo no, de tumbona, refresco y un buen libro, si es romántico mejor ;)
Así las cosas he pensado que por qué no celebrarlo regalándote un bocadito bien romántico. A ver qué te parece este:

Dylan siguió la jugada con interés desde su ubicación, junto a la ventana próxima a la puerta que hacía esquina, donde conversaba con Markus y sus amigos. Los había conocido en el Ace-Café hacía un tiempo y, por lo visto, les había vendido tan bien las bondades del bar de Dakota y Evel que era la segunda vez que se pasaban por allí aquella semana. Notó que Conor parecía que se dedicaba a su cerveza, pero continuaba atento a Andy. No le perdía pisada. Era la típica mirada de un tío que busca la ocasión de volver a intentarlo y como sabía de sobra cuáles eran sus sentimientos por ella, también sabía que, aunque ese round hubiera acabado a favor de Andy, todavía quedaba mucho combate por delante. Mucho, porque ella era durísima de pelar. Su juventud y su risa fácil comunicaban una imagen que distaba kilómetros de la verdadera personalidad de Andy. Antes lo intuía; ahora lo sabía de primera mano.
La atención del irlandés regresó a la camarera justo cuando ella hacía lo mismo. Andy le obsequió una sonrisa a la que él respondió con un guiño y cada cual siguió a lo que estaba antes. No era la primera mirada ni la primera sonrisa que intercambiaban aquella tarde. Si de Dylan hubiera dependido, se habría acomodado en un hueco de la barra como hacía siempre. En lo que a él concernía, eran adultos y libres, muy dueños de hacer lo que les viniera en gana. Además de que no en vano todo el mundo lo tenía por un pasota; francamente, le importaba un carajo lo que pensaran los demás. Pero lo último que quería era perjudicarla. Había tenido la ocasión de comprobar que su vida era ya bastante complicada sin añadir cotilleos ni escenitas estúpidas por parte del imberbe del que Andy estaba enamorada, aunque la mayor parte del tiempo quisiera zurrarlo.
Además, estaba la cuestión de la química que había entre los dos. Toda una cuestión que tenía a Dylan en vilo desde hacía cuatro días, con una erección en ciernes, preparada para la batalla a la menor insinuación real o imaginaria. Precisamente por eso, prefería dejar que fuera Andy quien tomara la iniciativa. Para ir sobre seguro. Ya que era ella quien verdaderamente tenía algo en juego, que fuera libre de escoger, de decidir su siguiente movimiento.
Y en eso, justamente, estaba pensando Andy.

   Dylan no se dio cuenta de que la tenía detrás hasta que sintió que le acariciaba la parte baja de la espalda, algo más que un roce que fue del riñón derecho al riñón izquierdo, como quien acaricia al pasar. Era su mano. Era su forma de acariciar, sugerente pero nada intrusiva, con los dedos bien abiertos anunciando su presencia con postverano2suavidad.
Todo ocurrió en un segundo.
Dylan tomó nota rápida de qué hacían sus compañeros de grupo y comprobó que sus ojos estaban pegados a la gran pantalla de plasma que proyectaba imágenes de la última carrera del mundial de motociclismo. Acto seguido, controló a Conor. Él conversaba con Ike y en aquel preciso instante, tampoco prestaba atención, pero el irlandés sabía que no duraría mucho, que sus ojos pronto volverían a buscar a Andy y que si la encontraba a su lado, se dispararían todas las alarmas. No había tiempo que perder. Solo entonces, cuando estuvo seguro de que nadie les prestaba atención, tomó a Andy por el codo. Ella sonrió, retrocedió un paso y se volvió. Disimuladamente, apoyó su mano en la cintura de Dylan, sobre el grueso cinturón.
Entonces, sus miradas se encontraron y los dos supieron que la maquinaria se había puesto en marcha otra vez. Él tomó la mano que descansaba en su cintura y la desplazo hacia abajo haciéndola recorrer el perfil de su nalga. Ella no se quedó atrás, en cuanto sintió la voluptuosidad de aquel culo bestial bajo la palma de su mano, lo acarició a placer.

   —¿Me traes una cerveza… cuando puedas? —se las arregló para decir Dylan. Había que decir algo antes de que los dos explotaran por combustión espontánea, y pedirle una cerveza a una camarera le parecía una petición lógica.

 Pero como en realidad lo último que quería era acabar con aquel momento que le estaba poniendo los colmillos larguísimos, se lo comunicó por el efectivo método de rodear la mano femenina con la suya y guiar las caricias.
Ella le demostró que tampoco quería poner fin a aquel momento apretando aquel cachete voluptuoso, haciendo que Dylan se tensara como la cuerda de un violín.
—¿Me devuelves mi mano? —murmuró ella, comiéndoselo con los ojos.
Dylan respiró hondo, hinchando el pecho al límite. La mirada femenina siguió con atención los movimientos de su tórax hasta que él exhaló y la bocanada de aire ardiente le abrasó la cara. Entonces, regresó a los ojos color cielo de Dylan que respondió:
—Claro —y al instante liberó la mano de Andy, que también respiró hondo y se dirigió a la barra.
Jo-der, pensó el motero calvo.
Dylan se metió las manos en los bolsillos. Volvió a exhalar el aire en un suspiro y se concentró en recuperarse antes de que alguien se diera cuenta del subidón bestial que tenía en el cuerpo.

© Patricia Sutherland

Ahora que lo pienso, con tanto calorcito ambiental y tanta pasión en la lectura, no sé yo si mejor recomendártela para el invierno, ¿tú qué opinas? ;)


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Lola. Serie Moteros # 3

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¡Feliz inicio de verano!

 

 

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¿Y qué tal un poquito de romance?

“… Era el primer día del nuevo año y el último de Patty en Camden y, al igual que había sucedido con los días anteriores, este también estaba programado al minuto para aprovecharlo al máximo. El siguiente plan del día tendría lugar en casa de Troy, así que Patty se puso su parka salió de casa. Estaba vacía a aquellas horas, ya que toda la familia continuaba reunida en casa de John y Eileen, como todos los domingos. Pronto volvió sobre sus pasos a recoger los tres táper con restos de la opípara cena que Eileen había regalado a la familia la noche de fin de año y reanudó el camino acompañada por Snow. El animal miraba con más interés del recomendable los contenedores de plástico transparente cubiertos por tapas de distintos colores que su ama llevaba en las manos. Era un hermoso macho de raza Husky, con todo el pelo blanco como la nieve, que había recibido como regalo de Mark la Navidad de 2005, su primera navidad en el rancho.

—Ni lo sueñes, que luego te da diarrea. Como mucho, catarás un trozo de carne —anunció Patty. Rió cuando la mascota aceptó de buen grado el ofrecimiento con un aullido.

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Al oír el característico sonido de una bocina que emulaba el mugido de una vaca, Patty volvió el rostro para mirar al ex jinete con una sonrisa casual, como si fuera totalmente inmune a los evidentes encantos del hombre en quien sus ojos se regodeaban sin pudor.

—¿Te llevo a alguna parte, preciosa? —flirteó Troy con tan poco pudor como ella. Patty echó una mirada desconfiada a la furgoneta del año de la pera. Cada vez que él pasaba acelerando, metiendo tantísimo ruido con aquel engendro, intentando acaparar miradas, una parte de ella temía que en cuestión de segundos, las fijaciones cedieran por la vibración y partes de la chapa salieran volando en todas direcciones. No podía evitarlo.

—Mmmm, mejor déjalo. Creo que voy más segura a pie.

—Qué dices. A mi furgo no le pasa nada, desconfiada. No será tan cool como la tuya, pero tiene su encanto.

Boy, su perro, que iba sentado en el asiento del copiloto pareció corroborar las palabras de su amo con un ladrido.

Encanto, ya.

—A un vehículo que no tiene suspensión, ni casi frenos, ni calefacción, ni asientos decentes no se le llama “encanto”, Troy. Se le llama “patata”. Aquí y en Narnia.

Para entonces, Patty había entrado en la pequeña selva que Troy tenía por jardín, seguida de él, que había aparcado su patata a pocos metros, mientras sus respectivos perros ensayaban carreras juguetonas por los alrededores. A veces pasaban a su lado tan cerca que parecían a punto de chocar.

—Pues que sepas que esa patata tiene una lista muy larga de interesados —Troy metió la llave en la cerradura y volvió la cara para mirar con picardía a su chica que estaba apoyada contra la pared, a su lado—. Y el piloto también.

Casi dos metros de hombre, con unos ojos que a veces eran color avellana y otras verde y una sonrisa que quitaba el hipo. Que la lista de interesadas por el piloto era larga, no tenía la menor duda. Empezando por ella, claro. Sobre la patata, no. ¿Quién iba a querer esa carraca del año del catapum?

Él abrió la puerta y la dejó pasar primero. Ninguno apartó la mirada del otro ni dejó de sonreír.

—Ya será menos, vaquero —dijo ella. Siguió camino hasta la cocina donde guardó los táper en la nevera como si tal cosa, a pesar de saber perfectamente que no estaba sola. Él la había seguido, por supuesto. Y ahora, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, la miraba con aquella sonrisa seductora que a Patty le llenaba el vientre de mariposas.

—Es lo que es, nena. Y me lo has dicho tú. Esta mañana me has dicho “eres el mejor”.

Tercera alusión indirecta al tema “carantoña”, pensó Patty. Las dos anteriores las había desviado, muy hábilmente, por cierto, y eso, exactamente, era lo que pensaba hacer ahora.

