Mis inicios en la novela romántica: Helen Fielding tuvo la culpa.

Curioseando webs y blogs dedicados a literatura romántica me sorprendo de la forma y el momento en que llegué al género como lectora. Lo habitual, parece, es empezar en la adolescencia y estrenarse con una de las grandes: Nora Roberts, Karen Robards, Danielle Steel… Yo aterricé en el 2000, lo hice con «Bridget Jones – The Edge of Reason» (la continuación del «Diario de Bridget Jones») y no me enteré que lo que había leído era novela romántica -la que inauguró una nueva subcategoría dentro del género, el Chick Lit- hasta cuatro años después. ¡Vaya performance!

Recuerdo que hojeaba el libro mientras esperaba que cortara el semáforo para cruzar y no podía parar de reír a carcajadas. Me pareció divertídisima, fresca, ágil y, no se, diferente. En ningún momento se me cruzó por la mente que pudiera ser novela romántica.

Si tengo que ser completamente franca, no he vuelto a leer una novela romántica moderna que me gustara tanto como las que Helen Fielding se sacó de la manga. También debo admitir que después de varios planchazos con «recomendaciones» ajenas (de foros, de webs, de amigas), he empezado a leer siguiendo un criterio que tiene algo de método y bastante de pálpito. Como en todos los géneros, en romance hay autoras que hay que leer (aunque luego no te gusten). Así que me las ingenié para fabricarme una lista con las «infaltables» y lo que las caracteriza (según críticos/lectoras), por ejemplo: Judit McNaught/»los mejores besos». Normalmente prefiero leer en versión original, así que a la hora de comprar, entro en Amazon, saco un listado de los títulos publicados de la autora que pretendo leer, y ahí me olvido del método: compro dos o tres por pura intuición -no leo ni los resúmenes-.

De este experimento contínuo, de momento, he sacado en claro que hay autoras que no me gustan nada, aunque les reconozco el inmenso mérito de estar en esa lista. Y también que hay otras con las que conecté desde la primera página, más allá de la novela en cuestión. Por su estilo. Es el caso de Robin Schone. Esta mujer para mí fue todo un descubrimiento. Hay tanta sensualidad, tanto erotismo como elegancia en las escenas que describe. No es que la novela romántica erótica sea una subcategoría que me guste especialmente, la verdad es que no. Como he comentado en otro post, prefiero lo sensual a lo sexual, lo intuido a lo gráfico, pero lo que nunca me habría imaginado allá por el verano del 2000 cuando me carcajeaba en un semáforo por culpa de Helen Fielding, es que otro verano, seis años más tarde estaría en una playita con una novela erótica entre las manos.

¡Y disfrutándola!

Quién sabe, teniendo en cuenta el progreso hasta el momento, igual en otros seis soy yo la que me despacho escribiendo una de romance erótico… :-)

¡Wow!

Plantillas que inspiran cantidad…

Hombres de verdad que inspiran hombres de ficción.

Hace unas semanas comentaba que leyendo blogs de otras escritoras me sorprendía al descubrir cosas en común con personas que no he visto en mi vida. Esta semana, he vuelto a sorprenderme leyendo este post que Portia Da Costa, una escritora de novela romántica erótica publicó como invitada en un blog que sigo habitualmente, Romance By The Blog.

No he leído ningún título de Portia y una búsqueda rápida en internet en español no ha dado resultados, así que posiblemente aún no haya sido traducida a este idioma. Pero en inglés, tiene publicados varios, alguno de los cuales pretendo leer más adelante, cuando mi lista de pendientes de lectura se aclare un poco.

En este caso, la razón de querer leerla es doble. Por un lado, porque como yo, ella también usa hombres reales como plantillas en las que se inspira para construir a los protagonistas masculinos de sus novelas. Plantillas con nombre y apellido en la vida real: Kevin Bacon, Andrea Agassi, James Marsters… ¡Wow! ¡Vaya plantillas! En su post no solo incluye fotos, además los relaciona directamente con cada una de sus novelas. Y esta es justamente la segunda razón por la que quiero leer alguna novela suya. Concretamente, «Gothic Blue», en la que se sirvió del tenista (Andrea Agassi) para construir a su protagonista. Ya sabes, cuestión de preferencias :-)

Quiero leerla porque me interesa comprobar dos cosas. Primero, cómo lo describe. Segundo, si saber que se inspiró en él, le corta las alas a mi imaginación, o al contrario, hace la lectura más divertida.

