En abril, lluvias mil, otra privamera y… ¡Princesa!

Quedan tres semanas para mi día D.

 

Lo único que no cambia es el cambio. La vida es movimiento, de lo contrario, estaríamos muertos. Sin embargo, nos cuesta afrontar novedades, salir del confort. Hasta que llega el caos en forma de crisis existenciales.

 

Así empieza un artículo que Xavier Guix publicó en el número 1773 de El País Semanal, en septiembre de 2010. Lo re-descubrí mientras hacía «limpieza» en mis archivos, y me pareció tan a tono, no sólo con lo que creo, sino con lo que significa Princesa para mí, que al instante dejé lo que estaba haciendo y me puse a escribir este post.

Quédate tranquila, no he tenido ninguna crisis existencial, todo lo contrario. Princesa ha traído de la mano descubrimientos tan valiosos sobre lo que quiero y cómo lo quiero (me refiero, claro, al mundo editorial), que aunque escriba otras cien novelas más, ésta siempre será especial para mí.

Profesionalmente, mi vida nunca tuvo nada que ver con la literatura. Lo mío era gestionar, poner en marcha proyectos, ejecutar… Acción pura, en la realidad no en la ficción. Vengo del competitivo mundo de las multinacionales, con sus agendas trepidantes, sus estándares de servicio, sus sistemas que lo miden todo en minutos y segundos porque cada instante cuenta…

Y cuando decido publicar, entro en un mundo nuevo, totalmente desconocido para mí… Un mundo en el que, a modo de aperitivo, lo primero que aprendes es que el tiempo no tiene la menor importancia. Así que entras, asumes que vas de novata, abres las orejas y pones toda tu atención. Te estudias el librillo (de normas), procuras jugar según ellas. Esperas. Te buscas una agente literaria, tienes un montón de suerte y la encuentras. Sigues aplicándote el librillo. Sigues esperando…

Y un buen día te despiertas con una pregunta: «Oye, pero ¿tú no eres una persona de acción?». Y te quedas pasmada al darte cuenta de que, efectivamente, lo eres… Lo eras.

Lo soy :)

Princesa es mi retorno a la aventura, a la sorpresa, a probar cosas nuevas y ver qué tal resultan, a hacer las cosas según mi libreto, con mis tiempos y mis fórmulas… Princesa es mi regreso a la acción, en el más amplio sentido de la palabra. ¡Movimiento del bueno, para sacudirme la modorra y hacer que corra la adrenalina!

Quedan tres semanas y aún me guardo sorpresas en la manga que ya te iré contando. He ascendido un cielo desde mi último post sobre el tema; ahora estoy en el Octavo y sigo más feliz que una perdiz… Estreno traje nuevo y banner de cabecera en el blog, y he pensado que estaría bien recuperar otro de aquella serie de extractos de Princesa que publiqué hace varios meses, cuando aún no sabía cuántos momentos inolvidables me proporcionaría esta novela.

Con el te dejo, entonces, hasta mi próxima entrada. ¡Que lo disfrutes!

Princesa, Extracto 2

 

Sobre el séptimo cielo, gusanillos románticos y encuentros muy esperados.

El lunes pasado, 7 de febrero, acabó oficialmente el preestreno de Princesa y no tengo ningún problema en reconocer que sigo mirando el mundo desde el Séptimo Cielo. Es más, estoy convencida de que necesitaré unos cuantos días más para volver a poner los pies sobre la tierra como cualquier humano normal :)

Ha sido una experiencia tan a-lu-ci-nan-te… que, problemas técnicos aparte -que Blogger nos ha dado y más de lo que a priori preveíamos-, la repetiremos. Sin duda.

La recepción de Princesa por parte de las lectoras invitadas ha sido tan… espectacular que cada día que visitaba el panel de control para ver qué comentarios había esperando aprobación, indefectiblemente, me llevaba una sorpresa. Tendrás ocasión de verlos muy pronto cuando el minisitio esté enlazado a Jera Romance, y se abra el acceso.