Lo miró con su sonrisa casual.

—¿Y tú haces caso a todo lo que te dicen? Es un tanto ingenuo de tu parte, ¿no crees?

Troy se echó a reír. Menudo farol.

Abandonó el marco y se aproximó a su chica con las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—¿Viniendo de ti? Puedes apostar tu precioso culito a que sí. Lo que tú me dices va a misa —Patty bajó la cabeza sin dejar de sonreír. De tanto en tanto lo miraba de reojo mientras él continuaba hablando—. Y además, había público. Y qué público, guapa. Me tomaste la cara y me besaste delante de tu padre y de tu abuelo. Por supuesto que me lo creo.

—Mark no es mi padre ni John es mi abuelo —fue la respuesta de Patty.

Él avanzó un poco más. Despacio, con tino. Dándole margen para ver cuáles eran sus señales físicas. Las distancias cortas no eran un terreno fácil con ella. Era arisca, reacia al contacto. Especialmente si venía de un hombre. Nunca hablaba de su pasado durmiendo en las calles, ni de su infancia junto a un progenitor proclive al alcohol y a los castigos corporales, pero las secuelas estaban allí, a la vista.

—Significan mucho más para ti que si fueras de su misma sangre. —Sonrió—. Y tú lo sabes. Me besaste delante de las dos personas que más veneras en el mundo. Claro que soy el mejor. Soy buenísimo.

Ambos rieron durante unos instantes, pero Troy era muy consciente de cómo bailaba su corazón en el pecho.

Estaban manteniendo esa clase de conversación, esa que él necesitaba más que el aire. Además, el lenguaje corporal de Patty continuaba siendo receptivo a su acortamiento de la distancia. La sensación de estar a un suspiro de besarla, de rodearla con sus brazos y hablar en susurros de sentimientos, de estar juntos, era tan real…

Pero en una confirmación más de que junto a ella había que esperar lo inesperado, Patty se apartó. Volvió a abrir la nevera, sacó dos botellines de cerveza, uno de los cuales le entregó a él. A continuación, pasó a su lado en dirección al salón al tiempo que decía:

—Me pregunto por qué los tíos sois tan noveleros. Fue un casto besito en la mejilla, como los que te da Dean cada vez que te tiene a tiro, no un beso beso. Y además, ¿qué si te hubiera besado? ¿Qué tendría de “¡¡ohhhhh, me ha besado!!? —Lo miró de reojo, burlona y seductora al mismo tiempo—. Que sepas que hay una lista muuuuy larga de hombres a los que he besado.

“Pero ninguno te importaba para nada y yo sí te importo”, pensó él. Sin embargo, no lo dijo. Se dejó caer en el sofá a su lado y le dio un buen sorbo a su cerveza. Su rostro continuó mostrando que estaba disfrutando del momento tanto como ella. Porque, en el fondo, sabía que estaba derribando sus murallas. Y sabía que ella también lo sabía.

—Sí que fue casto —admitió él. Otra sonrisa ladeada que Patty no pudo más que contemplar extasiada—. Ahora estamos solos… Así que no tiene por qué ser casto… Puede ser supercaliente, de esos de película. —La miró sonriente—. ¿Qué te parece, te apuntas?

Ganas no le faltaban, desde luego. Lo besaría hasta hartarse y como eso jamás sucedería, en cincuenta años continuaría devorando aquellos labios de terciopelo, tan hambrienta como el primer día. Pero eran tantas las cosas que quería hacer junto a él y tan poco el tiempo de que disponían… Las dos semanas de vacaciones de Navidad habían pasado volando. Por la mañana, pondría rumbo a Fayetteville otra vez. A la misma rutina de universidad por la mañana y trabajo por la tarde. A tener a Troy a cuentagotas, a través de mensajes de texto y ratos minúsculos de charla nocturna antes de que los dos se fueran a dormir. Solos. Separados por casi quinientos kilómetros. Y así un día y otro, y otro más… Esperando la próxima ocasión de estar juntos, de perderse en sus preciosos ojos que a veces eran pardos y otros, como ahora, de un increíble verde oliva, de hacer el amor con él, de sentirlo muy dentro.

—Tenemos un plan, ¿recuerdas? Si empezamos a morrearnos⁠1 tan pronto, acabaremos como acabamos siempre.

Troy movió las cejas sensualmente sin perder la sonrisa.

—¿Y qué tiene de malo acabar como siempre? Nos lo montamos de miedo.

Exacto. Se lo montaban tan de miedo que escasamente lograban hacer otra cosa más que “montar”. Cosas normales y necesarias como comer o dormir o pasear pasaban de ser normales a suceder a salto de mata… Volver a estar juntos, físicamente, después de tanto tiempo separados era, de por sí, puro vértigo. Que el sexo que compartían fuera tan bueno, los transformaba en una especie de adictos, aprovechando cualquier rincón a cubierto de miradas curiosas, buscando la oportunidad de volver a fundirse en un abrazo y darle gusto al cuerpo. Y cuanto más se tenían, más necesitaban volver a tenerse en un bucle sin fin. Pero no solo se trataba de sexo.

Patty no respondió. Continuó mirándolo sin decir nada, lo que constituyó suficiente respuesta para Troy. Él sonrió, se puso de pie y tomó la mano de su chica.

—Vale, entonces, sigamos con el plan del día. Venga, perezosa, a cocinar —dijo animado, al tiempo que la ayudaba a ponerse de pie.

Troy enfiló para la cocina llevándose a Patty consigo. Pensó con resignación que estaba claro que tendría que ponerse el delantal de cocinero y hacer los deberes antes de poder disfrutar del postre.

Fue entonces, cuando la sonrisa retornó a la cara femenina. La verdad fuera dicha, le encantaban los modos de Troy. Era impuntual, desordenado y un adicto al trabajo, trabajo con el que Patty solía sentirse en una competencia eterna, lo cual la enfadaba muchísimo. Pero cuando al fin podían estar juntos y disfrutar de tiempo libre, él le demostraba una y otra vez que dominaba cada día mejor el arte de manejarse con ella. Era muy hábil. Y eso era algo que Patty valoraba en un hombre. Algo que la seducía hasta extremos insospechados.

“¿Ves?”, pensó ella, “ahora sí que te daría un beso de película”. …”

1 Morrear: (coloquial, vulgar) besar en la boca de forma insistente o prolongada.

© 2016. Patricia Sutherland
El último mejor lugar.
Capítulo 1 (fragmento)

Dos seres muy distintos que, sin embargo, encajan a la perfección. Una mujer de armas tomar, un ex jinete de rodeos que quita el hipo y tres peluditos maravillosos que te robarán el corazón. ¿Se puede pedir más? ;)

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Disponible en impreso y en digital

Novela romántica Volveré a ti (Sintonías # 0), de Patricia Sutherland

Patricia, gracias, muchas gracias, por permitirnos adentrarnos un poco más en el mundo de los Brady. Ya había leído la serie completa (que me encantó), y ahora conocer, gracias a esta precuela, cómo se gestó cada una de las historias fue simplemente maravilloso. Disfruté de cada párrafo. ¿Si recomiendo la serie Sintonías? ¡Obvio, no pueden perdérsela!

Brianna Callum.  Opinión en Jera Romance.

Hacía mucho tiempo que no me encontraba tantas emociones y todas tan intensas juntas. Estas más de 110 páginas nos hablan de eso que mueve nuestro mundo: el amor. En todas sus vertientes: el de los padres, el de los hijos, el de los hermanos, el de la persona predestina a ser el amor de nuestra vida, ………… Ojalá el rancho Brady existiera de verdad.

Vane. Opinión en Amazon.

“Volveré a ti” es el génesis perfecto, para aquellos que aún no se han decidido a leer la serie Sintonías, será imposible que no se decidan a leer “Bombón”, la historia de Jordan y Maddy tras esta muestra de lo mucho que estos personajes nos pueden llegar a hacer sentir. Y para los que ya se lo leyeron como es mi caso, será un dulce que saborear, que sin duda nos tentará para otra relectura.

Niusa. Opinión en GoodReads.

♥♥♥♥♥

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“Jason avanzó entre la maleza procurando no delatar su presencia y cuando llegó hasta la joven de cabello larguísimo y el peto vaquero, que estaba sentada a la orilla del río, le cubrió los ojos con las manos sin decir ni una sola palabra.

Gillian habría preferido estar a solas un rato más, que su amigo del alma no la hubiera encontrado tan pronto. Aún tenía la noticia atravesada a mitad de garganta y necesitaba tiempo para digerirla. Para asumirlo y volver a ser la de siempre. Pero allí estaba aquel chaval extra grande aquejado de acné juvenil; intentando hacerse pasar por otro, como si aquellas manazas, propias de un XXL, fueran tan comunes. Lo peor era saber que Jason estaba allí porque sabía que algo sucedía; bien porque su padres se lo hubieran dicho, bien porque él, siempre tan sagaz, hubiera intuido que algo no iba bien.

—Si querías sorprenderme, que sepas que la loción que usas se huele a kilómetros. No sé si es porque es así de fuerte o si porque te pones litros para que tus admiradoras sepan que ya te afeitas, pero cantas, Jay. Muchísimo.

Se afeitaba desde hacía año y medio, y vale que ningún Brady se caracterizaba por ser peludo, pero no necesitaba bañarse en aftershave para acaparar miradas femeninas, y la pigmea que tenía por amiga, lo sabía de sobra. Jason sonrió pero permaneció en silencio…

Y tapándole los ojos.