Verás, las descripciones detalladas (especialmente las físicas) aunque reconozco que son un arte complejo y exquisito, como lectora no suelo disfrutarlas. Salvo algunas excepciones, en general prefiero las pinceladas que estimulan mi imaginación pero no la limitan. Por eso, a la hora de escribir, me aplico el mismo criterio. Lo mío son los esbozos, no las fotografías. Tengo mis plantillas y las uso, pero no voy a desvelarlas, lo siento. ¡No quiero pincharte el globo!

Al protagonista masculino de mi novela «Bombón», lo describo usando una palabra, vikingo. O sea, alto, fuerte, rubio y de ojos claros. Desde Beckham hasta Björn Borg, pasando por tu vecino del cuarto o el amor de tu vida, pueden caber perfectamente en esta descripción. Para mí, esa es precisamente la idea: que tú le pongas cara -y todas las demás partes del cuerpo- a mis chicos de ficción.

Ya te contaré qué me parece Andrea Agassi en el papel del Conde Andre Von Kastel, en «Gothic Blue» :-)

La infidelidad, en la realidad y en la ficción.

Lo que las lectoras de novela romántica no quieren en sus novelas ni las personas, en sus vidas.


Siempre me he considerado bastante flexible en cuanto a la temática de los libros que puedo llegar a leer. El requisito imprescindible tiene que ver más con la técnica del escritor que con el tema que trata: si atrapa mi interés en las primeras dos o tres páginas, me lo quedo, sino, no. El genero que me gusta escribir, sin embargo, es estricto en cuanto a lo que debe abordar y lo que no. Y la infidelidad es un «no», clarísimo.

Justamente de esta cuestión habla este post reciente en Romancing The Blog. Pero no fue precisamente el post, que mantiene la postura del «no» y la argumenta, lo que atrajo mi atención, sino uno de los cincuenta y tantos comentarios que recibió. Mel, en su comentario, dice:
«El amor verdadero trata de perdonar y aceptar a las personas por lo que son, incluidos sus errores. Me sorprende que tanta gente menosprecie las novelas románticas que incluyen la infidelidad hasta el punto de que no leerían el libro. Pienso que algunas de las mejores relaciones que conozco son las que rotas por la infidelidad, lograron reconstruirse a través del amor, el perdón y la comunicación. De esto trata el amor y si un escritor es capaz de escribir tal historia, yo lo soy de leerla. En realidad, puede tener mucho más que un final feliz, puede ser una historia realmente hermosa».

Efectivamente, la postura del «no» gana por goleada, por motivos que con distintas palabras resumen un mismo concepto extensamente arraigado en sociedades de tradición cristiana: el romance es solo de dos personas y solo entre un hombre y una mujer. El perdón también es un valor cristiano, que sin embargo sigue siendo asignatura pendiente para la mayoría de los seres humanos.

Esta encuesta realizada por la MSNBC.com e iVillage el pasado febrero entre 70,288 lectores, corroboró este extremo: más del 70% sostuvieron que la infidelidad no es justificable bajo ninguna circunstancia. El 43% de las mujeres y el 37% de los hombres dejaron a su pareja después de descubrir que le habían sido infieles…

A pesar de lo cual, casi la mitad de los encuestados admitió haber sido infiel alguna vez en su vida, por razones con matices así de diferente entre hombres y mujeres:

El 44% de los hombres buscaba sexo más frecuente y el 40%, sexo más variado.
El 40% de las mujeres buscaba mayor atención emocional y el 33%, sentir que seguían siendo deseables.

El perdón (de una infidelidad o cualquier otro error «grave») es una asignatura pendiente, sin duda, pero ¿hasta el punto de ni siquiera soportar la infidelidad como conflicto de trama en una novela romántica? ¿Qué opinas?

Novela romántica: ¿Por qué nos critican tanto? – I

Si lo que se cuenta es una historia de un hombre y una mujer con todos los ingredientes sabrosos de una buena historia de amor -encuentros, desencuentros, pasión, sexo, etc.-, sin el típico final feliz, es narrativa femenina (o masculina) y todo el mundo contento. ¿Te acuerdas de «El último tango en París»? Cuando se estrenó fue como una fiebre: si no habías visto la película, no estabas en la onda. Y cuando algún tiempo después se editó el libro, fue más de lo mismo.