Sin embargo, no todas las personas que navegan por internet gustan de participar activamente dejando su opinión en blogs o foros, y aunque había lectoras que sabíamos que nos seguían capítulo a capítulo -a través de los analizadores de tráfico especiales que añadimos al minisitio, y con los que también cuenta este blog-, no hemos conocido realmente su opinión hasta hace unos días, cuando completaron una encuesta sobre la novela… y ¡MENUDA SORPRESA! Todavía estoy en shock… Así que, sólo diré, a modo de anécdota, que hubo una lectora que a la pregunta «De 0 a 10 ¿cómo calificarías esta novela?, ¡respondió 11!

¡Madre mía, casi me caigo de la silla al verlo! :)

Con tanta emoción, no me acordé de que se acerca a pasos agigantados una fecha muy especial, San Valentín. Por suerte, mis compañeras de Jera Romance no se olvidan de alimentar el gusanillo romántico y lo han tenido bien presente: acaban de anunciar que… ¡vuelven las promociones especiales de Jera Romance! Encontrarás toda la información  en este enlace.

Pero, a pesar, de mi estado extático, cuento las horas que quedan para un encuentro que, estoy segura, no sólo yo espero con ansiedad:  el I Encuentro RA. ¡Ya casi estamos allí, a muy poquito de volver a abrazar a viejas amigas y conocer a otras nuevas! ¡Qué ganas!

Y hasta aquí mi entrada de hoy. Que tengas un fantástico San Valentín.

Ah, y si alguna de las encuestas sobre Princesa lleva tu firma, que sepas que eres responsable de mi ascenso al Séptimo Cielo. Conocer tu opinión sobre mi trabajo ha sido una GRAN emoción y una GRAN alegría. GRACIAS, desde el fondo de mi corazón.

Este maravilloso oficio de escribir… novela romántica

Acabé el 2010 repartiéndome entre dos actividades que adoro: pasar tiempo con la gente que quiero, y leer. Y empecé el 2011 haciendo algo que me vuelve loca: bailar hasta el amanecer (para más, en un sitio fantástico)… y ahora me siento feliz de retomar mi pasión «number one»: escribir.

Empiezan a apilarse los recortes a utilizar de base para nuevos textos, los enlaces de recursos online que explorar y compartir, los (posibles) argumentos de futuras novelas… y recupero esa sensación cómoda, tan familiar, que me indica que este es mi mundo. Vuelvo a ser Patricia, la escritora, y como me sucede desde hace años, ¡es una experiencia fenomenal!

A ésto se ha sumado el informe de «performance» de este blog durante el año pasado que he recibido de WordPress y que compartiré contigo más tarde. Aunque no dice nada que no supiera ya, me ha servido para detenerme, pensar en ello ¡y alegrarme! ¿No te sucede, a veces, que estás tan concentrada en lo que queda por hacer que pasas por alto disfrutar de lo que ya está hecho, de lo que has conseguido? Seguro que sí; es algo muy nuestro (de las chicas). 

Este principio de año, además, me está ofreciendo descubrimientos nuevos que han venido de la mano de aquella «idea loca» que tuve hace unos años y por fin pude poner en práctica el día de Navidad de 2010: hacer un «preestreno» de mi nueva novela, Princesa. Considero un privilegio que me leas -lo he dicho en más de una ocasión-, y recibo con sorpresa y agradecimiento los comentarios y correos de los visitantes. Pero lo que está sucediendo en el «pase privado» de Princesa es una novedad para mí, y me tiene completamente maravillada. De verdad que no salgo de mi asombro al comprobar qué agradecidas sois las lectoras del género, cómo os implicáis en lo que leéis y lo expresáis en vuestros comentarios. Cómo celebráis, y os afligís con los «quiebros» de las tramas, y os adueñáis de los personajes, haciendo que cobren vida más allá del papel… Pensar que yo quería haceros un regalo bien especial por Navidad ¡y resulta que el regalo me lo habéis hecho a mí! Estoy alucinando :)

Por eso este Domingo, cuando leía en la revista dominical de El País, el artículo  «Por qué escribo» de Jesús Ruiz Mantilla, no tuve ningún problema en elegir la respuesta con la que me identifico. Es de David Safier y dice así:

¿Se acuerda de cuando era niño y jugaba? ¿Inventando historias disparatadas con figuritas de indios, vaqueros o pitufos? ¿O simplemente imaginando en la bañera que era el capitán de un barco pirata que buscaba un tesoro en medio de la tormenta? ¿Se acuerda de cómo se sentía cuando jugaba con otros niños en la calle y vivían increíbles aventuras haciendo de exploradores, cazadores o agentes secretos, luchando contra dinosaurios, monstruos o supermalos que querían destruir la tierra con rayos mortales? Pues bien, todo eso es lo que yo hago todavía. Jugar con la imaginación. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera. O me vuelva loco. Es lo que me gusta. Y por eso escribo. ¡Hay alguna otra cosa mejor!