Gillian entrecruzó las manos alrededor de sus rodillas, abrazándolas, resignada a seguirle el juego ya que él no se daba por aludido.

—A ver, esas manazas solo pueden ser tuyas —tanteó los dedos que le cubrían buena parte del rostro, palpando los anillos que los decoraban—. Este te lo regalé yo, así que o eres Jason o eres su doble memo que no me deja disfrutar del paisaje.

Aquello funcionó al instante. El quarterback retiró las manos y se sentó junto a su amiga, riendo.

—No tengo ningún doble, Pitufina. Soy único.

Enana, pitufina… Su gigantesco amigo echaba mano de cualquier mote que resaltara la innegable realidad de que él era una torre y ella una pulga. Como si hiciera falta resaltarlo…

—Único no lo sé, pero vanidoso, un montón… —dijo Gillian, risueña—. ¡Eres lo más vanidoso que ha parido la madre naturaleza, chico!

Él ladeó la cabeza y la miró satisfecho:

—Pero conmigo te ríes, y esa es la idea.

—Yo siempre me río —matizó, a sabiendas de que lo que su amigo decía era cierto, y muy especialmente aquel día.

Él permaneció mirándola en silencio. Con su peto vaquero, su blusa de mangas cortas en forma de farolillos y su talante divertido se parecía a cualquier chica de su edad. Quién habría imaginado que la dueña de esa sonrisa en apariencia despreocupaba había pasado por tantas penurias en su corta vida… No, Jason no estaba al corriente de nada, pero a medida que recorría la finca buscándola sin hallarla, más convencido estaba de que algo sucedía. Todos en casa decían que la quinceañera tenía sus momentos, que de tanto en tanto necesitaba encerrarse en sus pensamientos, que eran cosas normales de adolescente. A otro perro con ese hueso. La única razón por la que su amiga desaparecía del radar de los Brady era para no preocuparlos, para recuperarse del disgusto o de la preocupación de turno antes de que ellos se dieran cuenta. Y lo sabía, porque él hacía exactamente lo mismo; aislarse para rumiar los asuntos y si hacía falta, tomarla con un árbol o una piedra del camino que tenían la enorme ventaja de no hacer preguntas ni pedir explicaciones. Encontrarla sola, a orillas del río, —’contando pececillos’, como llamaba Gillian a sus retiros temporales de los radares familiares—, confirmaba que él estaba en lo cierto y por supuesto, ni pensaba dejarlo correr ni marcharse de allí sin saber lo que que ocurría.

Gillian exhaló un suspiro y apartó la vista de aquellos ojos celeste claro, casi transparentes, que le miraban el alma.

—Mi madre ha reclamado mi custodia —dijo. El drama de su vida recogido en una frase.

Jason se quedó en blanco, inmóvil. Mirándola fijamente mientras su cerebro se afanaba por cuadrar aquellas seis palabras que le parecían irreales, imposibles de creer. Sin atinar a nada más.

Aquel prolongado silencio y la expresión del rostro de su amigo constituyeron suficiente respuesta para Gillian, que le palmeó la rodilla en un gesto de consuelo; a ella le había sucedido lo mismo cuando John le había comunicado las malas nuevas. Era increíble que su madre hubiera conseguido burlar a la muerte, milagroso, y aunque le doliera admitirlo, le resultaba mucho más increíble aún que hubiera reclamado su custodia; que Gillian recordara la consideraba una carga, consecuencia de un error juvenil. Una carga que había dejado tirada en el camino más veces de lo perdonable incluso para alguien tan propenso a perdonar y a pasar por alto como ella.
Jason salió de su ostracismo con dos frases lapidarias.

—No puede botarte cuando le de la gana como si fueras un mueble viejo y luego reclamar sus derechos de sangre. Esto no va a quedar así.

—Puede —replicó ella con dulzura, conmovida por las palabras de su amigo. Conmovida por comprobar una vez más que el amor de aquella familia compensaba con creces el que nunca recibiría de sus propios padres—. Ya lo ha hecho, Jay.

El corpulento joven se puso de pie. Se sentía como un león enjaulado. Impotente. Frustrado. Y muy, muy egoísta porque en ese momento no conseguía imaginar aquel lugar, aquel paisaje, la casa, su vida, todo… sin Gillian, sin la alegría que había traído consigo, sin sus bromas y sus risas. Totalmente consciente de que debía lamentarlo por ella, y sintiéndose fatal por estar lamentándolo por él, soltó un bufido, enojado consigo mismo y con el mundo entero.

Ella lo siguió con la mirada. Reparó en que vestía ropa de deporte; unos pantalones negros, largos, unas zapatillas de entrenamiento del mismo color y una camiseta blanca de mangas cortas. A sus diecisiete años era el más corpulento de los Brady, un XXL que apuntaba a convertirse en doble XXL. Todo músculo. Y tanta inteligencia como tejido muscular, pensó Gillian, y entonces se dio cuenta de que pensaba en Jason para evitar pensar en ella y su nueva situación. Porque sí, estaba asustada y odiaba estarlo. La idea de que sus días volvieran a llenarse de los cambios de humor de su madre, de sus explosiones de ira seguidos de horas de llorera incontenible, la hacía sentir indefensa. Antes de los Brady, aún conservaba la fortaleza que otorga estar acostumbrado. Era todo lo que había conocido desde que tenía uso de razón. No sabía que hubiera otra forma de despertar, con un abrazo. Ni cómo era que alguien le preparara el desayuno y compartirlo en buena compañía… Ni que la fueran a buscar al colegio, y le preguntaran qué tal habían ido las clases…

Volvió la vista hacia el río. También era posible que pensara en su amigo porque era lo que hacía siempre. Algo así como un reflejo condicionado. Gillian se había sentido sola desde que tenía uso de razón, un ser pequeño en un ambiente hostil, pero en el instante en que sus miradas se cruzaron aquella mañana de Navidad, esa sensación se había desvanecido. Nunca había conseguido entender cómo o por qué; Jason y ella no se habían visto antes, pero era como si se conocieran desde siempre. Congeniaban, era cierto, pero además se conocían de la manera que lo hacen dos amigos que han compartido tiempo y aventuras. Desde aquel primer día, incluso sentía su presencia próxima, siempre cerca. En más de una ocasión, estudiando en su habitación, se había vuelto hacia la puerta, convencida de que Jason acababa de entrar… Descubría entonces que la puerta continuaba cerrada, y ella seguía tan sola como antes. Sin embargo, la sensación de que él estaba allí había sido tan real… Para alguien acostumbrado a ser invisible constituía un regalo saber, sentir, que existía en el mundo otro ser que no solamente ‘la veía’, sino que además la conocía tan bien. Ahora, rogaba a Dios poder seguir sintiendo la presencia de Jason cuando ya no estuvieran juntos. No podía imaginar su vida sin eso.

No quería imaginar su vida sin eso.

—¿Cuándo? —oyó que él le preguntaba.

—El juez ha dicho que si sus informes de rehabilitación siguen siendo buenos y si conserva su trabajo, cuando yo cumpla los dieciséis recuperará mi custodia y tendré que volver con ella.

Jason movió afirmativamente la cabeza hasta cierto punto aliviado. No sucedería mañana, ni en una semana. Tenían aún meses por delante. Pensó que quizás también tuvieran alguna posibilidad de que los supuestos no se cumplieran y por tanto, él juez acabara denegándolo. Pero enseguida cayó en la cuenta de que una mujer que había conseguido sobrevivir a las adicciones de toda una vida, incluso burlando a la muerte en dos ocasiones, sobrevivía a los “supuestos”. Estaba claro que la ley de Murphy no le afectaba para nada.

—¿Y qué pasa si te niegas?

Gillian volvió la cara hacia su amigo. Él se había puesto de cuclillas y la miraba atentamente.

¿Qué pasaba si se negaba? Exhaló un suspiro. Una parte de ella haría cualquier cosa por quedarse, por no tener que abandonar aquel rancho y aquella familia de la que se había enamorado a primera vista; la otra no se pronunciaba con pensamientos, sino con sensaciones; la idea de negarse la hacía sentir fatal.

—Es mi madre, Jay.

Jason asintió de mala gana. No había ninguna sorpresa en su respuesta. Gillian era así; un corazón inmenso que solo Dios sabía cómo cabía en un cuerpo tan pequeño.

—Pues, ¿sabes qué? —continuó el quarterback—. Voy a querer verle la cara a tu madre.

Ella negó con la cabeza, sus ojos le dijeron con la misma dulzura de siempre que no sería así. Jason volvió a asentir, decidido.

—Sí, Gillian. Que sepa que esta vez tendrá que andarse con cuidado, que ni mi familia ni yo le vamos a permitir que te haga daño. Me da igual si te enfadas, iré contigo y no hay discusión.

En aquel momento, cuando una profunda vergüenza empezó a apoderarse de ella ante la sola idea de presentarle a la mujer que le había dado la vida, su natural aversión a estar triste (y a que Jason lo estuviera), hizo acto de presencia, salvándola una vez más de sus propias miserias.

Eh, guapo, no tan rápido, que si quieres hacer de guardaespaldas, primero tendrás que pasar el casting.

—No sabía que fueran tantos los interesados —dijo él, rezumando vanidad por los cuatro costados. Los dos se miraron asombrados por sus respectivas reacciones y al fin llegó la risa, esa que ambos necesitaban tanto en aquel momento.