Con la literatura erótica, salvando las distancias, pasa algo similar: si sales de la librería de turno con, por ejemplo, «Querido amigo» de Angélica Gorodischer(1), una hermosa y curiosa novela erótica ambientada en Oriente, en el siglo XIX, eres una lectora «culta» que lee a escritoras talentosas y galadornadas.

(1)Angélica Gorodischer es una escritora argentina contemporánea, autora de varios títulos premiados en géneros tan diversos como el fantástico, la ciencia ficción, el relato histórico y la novela erótica.

Prueba a elegir un libro que cuente una historia de amor entre un hombre y una mujer, sea erótica o no, y que tenga un final felíz, y entras sin paradas técnicas en la categoría de lectora de novela rosa. O como se las llama ahora con un nombre menos malsonante, novela romántica, a pesar de lo cual, sigue siendo aludida por muchos como el antecedente literario de las telenovelas. Como no veo telenovelas, no sabría decirte si la alusión me parece acertada o no, pero por lo que escucho a mis conocidas comentar, me da que hay una diferencia considerable entre «Pasión de gavilanes» y «Sentido y sensibilidad» (Jane Austen)…

Como en todas las ramas del arte, hay obras que me gustan y otras que no. Honestamente no creo que lo que nos conecta con un libro (o cualquier otra manifestación artística) tenga que ver con tecnicismos y valoraciones de críticos entendidos en la materia. Además, la novela romántica es un género que aborda cuestiones que nos tocan en lo más profundo de nuestro ser: hablan de sentimientos, de sueños, de expectativas. Y cuando te enteras que Nora Roberts acaba de ser incluida por la revista Time entre las 100 personas más influyentes, en una lista que reune a los «100 hombres y mujeres cuyo poder, talento o ejemplo moral están transformando el mundo», empiezas a entender por qué, a pesar de los críticos y los calificativos peyorativos, el género vende como rosquillas: son mucho más que mero entretenimiento. La revista Time dice que Nora consigue que «cada historia que escribe sea fresca y esperanzada» . Casi nada.

Por si este dato es tomado con escepticismo por algún criticón redomado que te de la brasa por leer el género, aquí transcribo (traducidas) unas respuestas que encontré en este blog . Usalas a discreción :-)

Del post «La diez respuestas para la gente que critica la novela romántica».

1. Muérdeme.
2. Acércate y dímelo de nuevo.
3. ¿Qué es lo que más te molesta, el sexo o el romance?
4. No. No me río contigo, me río de ti.
5. ¡Tú, fuera de mi planeta!
6. Procuraré ser más amable si tú procuras ser más listo.
7. Cuando quiera tu opinión, te daré la mía.
8. Eso explica muchas cosas.
9. Besa mi culo pintado al pastel.
10. 55 millones de lectores.

Nota: Las últimas dos respuestas fueron añadidas a la lista original por Angela Booth, una escritora profesional australiana, que leo bastante y que también ha hecho incursiones en novela romántica histórica, aunque su fuerte es escritura corporativa (webs, blogs, escritura freelance). Si te interesa el tema, no dejes de visitar su blog.

Melodías y palabras.

La música no solo amansa fieras, también inspira a escritoras de novela romántica.

Me gusta visitar los blogs y webs de escritoras, me gusta leer sobre sus hábitos y sus cosas favoritas. A menudo descubro que comparto con algunas de ellas más de lo que a priori me parecía y en algunos casos, directamente, me sorprendo. Fue el caso de Marnie Pehrson: todavía no he leído ninguno de sus libros, pero sus posts creo que me los he leído todos.

Todo empezó por uno en particular que publicó en agosto del año pasado y al que llegué de «causalidad», titulado «The Music of My Heart» (La música de mi corazón). Hablando de la importancia que ha tenido la música en su vida, dice que tanto es así que «no es capaz de ponerse a escribir una novela sin antes crear la banda sonora». Los ojos se me quedaron pegados a esa línea porque en mi caso es igual: existe una historia, unos personajes y una música asociada que suena mientras escribo. Pero es que cuando seguí los enlaces de su blog y llegué a la «banda sonora» de una de sus novelas, la sorpresa fue mayúscula: dos de las canciones de su banda, están en una de las mías (Breathe de Faith Hill y Believe de Brooks&Dunn). Y no son precisamente Top40 en el mundo…