Yo añadiría: «¡Hay alguna otra cosa mejor [que escribir romántica]!» :)

Novela romantica : el futuro digital del género – IV, y una anécdota.

El pasado domingo 19 de diciembre, El País publicó un artículo dedicado a la novela romántica en formato digital, que me gustó leer porque corrobora lo que muchas aficionadas al género y a los libros digitales creíamos, a pesar de todas las reticencias que el sector editorial mostraba hasta hace muy poco.

La novela romántica en formato digital crece saludablemente, y eso que los precios en España no son precisamente «de oferta». Como apunta Eva, de Autoras en la sombra, pedir 16€ (o más) por la versión digital de una novela que impresa cuesta 18€ no es un ahorro significativo. Mucho menos, si no estás acostumbrada a leer en un ebook. Pero sin duda, la posibilidad de acceder inmediatamente a la novela que estás buscando, favorece la decisión de hacer clic en el botón «comprar». En mi caso, sin duda, así es.

Con montones de títulos disponibles en versión digital a través de Amazon.com, Libranda, Todoebook, y más recientemente,  Nookbook de Barnes& Nobles (¡todo el catálogo de Vestales está allí!) las lectoras y escritoras del género estamos de parabienes. Si sumamos la oferta de las autoras digitales independientes… ¡tenemos todo un universo romántico para llevar en el reader! Un universo que podría crecer exponencialmente si, como dice Irene Muzas Calpe, la editora de Versátil, las versiones digitales empezaran a explotar las posibilidades del ebook y añadieran color, sonido e imágenes a las historias ¿te lo imaginas? Sería fantástico. Bueno, pensándolo bien, sería mucho más que eso: dotaría a la versión electrónica de una obra de una cualidad única, no aplicable a su versión impresa. El libro convencional tiene el tacto y el aroma del papel; el digital tendría todos los añadidos multimedia disponibles ahora, y en el futuro. ¡Qué maravilla!

Aquí te dejo el enlace a la versión online del artículo «El ‘ebook’ se pone rosa», de Carmen Mañana.

¿Y qué hay de la «anécdota» a que me refiero en el título de esta entrada?

Te cuento.

Cuando leí el artículo (la versión impresa en el El País del domingo) no reparé en el gráfico que utilizaron para ilustrarlo. Me quedé con la hoja del periódico, que pensaba usar de referencia para escribir esta entrada. Fue cuando me puse a escribirla, un par de días más tarde, que presté atención al gráfico: un reader color rosa que muestra un texto en la pantalla. A medida que lo iba leyendo, pensaba en lo familiar que me resultaba… Hasta que, de pronto, caí en la cuenta… «¡Coñe, ésto es mío!»

Es la adaptación de un fragmento  (apenas han cambiado los nombres propios y unas palabras) de este extracto (lo he marcado en amarillo), que corresponde a un capítulo de la segunda de mi Serie Sintonías, Primer amor.

El gráfico también aparece en la versión digital del artículo, sobre la columna derecha, e incluye un botón que te permite ampliarlo para poder leerlo mejor.

¡Qué impresión descubrirme allí!
¿Contará para decir que he salido en «El País»? :)

Para leer las entradas anteriores de esta serie, pulsa los enlaces:

https://patricia-sutherland.com/2010/04/14/novela-romantica-el-futuro-digital-del-genero-iii-2/

https://patricia-sutherland.com/2008/08/27/novela-romantica-el-futuro-digital-del-genero-ii/

https://patricia-sutherland.com/2008/04/02/novela-romantica-el-futuro-digital-del-genero/

Ha vuelto el frío… ¡ideal para acurrucarse en el sofá con un buen extracto romántico!

Me han pedido que «no fuera mala» (lo siento, Bri ;), de modo que hasta después del preestreno no publicaré más nada sobre Princesa. Pero yo sigo con el gusanillo romántico, así que he pensado ofrecerte un avance de la novela en la que estoy trabajando.