—¡Claro que sí! ¿A ver, con quién crees que estás hablando, chaval? Los interesados me crecen como champiñones —continuó Gillian. Estiró su mano en un intento vano de acariciarle la barbilla, pero él no estaba lo bastante cerca y se quedó a medio camino. Se conformó con tamborilear los dedos en el aire simulado una caricia—. Pero tranquilo, no te preocupes por la competencia… ¡a tu lado, todos son unos enclenques!

Aquellos ojitos pícaros se iluminaban bajo la alegría contagiosa de su sonrisa, pensó el quarterback. Su vanidad tuvo que reconocer que por más que alardeara sobre el tema, mitad en broma, mitad en serio, en aquel preciso momento y lugar solo había un ser único, excepcional. Y no era él. Jason tomó la mano que se movía graciosamente en el aire y la retuvo, pero pronto, por pura necesidad, le rodeó el cuello con un brazo y la atrajo hacia él. Continuaba de cuclillas junto a su amiga, que, a su vez, estaba sentada en la orilla, así que solo consiguió que recostara el hombro y la cabeza contra su pecho. Fue una especie de abrazo torpe e incómodo, pero a los dos les dio igual. Jason necesitaba hacerla sentir a salvo, se lo pedía el cuerpo. Gillian necesitaba saber que lo estaba, sentirse protegida. Reunir el valor necesario para enfrentarse a su destino.

—Todo irá bien, Pitufina —murmuró él con la vista fija en el río—. Todo irá bien.

Gillian cerró los ojos y dejó que aquella reconfortante sensación la envolviera por completo.

De pronto, pensó, no había dolor. Ni miedo. Ni siquiera una minúscula partícula de rencor.

De pronto, solo había paz…”

Capítulo 5 (extracto)

© Patricia Sutherland

♥♥♥♥♥

Volveré a ti. Sintonías #0

Volveré a ti. Serie Sintonías # 0

Corre el mes de diciembre de 1992 y en Camden, Arkansas, Eileen Brady se afana por acabar los últimos preparativos navideños cuando recibe una llamada inesperada. El servicio de acogidas de la región, con el que el matrimonio Brady ha colaborado activamente durante muchos años, tiene una emergencia; una huérfana de 13 años llamada Gillian McNeil.
A pesar de la reciente decisión de la pareja, de no tener más niños en acogimiento hasta que sus propios hijos Mandy, Jason y Mark hayan pasado la etapa adolescente, Eileen no puede evitar conmoverse al conocer la situación de la niña, y acepta hacerse cargo de ella.
Lo que entonces no imagina es que esa decisión, fruto de la compasión, no solo cambiará para siempre la vida de Gillian, sino la de toda la familia, y en especial, la de su hijo Jason.
Volveré a ti es la precuela de Sintonías, su génesis; el momento en que se establecen las conexiones entre sus personajes y tienen lugar sucesos que diez años más tarde darán lugar a las tres inolvidables historias de amor que componen la serie.
Ambientada en Arkansas, un paraíso natural, en la década de los noventa, Volveré a ti, al igual que la serie de la que es precuela, es una historia que habla de valores, de familia, de amistad, de segundas oportunidades, y por supuesto, de amor.

Disponible en todos los formatos digitales y próximamente en papel.

Información, valoraciones y enlaces a tiendas, pinchando este enlace.

Ha vuelto el frío… ¡ideal para acurrucarse en el sofá con un buen extracto romántico!

Me han pedido que “no fuera mala” (lo siento, Bri ;), de modo que hasta después del preestreno no publicaré más nada sobre Princesa. Pero yo sigo con el gusanillo romántico, así que he pensado ofrecerte un avance de la novela en la que estoy trabajando.

No se trata de un proyecto nuevo, lleva en mi baúl de los recuerdos varios años, pero la he recuperado. Y fíjate, a pesar de los años transcurridos desde que la escribí, me ha vuelto a cautivar. Vendrá en primavera, también con una sorpresa bajo el brazo, de la que te diré más a partir de marzo o abril. Ahora te comento que se trata de una novela de las que a mí me gustan (como lectora, no sólo como escritora): tres historias de amor que se enlazan, mucho romance, y más sensualidad que sexualidad… Después de Princesa y la bruma londinense, he regresado a mis orígenes románticos con una novela que se desarrolla en Tennessee, en el seno de una numerosa familia de rancheros, y en torno a un suceso deseado y muy esperado por todos: la próxima paternidad del hijo mayor de la familia.

Lo que te traigo hoy es material fresquito -“recién reformado”- de una novela que todavía tiene título provisional: Mystic Oaks (el título original no me ha cautivado :-) y voy a cambiarlo, pero aún no he tomado una decisión al respecto). Se trata de una escena entre Tim Bryan y Samantha “Sam” Keats, la pareja protagonista de una de las tres historias románticas de esta novela. Los dos tienen un pasado de encuentros y desencuentros con el amor, ella incluso ha compartido casa con uno de sus desencuentros. Tim es el mediano de tres hermanos, tiene 30 años, y aunque es veterinario, trabaja en el rancho familiar. Sam es una urbanita acérrima, tres años menor que él. Empezó en el mundo de la publicidad para pagarse la carrera, y le fue tan bien que desde entonces tiene que hacer milagros con el tiempo para poder acabarla. Es muy amiga de Chris, la cuñada de Tim. Durante tres años, sólo coinciden en cumpleaños y demás celebraciones de los Bryan a las que Sam acude como invitada. No parece haber química entre ellos. Se conocen, y eso es todo. Pero, ya sabes, un día sucede algo… Él la mira, ella sonríe, los dos apartan la vista… y ¡voilá! ¿Fácil, eh?

De eso, ni hablar.

Te prometo que en este caso, no será nada fácil ;-)

Bueno, basta de cháchara. Aquí te dejo con una mis nuevas parejitas. Espero que te guste ;-)

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Sam ya se sentía nerviosa al ponerse en marcha hacia Mystic Oaks, el rancho de los Bryan. Había quedado a tomar el te con Chris, y ayudarle a elegir ropa de cama del último catálogo de Liz Claiborne. Ahora que acababan de abrirle la verja electrónica y tenía delante el camino que llevaba a la casa, no estaba tan segura de querer entrar.

Hacía más de una semana que le había dado su teléfono a Tim y él no la había llamado. En un principio había intentado no darle importancia al tema. Tal vez estuviera muy ocupado. Tal vez ni siquiera hubiera salido del rancho con tanto trabajo. Tal vez…

Pero si Tom, el hombre más ocupado del planeta en relación a ella, había encontrado tiempo para llamarla e invitarla a tomar algo… Había aceptado más por rabia que por interés, pero debía admitir que lo habían pasado bien. Chris tenía razón en eso: Tom, de buen rollo, era un tipo súper divertido y agradable.

La cuestión era que por alguna extraña razón, el mediano de los Bryan tenía su tarjeta, tenía su permiso para invitarla. Y no lo hacía. Por más que le daba vueltas al asunto, no acababa de entender lo que sucedía. ¿Tendría idea ese rubito de espalda portentosa y culo bestial lo cotizado que estaba su número de teléfono?

Por lo visto, no.

Y desde luego, ni estaba acostumbrada ni toleraría aquel flagrante “no sabe, no contesta”. Se plantaría delante del “rubito” y se lo preguntaría directamente. A ver qué tal aguantaba el envite.

Pero cuando llegó el momento, las cosas no salieron como Sam esperaba.

Había subido el camino levantando una nube de polvo y al doblar en dirección a la casa, lo vio entre un grupo de hombres sudorosos, levantando una cerca.

Pantalones vaqueros, camiseta negra sin mangas –pese al frío que pelaba-, botas rancheras. Y sombrero negro.

Diosss, pensó, y luego esperarían que una señorita no perdiera la compostura ante semejante ejemplar de macho humano.

Tim tensaba la alambrada cuando la vio aparecer en su deportivo negro y Jim [su hermano, y el menor de los Bryan] por poco le arranca la mano de un tirón con el espino artificial que debió haber estado controlando, en vez de mirar lo que no debía…

Él soltó la alambrada que de tan tensa se llevó uno de sus guantes de trabajo. —¡Mierda!

Jim corrió hacia su hermano. — ¡¿Qué coño hacías, tío?! A ver, déjame ver la mano…

En un segundo, toda la cuadrilla rodeaba al accidentado.

Rápidamente, Sam detuvo el coche y se apeó. Se acercó a Tim, que inspeccionaba la herida al tiempo que refunfuñaba en voz baja.

—Sube, ven. Vamos a curarte esa herida— dijo, abriendo la puerta del acompañante.

Él le restó importancia con un gesto.

—Estoy bien…No es nada…

La voz de su hermano menor sonó a orden.

—Ve a curarte esa mano, tío. Haz el favor.

“Que no es nada”. “Que te largues”. “Que ya vale: no es nada”.

El intercambio duró unos cuantos segundos, hasta que Sam volvió a intervenir.

—¡Caballeros, un momento por favor! —voceó. Los hombres callaron y se volvieron hacia ella, que sonrió y continuó—. Gracias —miró a Tim—. Si no vienes conmigo a curarte esa herida, será lo primero que le diga a Chris. Ella correrá a decírselo a tu madre, que irá a buscar a tu padre…

Tim no la dejó acabar la frase. Exhaló un bufido, se echó el sombrero hacia atrás, rabioso, y subió al vehículo con las carcajadas y las bromas de la cuadrilla a modo de música de fondo.

Sam se sentó al volante y pronto se pusieron en marcha.

—¿Te duele? —quiso saber, mirándole la mano con ojos aprensivos.