Para mí también la música es un ingrediente fundamental en mi vida, y de la misma manera que los sabores o los olores evocan recuerdos, en mí, la música tiene ese efecto: trae a mi mente, con una nitidez increíble, momentos vividos y con ellos, todas las emociones. En mi caso, además de estar presente mientras escribo, es fuente de inspiración: tenía en mente las historias que quería desarrollar en mi serie Sintonías, pero me faltaba la ambientación. Estaba escuchando música, como siempre, y una línea de la canción que sonaba en ese momento, entró en mi cerebro como un láser. No creo en las casualidades y suelo seguir mis pálpitos, así que me puse a buscar información sobre la canción y el cantante sin perder ni un minuto. Y voilà: su biografía me dio lo que necesitaba. Media hora más tarde, tenía la ambientación para mis tres historias: una familia grande y generosa, en la que hijos biológicos conviven con niños de acogida. La canción, bonita por cierto, es Every Time I Hear Your Name y el cantante, Keith Anderson.

Y aunque Keith se parece algo al protagonista de mi tercera novela, como suele ocurrir, la ficción supera la realidad: mi Jason es muchíiiiiisimo más guapo :-)

Escenas de sexo explícito y novela romántica II

Cuando el romance se reduce a un par de escenas íntimas.

En la primera parte de este post comentaba que en la categoría novela romántica se dan demasiadas cosas por hecho. Me refería a la práctica, cada día más habitual, de incluir escenas de sexo explícitas en novelas románticas no eróticas. O lo que yo llamo «penes a go-go»: comprar una novela romántica normal porque pinta bien, echarte en el sofá a leerla y sin previo aviso, por la página sesenta -o antes-, encontrarte leyendo la descripción de una escena erótica que encaja tan poco con el desarrollo de la historia que vuelves a mirar la cubierta para ver si es la misma novela, o alguien te la cambió sin que te dieras cuenta.

Personalmente, me dice más una escena sensual, que una sexual, pero si la historia está bien contada, una escena explícita bien construida puede darle un toque de fantasía que las lectoras de la categoría saben valorar. Mientras esté bien hecha, cuadre en la historia y yo sepa de antemano que voy a encontrar ese tipo de escenas en el libro, me parece bien.

Lo que está pasando de un tiempo a esta parte, es justo lo contrario: las escenas explícitas crecen como champiñones, aparecen sin anunciarse y no suelen estar bien escritas. Surfeando la web reecontré un blog que leía bastante y perdí de vista al cambiar de newsreader. Justamente, en uno de sus posts recientes pone sobre la mesa este tema. Kimber An en Romancing the Blog plantea hasta qué punto la inclusión de «escenas de sexo escritas según la fórmula» (escenas que no fluyen bien con la historia, que están en la novela porque «es lo que se lleva») se debe a la presión de editores y agentes, o a la decisión de la autora de sacrificar lo que de otra forma sería una buena historia para asegurarse la publicación o buenas cifras de venta.

Parece claro que editoriales y agentes sugieren a los autores la inclusión de este tipo de escenas: demasiadas novelas las incluyen hoy en día como para que sea una coincidencia. Pero, como indica Kimber An, puede salirles el tiro por la culata. Su post recibió varios comentarios que como mínimo cuestionan que las lectoras de novela romántica deseen realmente sexo explícito en sus lecturas (¡había quien comentaba que se saltaba las páginas con escenas íntimas!). Si quieres echarle un vistazo al post, lo encuentras aquí.

Como escritora, me gustan los desafíos. Me han sugerido que ir «más allá» en alguna escena de una novela mía en particular, realzaría la historia y lo consideré. Llevaba varios meses leyendo este tipo de escenas y me pareció un buen experimento. ¿Estarán incluidas en la versión final? Si cuando vuelva a leer la novela editada disfruto tanto como disfruté al escribirlas, sí. De otra forma, no. Escribo las historias que me gustaría leer y no me interesa publicar algo que yo no disfrutaría leyendo.

Como lectora, en novela romántica aprecio más lo sugerido que lo explicado. Fantasear está bien, va con la categoría y a nadie le amarga un dulce, pero si le van a cortar las alas a mi imaginación explicándome lo que viene después, más vale que lo hagan bien. Especialmente, estaría bien que no se olvidaran que, como la mayoría de las mujeres adultas de hoy en día, ya se cómo se hace. De las historias de amor, me interesan las historias no las lecciones de anatomía :-)

¿Tú qué opinas? ¿Eres de las que se salta las escenas «eróticas» que no vienen a cuento? ¿O como yo, cortas por lo sano y archivas la novela en la papelera (después de incluir al autor en tu lista negra)? ¿No tienes la impresión de que últimamente se publican demasiadas novelas románticas en las que el amor parece ser lo de menos?