No se trata de un proyecto nuevo, lleva en mi baúl de los recuerdos varios años, pero la he recuperado. Y fíjate, a pesar de los años transcurridos desde que la escribí, me ha vuelto a cautivar. Vendrá en primavera, también con una sorpresa bajo el brazo, de la que te diré más a partir de marzo o abril. Ahora te comento que se trata de una novela de las que a mí me gustan (como lectora, no sólo como escritora): tres historias de amor que se enlazan, mucho romance, y más sensualidad que sexualidad… Después de Princesa y la bruma londinense, he regresado a mis orígenes románticos con una novela que se desarrolla en Tennessee, en el seno de una numerosa familia de rancheros, y en torno a un suceso deseado y muy esperado por todos: la próxima paternidad del hijo mayor de la familia.

Lo que te traigo hoy es material fresquito -«recién reformado»- de una novela que todavía tiene título provisional: Mystic Oaks (el título original no me ha cautivado :-) y voy a cambiarlo, pero aún no he tomado una decisión al respecto). Se trata de una escena entre Tim Bryan y Samantha «Sam» Keats, la pareja protagonista de una de las tres historias románticas de esta novela. Los dos tienen un pasado de encuentros y desencuentros con el amor, ella incluso ha compartido casa con uno de sus desencuentros. Tim es el mediano de tres hermanos, tiene 30 años, y aunque es veterinario, trabaja en el rancho familiar. Sam es una urbanita acérrima, tres años menor que él. Empezó en el mundo de la publicidad para pagarse la carrera, y le fue tan bien que desde entonces tiene que hacer milagros con el tiempo para poder acabarla. Es muy amiga de Chris, la cuñada de Tim. Durante tres años, sólo coinciden en cumpleaños y demás celebraciones de los Bryan a las que Sam acude como invitada. No parece haber química entre ellos. Se conocen, y eso es todo. Pero, ya sabes, un día sucede algo… Él la mira, ella sonríe, los dos apartan la vista… y ¡voilá! ¿Fácil, eh?

De eso, ni hablar.

Te prometo que en este caso, no será nada fácil ;-)

Bueno, basta de cháchara. Aquí te dejo con una mis nuevas parejitas. Espero que te guste ;-)

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Sam ya se sentía nerviosa al ponerse en marcha hacia Mystic Oaks, el rancho de los Bryan. Había quedado a tomar el te con Chris, y ayudarle a elegir ropa de cama del último catálogo de Liz Claiborne. Ahora que acababan de abrirle la verja electrónica y tenía delante el camino que llevaba a la casa, no estaba tan segura de querer entrar.

Hacía más de una semana que le había dado su teléfono a Tim y él no la había llamado. En un principio había intentado no darle importancia al tema. Tal vez estuviera muy ocupado. Tal vez ni siquiera hubiera salido del rancho con tanto trabajo. Tal vez…

Pero si Tom, el hombre más ocupado del planeta en relación a ella, había encontrado tiempo para llamarla e invitarla a tomar algo… Había aceptado más por rabia que por interés, pero debía admitir que lo habían pasado bien. Chris tenía razón en eso: Tom, de buen rollo, era un tipo súper divertido y agradable.

La cuestión era que por alguna extraña razón, el mediano de los Bryan tenía su tarjeta, tenía su permiso para invitarla. Y no lo hacía. Por más que le daba vueltas al asunto, no acababa de entender lo que sucedía. ¿Tendría idea ese rubito de espalda portentosa y culo bestial lo cotizado que estaba su número de teléfono?

Por lo visto, no.

Y desde luego, ni estaba acostumbrada ni toleraría aquel flagrante “no sabe, no contesta”. Se plantaría delante del “rubito” y se lo preguntaría directamente. A ver qué tal aguantaba el envite.

Pero cuando llegó el momento, las cosas no salieron como Sam esperaba.

Había subido el camino levantando una nube de polvo y al doblar en dirección a la casa, lo vio entre un grupo de hombres sudorosos, levantando una cerca.

Pantalones vaqueros, camiseta negra sin mangas –pese al frío que pelaba-, botas rancheras. Y sombrero negro.

Diosss, pensó, y luego esperarían que una señorita no perdiera la compostura ante semejante ejemplar de macho humano.