Los de Tim, en cambio, tuvieron que esforzarse por no regocijarse abiertamente en ella. Llevaba el cabello sujeto en una coleta alta, unos vaqueros y una cazadora negra con forro de corderito, debajo de la cual se adivinaba un jersey violeta. Era hermosa, así, tal cual. Sin maquillaje, ni zapatos de tacón, ni nada de nada. Ella era preciosa, y él, un perturbado mental, que no podía dejar de mirarla.

—No —replicó.

Breve y conciso, pensó ella. Evidentemente, no estaba en plan comunicativo.

—¡Qué mala suerte! Esos alambres me dan grima… Un vez, de niña, jugando con mi hermano, uno muy viejo, no aguantó la tensión —claro, estábamos haciendo el indio encima de él— y cedió… Me hizo una brecha de seis puntos en la pierna…Todavía hoy me duele cuando lo recuerdo.— De pequeña, había sido un marimacho. La mayor parte de sus cicatrices databan de aquellas épocas.

Tim la miró de reojo.

—¿Y que hacía una nena jugando entre alambres de espino?

—¿Nena? ¡No, qué va! Mi feminidad tardó años en dejarse ver… Hasta los doce fui un terremoto. Los árboles y las alambradas me volvían loca… Los árboles me siguen tentando muchísimo, te digo… Esa higuera que tenéis detrás de la casa no ha dejado de llamarme desde que nos vimos por primera vez…

Tim no pudo evitar sonreír. Desde luego no se imaginaba a aquella mujer trepando a ningún árbol.

Sam aparcó delante del primer garaje y ambos entraron en la casa.

—¡Hola, niña! —– le dio la bienvennida Chris, pero al acercarse y ver a Tim, su expresión cambió completamente— ¡Dios! ¡¿Qué te ha pasado en la mano?! ¡Julia, ven! —exclamó mientras intentaba quitarle el pañuelo que envolvía la herida.

Tim no hizo el menor ademán de detenerse, y continuó andando hacia el baño mientras quitaba hierro al tema, asegurándoles que no era más que un corte.

Pero no lo consiguió del todo. En un minuto, se encontró rodeado por las tres mujeres, ninguna de las cuales le llegaba ni siquiera a la altura del hombro, que se arremolinaban y lo estaban volviendo loco con sus lamentos y sus preguntas.

—¡A ver! — la voz de Tim sonó lo bastante enojada como para hacerlas callar y, entonces hizo una pausa, y suavizó el tono— ¿Queréis salir del baño y dejarme tranquilo, por favor? Sólo es un corte. Puedo curarlo yo solito ¿vale? Fuera todo el mundo…

Julia, su madre, obedeció a regañadientes y se fue a preparar el té. Chris también obedeció y regresó al salón suponiendo que su amiga venía detrás.

Sam se quedó exactamente donde estaba.

—Trae…—pidió, al tiempo que cogía su mano lastimada y retiraba con cuidado el pañuelo que él había puesto a modo de vendaje.

Tim la miraba. Con aquella mujer, alucinaba. Cuanto más la conocía, más lejana le parecía del bombón en lencería súper sexy, que echado de costado sobre una elegante mesa puesta para una cena de gala, le daba la bienvenida a los recién llegados a Nashville, desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, decorando vallas publicitarias situadas a lo largo de cincuenta kilómetros.

Y más le gustaba.

Y eso empezaba a ser un problema.

Ella procedía como si no se diera cuenta de su mirada.

Con naturalidad abrió el grifo, cogió el cepillo de uñas que había junto al jabón y puso la mano lastimada bajo el chorro de agua…

—Aguanta un poco…—le dijo mientras limpiaba la herida con el cepillo— ¿Hay alcohol por aquí?

Tim se estiró hasta el botiquín y le alcanzó lo que pedía.

—Va a quemar, lo siento —advirtió, poniendo cara de dolor mientras echaba el líquido y lo dejaba correr sobre la lastimadura.

No era de cemento armado, y claro que le quemaba, pero, la verdad, estaba más concentrado en ella que en lo que sucedía en su mano. Estaba…

Hecho un imbécil.

Porque solamente un imbécil podía meterse en semejante brete.

Había algo entre ella y Tom [el manager artístico del hermano mayor de Tim]. Él no pintaba nada jugando de convidado de piedra, y ya podía parecerle la mujer más preciosa del mundo, seguía sin pintar nada en aquel asunto.

—Sabes curar heridas —dijo, por decir algo, y ahuyentar al “imbécil”.

—Claro. Ya te dije que de niña era terrible… —miró de cerca el desgarro que era más aparatoso que profundo—. Yo la dejaría al aire…

Tim volvió a estirarse y cogió venda y esparadrapo.

—Ya, pero yo necesito volver a ponerme los guantes.

Sam le quitó las cosas de la mano, con suavidad, y empezó a vendar la herida.

—Sí, se me olvidaba…¿Tienes mucho trabajo, no?

Él miró a otra parte con un sonrisa resignada. La veía venir.

—Por eso no me llamas —añadió.

Sam hablaba sin mirarlo, aparentemente concentrada en lo que hacía. Tim meneó la cabeza. No la había llamado pensando que ella entendería el mensaje, pero por lo visto, aunque lo había entendido, no se contentaba con eso.

Se inclinó hacia Sam, y buscó su mirada.

—No te llamé por tres razones. Uno. Estoy trabajando catorce horas al día y seguirá igual las próximas diez semanas. Dos. Hay algo entre Tom y tú. Tres. Soy un tipo muy, muy, muy serio y tú, alguien que esta familia quiere y respeta un montón. Yo no hago esa clase de cosas. ¿Te queda claro? Porque, verás, no quiero volver a hablar de ésto.

Sam sintió que se le subían todos los colores. ¡Vaya manera de pararle los pies! ¿Pero quién se creía que era?

—Eso es una soberana estupidez —replicó, imitándolo—. Por tres razones. Uno. Para llamarme, no necesitas más de treinta segundos. Ya sabes… “Hola, Sam, ¿qué tal va todo? ¿Por qué no te vienes a comer a casa el sábado?”. Dos. No tengo nada con Tom. Tres. ¿A qué jodida clase de cosas te refieres? Nos conocemos desde hace tres años. Ya me he dado cuenta de que eres un tipo muy, muy, muy serio. ¿Te has dado cuenta tú de que yo también lo soy? ¿O sigues viendo a la chica de las vallas publicitarias cada vez que me miras? Aclárate, guapo. Llámame o no me llames, pero por favor, no me vengas con chorradas.

Sam pasó por su lado y salió del baño echando humo por la cabeza. Pero a Tim le quedaba algo por decir…

—Te invitó al Bar Twenty3 [el local de moda, donde su presencia no pasaría desaparcebida]. Y dijiste que sí. ¿Por qué?

Ella se volvió, enojada.

—¿Por qué me invitó o por qué acepté? ¿Y cómo sabes tú eso?

—Te llamó delante de mí. Así es Tom cuando le tocan las narices. Quería que me enterara de qué iba la cosa. Y claro, no me quedó más remedio que hacerlo.

—Ajjj… Los tíos sois unos capullos impresentables… —soltó el aire en un bufido, y lo miró con los ojos brillantes de rabia—. Me invitó porque le voy, como a todos los tíos. Acepté porque él me lo pidió y tú no. Y hasta que llegue el día en que tú me lo pidas, seguiré haciendo lo que me de la gana con quien me de la gana. Y si no te gusta, lo lamento. ¿Te queda claro? Porque, verás, no quiero volver a hablar de ésto.

Dicho lo cual, Sam se dio la vuelta y desapareció de su vista.

Entró al salón, donde Chris la esperaba con el té a punto, y se puso su mejor sonrisa. Sabía que ella había oído la conversación. Lo vió en su mirada, pero se sentía demasiado enojada para hablar del tema. Y además, no había de qué hablar. Tim pasaba de Sam y ella pasaba de Tom. Así que, no había nada que contar.

Mientras Chris miraba el catálogo y le explicaba lo que quería para su recién decorado dormitorio, Sam vio por la ventana cómo Tim se alejaba de la casa por el camino de tierra que llevaba a la zona de trabajo. Sin volverse ni una vez. Sin hacer el menor intento de despedirse.

Para ella, la situación empeoraba por segundos. Antes de la conversación que habían mantenido en el baño, Sam era bastante capaz de mirarlo y comportarse normalmente. Ahora, sólo con ver su figura varonil desandando aquel sendero de tierra, tan imponente, tan indiferente, se le disparaba el corazón.

Y como dos horas más tarde seguía igual de enfadada y de interesada, comprendió que no estaba en condiciones de aceptar la invitación de Chris. No soportaría tenerlo cenando en frente, como si no hubiera sucedido nada. Así que sobre las seis anunció que se marchaba.

Los hombres seguían trabajando en la misma zona, sólo que ahora había anochecido y se alumbraban con focos alimentados por un generador. Tim estaba trabajando bajo la luz de uno de ellos, por lo que Sam pudo ver con claridad cómo él levantaba la cabeza de lo que hacía al oír un coche acercarse y la miraba.

Sam decidió, en fracción de un segundo, que lo suyo era saludarlo. Aunque fuera con un gesto, y lo hizo; sin sacar la mano del volante, intentó sonreír y lo saludó.

Él se enderezó, se quitó los guantes y cruzó el camino. Sam detuvo el coche y bajó el cristal. Esperó con el corazón latiéndole en las sienes… Tim se puso de cuclillas junto a la puerta, apoyando los brazos sobre el borde de la ventanilla.