Amantes de la novela romántica, a pesar de las traducciones.

Los que me conocen saben que aunque escribo novela romántica desde la prehistoria de mi vida, a su lectura llegué bastante más tarde y lo hice leyendo a escritoras de habla inglesa en versión original. No fue hasta el año pasado, cuando me propuse publicar, que tuve la (mala) idea de leerlas traducidas al español.

Francamente, lo primero que pensé fue que vaya club de fans más fiel forman las aficionadas a este género, que las compran cada vez más a pesar de las pésimas traducciones disponibles en el mercado.

Hice el experimento de leer las versiones traducidas de algunas de mis novelas favoritas… ¡Qué desilusión! ¡Qué ganas de tirarlas a la basura!

No fue solamente la cuestión de los gazapos y horrores como los que plantean las chicas de Autoras en la Sombra en este post que los había, fue principalmente que «la voz» de la escritora se diluía hasta casi desaparecer por la mala traducción. Era… ¿cómo decirlo? como si el lenguaje que se usó para traducir no se correspondiera con el tiempo o el tono que se usó para escribir la historia.

Cuando lees una novela romántica histórica esperas un cierto refinamiento del lenguaje, no solo en los diálogos. Cuentas con que habrá palabras, más «formales» digamos, que conoces aunque generalmente no usas. Si se trata de una novela contemporánea, la cosa cambia. O debería. En las versiones originales lo hace; en varias traducciones que leí, no. Palabras como «espetó» o «perplejo» coexisten con jerga actual, creando líneas de diálogo de este tipo: «¡¿Cómo me dices eso, joder?!- espetó Martina, perpleja». Es como si lo que está entre guiones lo hubiera escrito alguien de tu quinta, y lo que viene después del guión, una amiga de infancia de tu tatarabuela.

La cuestión de la mala calidad de las traducciones es un tema que afecta a la literatura en general y del que se viene hablando bastante: en los últimos seis meses uno de mis escritores favoritos, Javier Marías, lo trató en su artículo semanal para la revista El País. También leí un par de artículos en Babelia (el suplemento de los sábados del mismo periódico), esta vez enfocados desde el punto de vista de los otros perjudicados de esta historia: los traductores profesionales que ven mermados no solo sus ingresos sino su prestigio -el del gremio-, porque algunas editoriales, por cuestiones económicas, dan las traducciones al mejor postor -en este caso, al que les cobra menos-.

No se tú, pero yo echo muchísimo de menos esas versiones traducidas, con notas de pie de página, en la que el traductor (profesional, claro) daba detalles sobre expresiones, sucesos o palabras usadas en la versión original. Gracias a ellas, el mundo creado por el autor me parecía mucho más cercano.

Jera Romance: nuevo rincón romántico en internet

¿Qué me sedujo de Jera Romance?

Primero la libertad creativa. Que te digan «si pudieras escribir una historia de amor como a ti te gusta ¿cómo sería esa historia?» no pasa todos los días, te lo aseguro.

Aunque es un gran avance que cada vez las editoriales se «atrevan» más con traducciones de autoras extranjeras, incluída la subcategoría erótica, la novela romántica en lengua castellana está en pañales: lo bueno está por venir. Cuando (todos: lectores, autores y editoriales) consigamos sacudirnos la idea de que la novela romántica es literatura de segunda y aparquemos los estereotipos de heroína, héore y tramas ideales según criterios anglosajones, los jugos creativos fluirán sin obstáculos y … ¡vendrán buenos tiempos para las aficionadas al género! Cuidado. Tener libertad creativa no significa jugar sin reglas: además de las cuestiones técnicas, sigue teniendo que haber una (o más) historia de amor como hilo argumental y un final feliz, pero si tomas estos dos elementos, exclusivamente, las posibilidades son infinitas. Eso, es para mí, libertad creativa.

Segundo (pisándole los talones al primero) su requisito estrella «personajes constructivos». Esta época que nos toca vivir no solo es tiempo de globalización, glamour y fama de un día. El interés por la salud compite con la fiebre por parecer más joven (y con las clínicas de cirugía estética); el deseo de ser rico o famoso, con una mayor conciencia del entorno, no solamente a nivel medioambiental, también social; los conceptos tradicionales sobre familia y relaciones, con el matrimonio homosexual que ya está legalizado en tres países del mundo… Las fronteras físicas se diluyen; las mentales, mucho más lentamente y con clara resistencia en algunos casos, empiezan a asumir que el cambio es inevitable.