Tim tensaba la alambrada cuando la vio aparecer en su deportivo negro y Jim [su hermano, y el menor de los Bryan] por poco le arranca la mano de un tirón con el espino artificial que debió haber estado controlando, en vez de mirar lo que no debía…

Él soltó la alambrada que de tan tensa se llevó uno de sus guantes de trabajo. —¡Mierda!

Jim corrió hacia su hermano. — ¡¿Qué coño hacías, tío?! A ver, déjame ver la mano…

En un segundo, toda la cuadrilla rodeaba al accidentado.

Rápidamente, Sam detuvo el coche y se apeó. Se acercó a Tim, que inspeccionaba la herida al tiempo que refunfuñaba en voz baja.

—Sube, ven. Vamos a curarte esa herida— dijo, abriendo la puerta del acompañante.

Él le restó importancia con un gesto.

—Estoy bien…No es nada…

La voz de su hermano menor sonó a orden.

—Ve a curarte esa mano, tío. Haz el favor.

“Que no es nada”. “Que te largues”. “Que ya vale: no es nada”.

El intercambio duró unos cuantos segundos, hasta que Sam volvió a intervenir.

—¡Caballeros, un momento por favor! —voceó. Los hombres callaron y se volvieron hacia ella, que sonrió y continuó—. Gracias —miró a Tim—. Si no vienes conmigo a curarte esa herida, será lo primero que le diga a Chris. Ella correrá a decírselo a tu madre, que irá a buscar a tu padre…

Tim no la dejó acabar la frase. Exhaló un bufido, se echó el sombrero hacia atrás, rabioso, y subió al vehículo con las carcajadas y las bromas de la cuadrilla a modo de música de fondo.

Sam se sentó al volante y pronto se pusieron en marcha.

—¿Te duele? —quiso saber, mirándole la mano con ojos aprensivos.

Los de Tim, en cambio, tuvieron que esforzarse por no regocijarse abiertamente en ella. Llevaba el cabello sujeto en una coleta alta, unos vaqueros y una cazadora negra con forro de corderito, debajo de la cual se adivinaba un jersey violeta. Era hermosa, así, tal cual. Sin maquillaje, ni zapatos de tacón, ni nada de nada. Ella era preciosa, y él, un perturbado mental, que no podía dejar de mirarla.

—No —replicó.

Breve y conciso, pensó ella. Evidentemente, no estaba en plan comunicativo.

—¡Qué mala suerte! Esos alambres me dan grima… Un vez, de niña, jugando con mi hermano, uno muy viejo, no aguantó la tensión —claro, estábamos haciendo el indio encima de él— y cedió… Me hizo una brecha de seis puntos en la pierna…Todavía hoy me duele cuando lo recuerdo.— De pequeña, había sido un marimacho. La mayor parte de sus cicatrices databan de aquellas épocas.

Tim la miró de reojo.

—¿Y que hacía una nena jugando entre alambres de espino?

—¿Nena? ¡No, qué va! Mi feminidad tardó años en dejarse ver… Hasta los doce fui un terremoto. Los árboles y las alambradas me volvían loca… Los árboles me siguen tentando muchísimo, te digo… Esa higuera que tenéis detrás de la casa no ha dejado de llamarme desde que nos vimos por primera vez…

Tim no pudo evitar sonreír. Desde luego no se imaginaba a aquella mujer trepando a ningún árbol.

Sam aparcó delante del primer garaje y ambos entraron en la casa.

—¡Hola, niña! —– le dio la bienvennida Chris, pero al acercarse y ver a Tim, su expresión cambió completamente— ¡Dios! ¡¿Qué te ha pasado en la mano?! ¡Julia, ven! —exclamó mientras intentaba quitarle el pañuelo que envolvía la herida.

Tim no hizo el menor ademán de detenerse, y continuó andando hacia el baño mientras quitaba hierro al tema, asegurándoles que no era más que un corte.

Pero no lo consiguió del todo. En un minuto, se encontró rodeado por las tres mujeres, ninguna de las cuales le llegaba ni siquiera a la altura del hombro, que se arremolinaban y lo estaban volviendo loco con sus lamentos y sus preguntas.