—Se me dan mejor los animales que las mujeres, así que es posible que lo que voy a decirte no sea… — hizo una pausa y respiró hondo— lo que esperas oír, pero es lo que siento, ¿vale?

Sam mantuvo la mirada. ¿Cómo no hacerlo? Esos ojos azules eran dos poderosísimos imanes.

—Me gusta mirarte —empezó a decir él—. Y me gusta lo que siento cuando tú me miras. Me gusta lo que eres debajo de ese traje de mujer diez que llevas como si fuera una segunda piel… Pero no nos hemos conocido en un bar. Nos conocimos aquí, en la casa de mi familia. Es el sitio más sagrado del mundo para mí, así que…

Tim volvió a respirar hondo.

—Solamente podría haber más que lo que hay ahora, si… me enamorara de ti. Y no es el caso.

Sam sintió que se estremecía. Íntegramente. De la cabeza a los pies.

Jamás en la vida le habían dicho algo tan inesperado y tan frustrante, y aún así, hacérselo sentir como una caricia sensual.

—Y hasta que sea el caso —continuó él—, si alguna vez lo es, no voy a mover ficha, Sam. Espero que aceptes esto y lo respetes porque no voy a andarme con tonterías. ¿Vale?

Sam asintió con la cabeza. Encendió un cigarrillo intentando recuperarse y pensar. Había oído, sí, pero aún no lo había encajado.

—Me has dejado… grogui —admitió al rato, con una sonrisa—. No está mal para alguien a quien se le dan mejor los animales…

—Ya.

Sam suspiró. A continuación, se ajustó la coleta en un gesto de nerviosismo disfrazado de coquetería.

Él esbozó una sonrisa leve, y bajó la mirada.

—Está bien —convino Sam. Su voz mostró un punto de humor—, lo encajaré. No te preocupes… No te pondré contra las cuerdas… Eres el primer tío que se planta delante de mí a explicarme “por qué no”, y te aseguro que tiene su morbo… —ambos sonrieron—. Seré una buena chica, tranquilo. Y ahora, me tengo que ir…

Tim se puso de pie sin dejar de mirarla.

—Vale. Vuelve cuando quieras. Aquí siempre eres bien recibida.

Sam le guiñó un ojo y cerró el cristal. Tenía que largarse de allí cuanto antes.

Al salir del rancho y mientras veía por el retrovisor cómo la verja electrónica se cerraba, Sam tomó conciencia de la inesperada angustia que le oprimía la garganta, que la obligó a tragar una y otra vez hasta que consiguió dominarla.

Se había enamorado de Tim.

Menudo descubrimiento…

Ahora sólo le faltaba descubrir qué hacer con ese flamante sentimiento, ya que como él le había dejado perfectamente claro, no era correspondido.

© Patricia Sutherland

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 2º parte.

Aquí tienes la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Si no has tenido ocasión de leerlo, éste es el enlace de la entrada, que te recomiendo que leas no sólo por cuestiones de cronología, sino también porque contiene un resumen de la novela y algún comentario mío que te ayudará a ponerte en situación.

Espero que disfrutes de su lectura, y con ellas me despido hasta septiembre, deseándote que tengas un verano fenomenal.

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Bombón, extracto – 2ª Parte

Las cosas todavía seguían algo tirantes entre los dos cuando llegaron al Beer & Wine con Gillian, Jason y Mark, pero después de un par de partidas de billar y algunas risas con Jason, de a poco, Mandy se relajaba.

Jordan la conocía bien y sabía que lo peor ya había pasado: volvían a estar juntos, y aunque quedaba mucho por delante, para él era motivo suficiente para la sonrisa encantada que tenía desde hacía horas, que no se le quitaba con nada.

—Ya me he enterado de que has hecho un negocio redondo —empezó Mark, picándolo—. Aunque la verdad, pensé que habías vuelto por ella, no por la pasta.

Jordan le echó una mirada irónica. —¿Qué crees que pensaría si acepto trabajar como un cabrón por el mismo dinero?

Mark sonrió, divertido. —Me gusta tu técnica, tío. A ver si funciona…

Jordan volvió a mirarlo. Esta vez no contestó. Y no hizo falta. El mensaje era claro.

Funcionaría.

 

* * *

 

Aquel hombre llevaba diez minutos dándole conversación. Estaba con Mandy antes de que Jordan fuera al lavabo y cuando salió, aún continuaba allí. Así que en una reacción nada habitual, Jordan descubrió que sus pies habían decidido, sin consultarle, dirigirse a la barra. Y allí estaba, plantado delante de Mandy y aquel individuo, a segundos de tener que abrir la boca para decir algo, y sin la menor idea de qué.

—No te conozco. ¿Quién eres?

Su mente tampoco le había consultado aquello antes de ordenarle a su boca que lo dijera. Pero ya estaba dicho. Mandy sintió una súbita necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.

—Yo… le pedía un autógrafo —atinó a decir el larguirucho rubio que estaba junto a Mandy.

Jordan asintió. Se estiró, cogió una servilleta de la barra, sacó una estilográfica de su bolsillo y le dio ambas cosas a Mandy.

—¿A quién la dedico? —preguntó ella intentando aguantar la risa mientras se preparaba, estilográfica en mano, para estampar su firma sobre la servilleta.

—Peter —contestó el interesado.

Mandy garabateó un autógrafo dedicado que Jordan se encargó de entregar. —Autógrafo. ¿Algo más?

Peter se despidió rápidamente y tan pronto se alejó, Mandy soltó la risa mirando a Jordan con incredulidad.

—Era inofensivo —dijo, coqueta.

—Tú no.

Ella se apoyó contra la barra y se cruzó de brazos.

—¿Y eso? —preguntó con expresión divertida.

Jordan se colocó junto a ella, y la miró con ternura. —Y eso ¿qué?

—¿Qué quieres decir con eso de que “no soy inofensiva”?

—Como si no lo supieras…

—Es que no lo sé —insistió ella.

—A la hora de flirtear eres más peligrosa que mono con escopeta — Jordan miró de reojo al del autógrafo que había regresado con su grupo de amigos—. Rubio. Alto. Buen lomo. Cinco minutos más, y te lo habrías ligado —volvió a mirarla—. Y esto es Camden. Aquí no puedes ligarte a un tipo en el Beer & Wine y enrollarte con él. Mañana aparecería en primera página.

Como era habitual en aquel vikingo, y aunque en este caso concreto se equivocara, hablaba con conocimiento de causa. Mandy cogió su botellín de cerveza sin alcohol, pero Jordan se lo quitó de la mano, sirvió un poco en la copa y se la ofreció después de dejar el envase sobre la barra.

Jordan estaba en lo cierto. En otra época, Mandy lo habría hecho. Enrollarse con el hombre del autógrafo. Sin pensárselo dos veces. En ésta, sólo coqueteaba. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza nada más.

—El día que discutimos, dijiste… —Mandy hizo una pausa y lo miró—. Me llamaste… Bueno, no lo dijiste, pero casi. ¿De verdad piensas eso?

Jordan respiró hondo. Sabía que algún día el tema volvería a salir, pero no esperaba que fuera tan pronto.

—Me mataba verte tan hecha polvo…

Mandy esbozó una media sonrisa violenta. —Pero no dijiste eso. Dijiste otra cosa.

—Ya.

Había dicho algo completamente distinto. Estaba loco de celos.

—No me gusta esa parte de ti —admitió, finalmente. Mandy asintió y apartó la mirada—. Es una idiotez porque es exactamente lo que hacemos los tíos… No debería molestarme. Y si me dices que soy un cabrón hipócrita que te suelta monsergas a ti y luego hace lo mismo, tendré que aguantar… Pero soy hombre, sé lo que piensan cuando se levantan de tu cama, y sé lo que dicen… Y me molesta un montón que seas tú de quien lo dicen. Me saca de quicio.

Mandy se bajó del taburete y recogió las bebidas para llevarlas a la mesa. Se sentía tan incómoda que por momentos no parecía ella. ¿Desde cuándo que la censuraran le preocupaba? Se irguió y se colgó su mejor sonrisa.

—Eres un cabrón hipócrita —le dijo, desafiante.

Jordan sonrió.

—¿Le has aclarado a tu barbi que como me tope con ella van a tener que reconstruirle los implantes? —continuó Mandy mientras empujaba tres cervezas contra el pecho de Jordan, indicándole que las cogiera.

—Pena —replicó él, seductor—. Está como un queso.

Mandy le echó una mirada llena de ironía y se alejó con el resto de las cervezas sin hacer el menor comentario.

Sobraban las palabras, estaba claro.

Jordan bajó la cabeza para ocultar que sonreía.

¿Como un queso? ¿Y se lo había dicho al bombón de Amanda Brady?

Tendría que aprender a contar mentiras más creíbles.

 

Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

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Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

 

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 1º parte.

El calor ya está aquí, al fin, después de un invierno largo y una primavera mucho más inestable de lo habitual. Para mí es señal de que ha llegado la hora de apagar el portátil y recargar su batería, ¡y la mía!

Tenía planificadas dos entradas, de esas que ofrecen información útil que a mí tanto me gustan, pero he decidido dejarlas para la vuelta de vacaciones. Después de todo, es verano y lo que apetece es tumbona y relax ¿o no?

Así que he pensado ¿y qué tal si complemento tu bucólico descanso veraniego con un par de entradas que en vez de útiles, sean entretenidas?
Me refiero a “románticamente” entretenidas, claro.