Pero los cambios no solo son inevitables, forman parte de nuestra naturaleza humana y además, son nuestro gran desafio: con cada uno revisamos nuestro pincipios, examinándolos bajo una luz diferente. Nos obligan a reflexionar, a cuestionarnos, y por supuesto, a poner una pieza más a ese gran proyecto personal de ir dando forma a la clase de persona que deseamos ser.

¿Cómo es el amor entre dos seres humanos «en construcción» en estos tiempos hiper-veloces, de transición, que nos toca vivir? Eso es lo que planteo en mi Serie Sintonías, de la que la primera novela «Bombón» ya está disponible en Jera Romance.

Ya me dirás qué te parece :-)

Escenas de sexo explícito y novela romántica – I

¿Cuestión de preferencias o de sensibilidad?

«Lo que quieren las mujeres: un hombre caballeroso». Así empieza un artículo que Marnie Pehrson publicó en su blog. Ella es una escritora norteamericana, que en entre otras cosas, escribe novela romántica. Refiriéndose a la frecuente inclusión de escenas íntimas explícitas en las novelas actuales de la categoría, reflexiona sobre si lo que queremos las mujeres es leer historias con héroes que, además de amor, dan a sus heroínas pasión subida de tono -ella usó la palabra «smut» (obcenidad)-, o si en cambio, creemos que nos va el erotismo cuando lo que en realidad buscamos y deseamos son héroes caballerosos, capaces de protegernos. Citando sus palabras «…las mujeres quieren ser protegidas y defendidas por un hombre viril que las mantenga a salvo no solo de villanos sino también de sus propios (los de «él») instintos básicos…». Obviamente, su reflexión va más allá de nuestras preferencias en cuanto a lectura. El texto completo de su artículo (en inglés), lo puedes leer aquí.

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Sumergida hasta las cejas en la preparación del material promocional de mi novela «Bombón», que justamente tiene como protagonista una mujer que a todas luces necesita de su héroe este tipo de erotismo, me dio que pensar.
Lo primero que me vino a la mente fue que el «héroe» que una mujer puede disfrutar a través de una novela, no necesariamente tiene que coincidir con el tipo de hombre que quisiera como «héroe» en su vida: son nuestros ojos los que leen pero las vivencias son ajenas. Solamente las apropiamos temporalmente, pero sabemos que no son realmente nuestras. Personalmente, he disfrutado tanto de historias románticas clásicas como de otras eróticas… pero no me quedaría con ninguno de sus protagonistas.

Lo segundo que pensé fue que aunque cada mujer tiene su propio concepto de héroe, sí creo que en general, coincidimos en querer en nuestro compañero ideal, fortaleza de carácter, y que nos proporcione una cierta sensación de seguridad. De hecho, las tres protagonistas de mi serie Sintonías, aunque son bien distintas entre sí, ésto lo tienen en común.

Pero más importante que todo, pienso que la novela romántica toca cuerdas muy sensibles de sus lectoras: entra en temas delicados, de naturaleza personal e incide directamente en cuestiones de tipo moral y religioso. Sin embargo, a excepción del romance erótico que lo advierte claramente desde la portada, los demás subgéneros del romance deparan sorpresas a la lectora inadvertida: con eso de que el sexo vende…

Y no debería ser así. No se si estarás de acuerdo conmigo en esto, pero opino que en novela romántica se dan por hecho demasiadas cosas. Yo, que he leído a Robin Schone (erótica) sin despeinarme -y que por cierto, disfruté muchísimo de su estilo-, me descubrí frunciendo el ceño con algunas otras novelas y preguntándome «¿Qué hace esta escena aquí?».
Los conceptos de amor, pareja ideal y relación de cada mujer son únicos y van mucho más allá de una simple cuestión de preferencias: se enraizan en sus valores y también en sus sueños. Advertirle claramente qué va a encontrar en un texto y en qué grado, me parece mucho más importante que debatir sobre la necesidad o conveniencia de que en una novela (o película/obra de arte, etc.) haya sexo premarital, escenas subidas de tono o, directamente, sexo explícito.

Así describen en Jera Romance el grado de sensualidad de «Bombón», la primera novela de mi serie. Breve y claro. Sin sorpresas desagradables, como debe ser :-)