—¡A ver! — la voz de Tim sonó lo bastante enojada como para hacerlas callar y, entonces hizo una pausa, y suavizó el tono— ¿Queréis salir del baño y dejarme tranquilo, por favor? Sólo es un corte. Puedo curarlo yo solito ¿vale? Fuera todo el mundo…

Julia, su madre, obedeció a regañadientes y se fue a preparar el té. Chris también obedeció y regresó al salón suponiendo que su amiga venía detrás.

Sam se quedó exactamente donde estaba.

—Trae…—pidió, al tiempo que cogía su mano lastimada y retiraba con cuidado el pañuelo que él había puesto a modo de vendaje.

Tim la miraba. Con aquella mujer, alucinaba. Cuanto más la conocía, más lejana le parecía del bombón en lencería súper sexy, que echado de costado sobre una elegante mesa puesta para una cena de gala, le daba la bienvenida a los recién llegados a Nashville, desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, decorando vallas publicitarias situadas a lo largo de cincuenta kilómetros.

Y más le gustaba.

Y eso empezaba a ser un problema.

Ella procedía como si no se diera cuenta de su mirada.

Con naturalidad abrió el grifo, cogió el cepillo de uñas que había junto al jabón y puso la mano lastimada bajo el chorro de agua…

—Aguanta un poco…—le dijo mientras limpiaba la herida con el cepillo— ¿Hay alcohol por aquí?

Tim se estiró hasta el botiquín y le alcanzó lo que pedía.

—Va a quemar, lo siento —advirtió, poniendo cara de dolor mientras echaba el líquido y lo dejaba correr sobre la lastimadura.

No era de cemento armado, y claro que le quemaba, pero, la verdad, estaba más concentrado en ella que en lo que sucedía en su mano. Estaba…

Hecho un imbécil.

Porque solamente un imbécil podía meterse en semejante brete.

Había algo entre ella y Tom [el manager artístico del hermano mayor de Tim]. Él no pintaba nada jugando de convidado de piedra, y ya podía parecerle la mujer más preciosa del mundo, seguía sin pintar nada en aquel asunto.

—Sabes curar heridas —dijo, por decir algo, y ahuyentar al “imbécil”.

—Claro. Ya te dije que de niña era terrible… —miró de cerca el desgarro que era más aparatoso que profundo—. Yo la dejaría al aire…

Tim volvió a estirarse y cogió venda y esparadrapo.

—Ya, pero yo necesito volver a ponerme los guantes.

Sam le quitó las cosas de la mano, con suavidad, y empezó a vendar la herida.

—Sí, se me olvidaba…¿Tienes mucho trabajo, no?

Él miró a otra parte con un sonrisa resignada. La veía venir.

—Por eso no me llamas —añadió.

Sam hablaba sin mirarlo, aparentemente concentrada en lo que hacía. Tim meneó la cabeza. No la había llamado pensando que ella entendería el mensaje, pero por lo visto, aunque lo había entendido, no se contentaba con eso.

Se inclinó hacia Sam, y buscó su mirada.

—No te llamé por tres razones. Uno. Estoy trabajando catorce horas al día y seguirá igual las próximas diez semanas. Dos. Hay algo entre Tom y tú. Tres. Soy un tipo muy, muy, muy serio y tú, alguien que esta familia quiere y respeta un montón. Yo no hago esa clase de cosas. ¿Te queda claro? Porque, verás, no quiero volver a hablar de ésto.

Sam sintió que se le subían todos los colores. ¡Vaya manera de pararle los pies! ¿Pero quién se creía que era?

—Eso es una soberana estupidez —replicó, imitándolo—. Por tres razones. Uno. Para llamarme, no necesitas más de treinta segundos. Ya sabes… “Hola, Sam, ¿qué tal va todo? ¿Por qué no te vienes a comer a casa el sábado?”. Dos. No tengo nada con Tom. Tres. ¿A qué jodida clase de cosas te refieres? Nos conocemos desde hace tres años. Ya me he dado cuenta de que eres un tipo muy, muy, muy serio. ¿Te has dado cuenta tú de que yo también lo soy? ¿O sigues viendo a la chica de las vallas publicitarias cada vez que me miras? Aclárate, guapo. Llámame o no me llames, pero por favor, no me vengas con chorradas.

Sam pasó por su lado y salió del baño echando humo por la cabeza. Pero a Tim le quedaba algo por decir…

—Te invitó al Bar Twenty3 [el local de moda, donde su presencia no pasaría desaparcebida]. Y dijiste que sí. ¿Por qué?