El extracto que publicaré en dos partes corresponde a la primera de la serie Sintonías, Bombón. ¿Qué puedo decirte de ella? Bueno, además de ocupar el primer lugar de publicación -con lo importante que son los comienzos-, es la que tiene el mayor nivel de erotismo y también la que confiere el carácter de serie a Sintonías, ya que la apasionada relación de Mandy y Jordan continúa creciendo y consolidándose en la segunda y la tercera entrega. Es romántica, sensual, con una pizca de pimienta y bastante ternura… O sea, es el tipo de historia que me encanta leer, sólo que en este caso la he escrito yo :-)

Con un trocito de ella te dejo, entonces ¿vale?
 

Bombón. Resumen:

Mandy y Jordan son amigos desde niños. Pudieron haber sido novios adolescentes pero él, incomprensiblemente para Mandy, no acudió a la cita. Ahora ella tiene 26 años, es una cantante famosa, y Jordan, además de su amigo es su Manager.

Pero desde hace dos años Mandy se rodea de malas compañías, alimenta a la prensa sensacionalista con escándalos frecuentes y no atiende a razones. Una noche, Jordan, que secretamente está enamorado de ella, la encuentra en su suite del hotel compartiendo cama con el licencioso vocalista de una banda de rock y decide marcharse: ya no soporta verla vivir así. Cuando Mandy quiere darse cuenta, Jordan se ha ido y su vida es un desastre.

Siguiendo el primer consejo que ha aceptado en años, vuelve con los suyos y nuevamente rodeada de su afecto, Mandy toma conciencia de la realidad: nunca ha querido una vida lejos de los suyos; ha vuelto a casa casi huyendo, esquivando a la prensa, contando mentiras a su equipo, después de cancelar dos meses de actuaciones con la excusa de una enfermedad que no ha precisado, pero más tarde o más temprano va a tener que volver a las giras, a los hoteles, a las interminables sesiones promocionales… Solo que ahora no se siente capaz de hacerlo sin Jordan.

Para Jordan, irse fue un intento de pasar página tan desesperado como inútil: cada vez más atrapado en la red de un amor no correspondido, ya no sabe qué hacer. Pero al tiempo, cuando vuelven a verse y Mandy, inesperadamente, se muestra arrepentida por lo ocurrido y poco después reacciona tan mal al comprobar que él ha asistido con una amiga a la entrega de premios en la que ella es una de las nominadas, se enciende una pequeñísima luz de esperanza…

¿Son celos? ¿Qué significan en alguien como Mandy? ¿Qué posibilidades tiene de enamorar a esa mujer desinhibida y arisca, que cambia de acompañante como de zapatos, cuya relación más larga duró apenas una semana?

Intentar olvidarla no resultó.

Jordan decide que es hora de cambiar de estrategia…

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Y ya lo creo que lo hace. Jordan es un gran estratega -¡me sorprendió hasta a mí!-, pero Mandy es imprevisible, apasionada; una mujer de armas tomar.
¿Qué resulta de la interacción de un tipo muy listo (pero muy enamorado) y de una mujer rebelde que vive la vida apasionadamente, sin ataduras?
Pues, lo dicho: mucho entretenimiento… Romántico, claro :-)

 ~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Mandy llevaba varios días sin saber de Jordan y se sentía rara. Se habían despedido el lunes por la mañana con un “hablamos ¿sí?”. Él había regresado a Nashville.

Y no habían hablado.

Él no la había llamado.

En otras circunstancias no le habría importado tanto, pero ahora…

Mandy se subió a la tranquera y se sentó sobre el listón de madera, con las piernas colgando hacia adentro. El predio de adiestramiento estaba vacío. A lo lejos, se veían luces en el pabellón de los peones. El sol se había ocultado hacía un rato y las faenas del día habían acabado.

Después de darle mil vueltas, el miércoles ella se había decidido y lo había llamado. Nadie había contestado. Tampoco había saltado el buzón de voz. Desde entonces habían pasado tres días, y continuaba sin saber nada de Jordan.

Mandy se subió el cuello del abrigo. Se estaba quedando helada. ¿Qué hacía allí con semejante frío? Bajó de un salto y retomó el camino que llevaba a la casa.

Estaba insorportable. No se sentía ella misma. Pasaba el día ociosa, incapaz de concentrarse en nada más de cinco minutos, y con sus pensamientos volviendo una y otra vez sobre el mismo tema; Jordan Wyatt. Él le había dicho que “se moría por volver con ella”, pero ni había aceptado su nuevo proyecto aún, ni estaba con ella.

Estaba en Nashville.

Seguramente disfrutando de la compañía de su barbi de apellido ilustre.

Y no la había llamado.

Ni siquiera le había devuelto la llamada.

Mandy meneó la cabeza, disgustada. ¿En qué situación estaban? Necesitaba saberlo de una vez. Ya no soportaba continuar así. Respiró hondo cuando comprendió que estaba a punto de saberlo; el hombre que aparcaba frente al jardín, era él.

Mandy se irguió, y avanzó hacia el coche como si no tuviera un nudo en el estómago. Avanzó con su sonrisa despreocupada, ignorando las sensaciones que últimamente se adueñaban de su cuerpo cada vez que lo veía.

Eran intensas y raras. No podía clasificarlas. En realidad, no se animaba a hacerlo. Así que jugaba a ignorarlas.

Pero seguían allí, y eran las mismas: boca inesperadamente seca, latidos que retumbaban en sus oídos… y un montón de nervios que no sentía ni cuando estaba en el escenario frente a diez mil personas.

—Si vienes a cenar, es pronto… —dijo Mandy, apoyándose contra el Corvette, junto a la puerta.

Él sonrió y se dedicó a sacar abrigo y maletín bajo la persistente mirada femenina que le pasaba revista.

Jersey negro de cuello alto. Botas negras cortas. Tejanos de muerte. Imponente como siempre, pero demasiado sport para Jordan.

—¿Es el estilo Nashville? —preguntó ella, con ironía.

Jordan cerró el maletero. —Es el estilo mudanza. Lo mejor para ponerse de mierda hasta arriba embalando una casa, son unos tejanos y un jersey negro. También valen para hacer seiscientos kilómetros por carretera…

“Así que has vuelto a Camden”, pensó Mandy y se obligó a no mover ni un músculo de su cara.

—¿Entramos? —invitó Jordan.

—¿”Entramos”? —Mandy se incorporó, puso las manos en los bolsillos de su abrigo y lo miró irónica—. ¿Es que vienes a verme a mí?

Jordan sonrió. —Tenemos un tema pendiente, sí.

—Bueno… Supongo que si ha esperado una semana, es que no es urgente ¿no?

Mandy pasó junto a él y se dirigió a la casa. Entró y dejó la puerta abierta. Jordan la siguió intentando mantenerse serio y no soltar la risa. No quería enfadarla más de lo que estaba. Entró y cerró la puerta tras de sí.

—Tenía que analizar bien lo que me propusiste, Mandy… No es tan fácil como a ti te parece que es.

Ella estaba al pie de la escalera cuando él habló, y se revolvió.

Menudo imbécil.

—¿Tengo cara de idiota? —regresó sobre sus pasos, y se plantó delante de Jordan, mirándolo rabiosa—. Mira, niño… Si me dices que hablamos, me llamas. Y si ves mi llamada perdida, me la devuelves. Quiero que seas tú, Jordan, pero no pienses ni por un segundo que te voy a dejar jugar este juego conmigo. Vuelve a pasar de mí, y me abro. ¿Está claro?

—No pasé de ti…

Mandy no sólo lo interrumpió, dio un paso más y lo enfrentó. —¿Está claro, o no?

Él la miró con ternura y al final asintió.

—Bien —replicó ella—. No voy a hablar de negocios hoy, así que si has venido a eso, puedes irte.

Jordan la vio volverse sin más y subir la escalera hacia la primera planta. Entonces, las palabras de Jason sobre lo que funcionaba o no funcionaba con una mujer, volvieron a su mente. Cada segundo que pasaba tenía más claro que con esta mujer, no funcionaría. Había sido un error no devolverle la llamada. Jordan asintió. Sí, había sido un error que no volvería a cometer.

En la cocina, Mark y su padre se miraron divertidos. Mandy había sacado las uñas. Los siguientes capítulos de la historia “Jordan & Mandy” prometían ser apasionantes.

Cuando Jordan entró, las miradas hablaban por sí mismas. Pero por si cabía alguna duda, John se lo aclaró.

—Mandy 1, Jordan 0 —le dijo palmeándole el hombro con cariño—.Ven, come algo y repónte para el siguiente asalto.

Jordan se sentó a la mesa sonriendo violento, y se dispuso a recuperar fuerzas con un trozo de la mejor torta de queso y moras del país.

Para vérselas con Mandy, desde luego, le haría falta.

 

* * *

 

Mandy no habló de negocios aquel día. Ni el siguiente. No fue hasta el domingo después de comer, cuando Jordan volvió a intentarlo por quinta vez en tres días y el muro cedió.

Mientras el resto de la familia miraba televisión en el salón, Mandy escuchaba la exposición de Jordan en la cocina, con la vista fija en su pocillo de café.

Seguía enfadada. Y seguía celosa.

Celosa de que hubiera corrido a darle explicaciones a su barbi, y a ella la hubiera tenido una semana esperando una decisión. Y lo peor de todo era que admitir que estaba celosa la enojaba mucho más que todo lo demás. Porque los celos no podía controlarlos. Los sentía. No los había sentido en la vida antes, y no sabía cómo manejarlos.

—Las seis fechas que tienes en diciembre son impepinables. Si no cumples, te va a costar un montón de pasta, así que yo te aconsejo que actúes. Año nuevo, vida nueva. Y con la discográfica… las actuaciones comprometidas ya están cumplidas, aunque en algún momento del año tendrás que volver a entrar en estudio con un álbum nuevo y habrá que negociar las actuaciones promocionales, pero eso se verá en su momento… Estuve echando un vistazo a los festivales. Varios coinciden mes, así que va a haber que montarlo muy bien, si no vas a acabar de cama…. Las actuaciones en ciudades más pequeñas se pueden coordinar en relación a los festivales. Con tus actuaciones especiales para fans, lo mismo… Creo que puede funcionar —Jordan estiró las piernas, bebió un sorbo de café—. Va a ser una pila de trabajo y engranar las cosas muy bien, pero puede funcionar bien…

Miró a Mandy. Ella seguía con su vista fija en la cucharilla con la que removía el café, algo ausente.

—Vas a tener que modificar un poco tu imagen —continuó Jordan al ver que ella no decía nada—. Tejanos, Mandy. Ropa más normal. No quiero tener que estar sacándote vaqueros salvajes de encima…

Los ojos femeninos se llenaron de una mezcla de vanidad y rabia.

—Me los vas a tener que quitar de encima igual. Lo que les gusta no es mi ropa.

Cierto. Como para que no les gustara…

—Tejanos, Mandy —repitió masculino. Hizo una pausa y añadió—. Y un cinco por ciento más.

La mirada de ella se desplazó del pocillo de café a los ojos de él, desafiante.

—Vaya… —se recostó contra el respaldo de su silla y se cruzó de brazos—. Eso es un montón de dinero, ¿sabías?

 

En aquel momento Mark se disponía a entrar en la cocina, pero se detuvo. ¿Cinco por ciento más? Sonrió divertido y se apoyó junto al marco de la puerta a ver qué contestaba Mandy.

 

—Tu proyecto es un montón de trabajo.

Mandy continuó mirándolo, desafiante. Así que no había vuelto con el rabo entre las piernas…

Está bien, sabes lo que vales. Me gustas, chico.

—Por un cinco por ciento más, te voy a querer pegado a mi sombra las veinticuatro horas del día. Todos los días.

—Dieciséis —puntualizó él—. No voy a dormir contigo.

Mandy sonrió. Jordan también; era la primera sonrisa auténtica que veía en aquel rostro hermoso, en tres días.

—Encárgate de que tus chicas lo sepan, ¿vale?

Había dicho “chicas”, pero quería decir “barbi de apellido ilustre”. Jordan leyó entre líneas.

—Ya lo saben —contestó, masculino.

 

Mark se frotó las manos y volvió al salón a compartir las noticias.

 

Mandy asintió y se puso de pie. Jordan la miró mientras se alejaba hacia el salón, con las manos en los bolsillos de los tejanos.

Sus ojos como siempre desde hacía años, la recorrieron. Desde aquella melena rizada que le cubría hombros y espalda, a través de unas curvas de vértigo que no conseguía disimular ni aunque se pusiera un jersey dos tallas más grande como el azul que llevaba… Hasta las deportivas, en sus pies, resultaban sexy.

Es que era sexy. Toda ella. La mujer más sexy del planeta.

Dieciséis horas por día con Mandy. Siete días a la semana.

Dios.

 Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

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Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 2ª parte.

Ésta es la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Ambos corresponden al capítulo 18 de la novela. Si no has tenido ocasión de leerlo, échale un vistazo al post: allí encontrarás también sinopsis y otra información que te ayudará a ponerte en situación :-)

¿De acuerdo? Entonces, empecemos…

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Amigos del almaTan pronto Victoria y compañía desaparecieron de la vista, Gillian liberó su mano.

La próxima vez que quieras marcarte un farol, búscate a otra… ¿vale?

Quería estar enojada, que su voz sonara molesta. Pero era consciente de que ni parecía enojada ni sonaba molesta. Le había gustado que pusiera a distancia a esa mujer. Y también, la idea de que tal vez estuviera pensando quedarse en Camden.

No era un farol —contestó él de lo más natural, y tiró el cucurucho vacío a la papelera.

Gillian se volvió a mirarlo.

¿A no? —paró en seco delante de él—. Le hiciste creer que estabas conmigo y no estás conmigo, Jason.

Él avanzó un paso más, le rodeó el cuello en un abrazo holgado más desafiante que sugerente y la miró desde sus alturas, provocativo.

Sí que estoy contigo. Es lo que quiero. Lo que te pedí hace un siglo. Que sigas pensándotelo no cambia nada.

Gillian sonrió igual de desafiante. —Como no me saques las manos de encima, te voy a patear el culo.

¿Tú solita? —Jason sonreía.

Y no se movía.

Gillian bajó la vista y cuando volvió a mirarlo no había rastro de sonrisas en su cara.

No soy Victoria. El día que quiera que me toques, no me voy a insinuar. Te lo voy a pedir, sin más.

Los ojos de Jason descendieron lentamente a sus labios. Se quedaron ahí unos segundos que a ella le parecieron eternos. Al final regresaron a sus ojos.

Y… ¿eso cuándo va a ser?

No había acabado la frase que a Gillian un escalofrío la hizo estremecer, recordándole lo vulnerable que era. Especialmente, cuando él tomaba la iniciativa así.

Suéltame, Jason.

“Ay, niña, cómo me pones” pensó mientras se apartaba de forma ostensible con una sonrisa radiante que a ella le sentó como un tiro.

No juegues a este juego, Jay. Se nos va a escapar de las manos y hay cosas importantes por medio.

Por supuesto que jugaría a ese juego.

Y todos los que hicieran falta hasta encontrar la manera de que a ella las cosas se le escaparan de las manos. Y por lo pronto iba a llevar el juego un poquito más allá, a ver qué tal lo aguantaba.

Jason echó un vistazo a los demás. A pocos metros de allí, hacían que charlaban pero no se perdían detalle. Necesitaban escabullirse un rato.

Ven, demos un paseo —dijo ofreciéndole su mano que ella, naturalmente, no tomó. La sonrisa de él se hizo más grande cuando se dispuso a iniciar la maniobra de distracción—. Cógela, no hundas mi reputación delante de esos cotillas.

Qué listo era… Ella meneó la cabeza. Lideró el camino sin coger su mano, mirando a otra parte para esconder la sonrisa.

¿Qué? —dijo al rato, espiándolo por el rabillo del ojo—, ¿vamos a tener otra conversación trascendental?

Él la miró feliz. Sonaba tanto a la Gillian de siempre…

No sé, ¿quieres? Hoy no estoy muy trascendenal que digamos.

¡Alabado sea Dios! —replicó ella risueña, en un suspiro.

Él también empezaba a sonar como su amigo del alma.

Al oírla, Jason se detuvo sin darse cuenta.

¡Cómo echaba de menos ésto!

Se apoyó contra una de las columnas de madera que bordeaba el sendero curvo, para disfrutar a gusto ante la mirada sorprendida de ella.

Joder, Gill… ¿Dónde te habías metido?

Ella se encogió de hombros. Era largo y complejo de explicar y además, a estas alturas, importaba poco. En realidad, cada día importaba menos.

Jason se cruzó de brazos. Fue una jugada premeditada. Y ella, aunque lo sabía, siguió cada movimiento con la misma atención que había seguido todo lo relacionado con él durante años.

Pero con un interés distinto, claramente sensual.

Si no aflojas el lazo, se va a romper —dijo él. Gillian clavó los ojos en el suelo cuando el corazón empezó a darle martillazos en las sienes—. Te necesito, Gillian ¿entiendes lo que digo?

Dios, sí. Claro que lo entendía. Ella lo miró con los ojos brillantes.

¿No decías que no estabas trascendental hoy?

En otra jugada premeditada él respiró hondo, hinchando el pecho. Los ojos de ella siguieron el movimiento de esos pectorales increíbles que parecieron duplicar el tamaño cuando él insufló aire en los pulmones.

Eres muy inteligente —dijo, seductor—. Y me conoces bien, así que sabes que te estoy marcando al cuerpo. Y que voy a tumbarte.

Sí, lo sabía pero eso no evitó la descarga brutal que la sacudió al oírlo.

Y los dos sabemos que aunque te lo pienses otros mil años, solamente tienes tres opciones. Aceptarlo y decidir momento y lugar. Quedarte a ver cómo te tumbo y en ese caso, el que decide soy yo. O —procuró que su voz siguiera firme—, pedirme que vuelva a Dallas.

También lo sabía y justamente por esa razón había intentado mantenerlo a distancia con la esperanza de que eso lo enfriara. El efecto, en cambio, había sido al contrario. Lo que confirmaba que para mal o para bien, él iba en serio.

O creía que era así.

Pero eso no cambiaba el clima en su interior: estaba aterrada de dónde les conduciría ese camino. Y seguía necesitando tiempo. Y sí, también echaba de menos a su Jason.

Ella también lo necesitaba.

Gillian suspiró, se ajustó la coleta ante su mirada expectante y lo miró sonriente.

Si sigues entrenando así, vamos a tener que agrandar el hueco de las puertas. ¿En qué pensarás que te inspira tanto?

Él sonrió, todo vanidad.

“Quién sabe”, contestó.

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© Patricia Sutherland

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Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.