Ella se volvió, enojada.

—¿Por qué me invitó o por qué acepté? ¿Y cómo sabes tú eso?

—Te llamó delante de mí. Así es Tom cuando le tocan las narices. Quería que me enterara de qué iba la cosa. Y claro, no me quedó más remedio que hacerlo.

—Ajjj… Los tíos sois unos capullos impresentables… —soltó el aire en un bufido, y lo miró con los ojos brillantes de rabia—. Me invitó porque le voy, como a todos los tíos. Acepté porque él me lo pidió y tú no. Y hasta que llegue el día en que tú me lo pidas, seguiré haciendo lo que me de la gana con quien me de la gana. Y si no te gusta, lo lamento. ¿Te queda claro? Porque, verás, no quiero volver a hablar de ésto.

Dicho lo cual, Sam se dio la vuelta y desapareció de su vista.

Entró al salón, donde Chris la esperaba con el té a punto, y se puso su mejor sonrisa. Sabía que ella había oído la conversación. Lo vió en su mirada, pero se sentía demasiado enojada para hablar del tema. Y además, no había de qué hablar. Tim pasaba de Sam y ella pasaba de Tom. Así que, no había nada que contar.

Mientras Chris miraba el catálogo y le explicaba lo que quería para su recién decorado dormitorio, Sam vio por la ventana cómo Tim se alejaba de la casa por el camino de tierra que llevaba a la zona de trabajo. Sin volverse ni una vez. Sin hacer el menor intento de despedirse.

Para ella, la situación empeoraba por segundos. Antes de la conversación que habían mantenido en el baño, Sam era bastante capaz de mirarlo y comportarse normalmente. Ahora, sólo con ver su figura varonil desandando aquel sendero de tierra, tan imponente, tan indiferente, se le disparaba el corazón.

Y como dos horas más tarde seguía igual de enfadada y de interesada, comprendió que no estaba en condiciones de aceptar la invitación de Chris. No soportaría tenerlo cenando en frente, como si no hubiera sucedido nada. Así que sobre las seis anunció que se marchaba.

Los hombres seguían trabajando en la misma zona, sólo que ahora había anochecido y se alumbraban con focos alimentados por un generador. Tim estaba trabajando bajo la luz de uno de ellos, por lo que Sam pudo ver con claridad cómo él levantaba la cabeza de lo que hacía al oír un coche acercarse y la miraba.

Sam decidió, en fracción de un segundo, que lo suyo era saludarlo. Aunque fuera con un gesto, y lo hizo; sin sacar la mano del volante, intentó sonreír y lo saludó.

Él se enderezó, se quitó los guantes y cruzó el camino. Sam detuvo el coche y bajó el cristal. Esperó con el corazón latiéndole en las sienes… Tim se puso de cuclillas junto a la puerta, apoyando los brazos sobre el borde de la ventanilla.

—Se me dan mejor los animales que las mujeres, así que es posible que lo que voy a decirte no sea… — hizo una pausa y respiró hondo— lo que esperas oír, pero es lo que siento, ¿vale?

Sam mantuvo la mirada. ¿Cómo no hacerlo? Esos ojos azules eran dos poderosísimos imanes.

—Me gusta mirarte —empezó a decir él—. Y me gusta lo que siento cuando tú me miras. Me gusta lo que eres debajo de ese traje de mujer diez que llevas como si fuera una segunda piel… Pero no nos hemos conocido en un bar. Nos conocimos aquí, en la casa de mi familia. Es el sitio más sagrado del mundo para mí, así que…

Tim volvió a respirar hondo.

—Solamente podría haber más que lo que hay ahora, si… me enamorara de ti. Y no es el caso.

Sam sintió que se estremecía. Íntegramente. De la cabeza a los pies.

Jamás en la vida le habían dicho algo tan inesperado y tan frustrante, y aún así, hacérselo sentir como una caricia sensual.

—Y hasta que sea el caso —continuó él—, si alguna vez lo es, no voy a mover ficha, Sam. Espero que aceptes esto y lo respetes porque no voy a andarme con tonterías. ¿Vale?

Sam asintió con la cabeza. Encendió un cigarrillo intentando recuperarse y pensar. Había oído, sí, pero aún no lo había encajado.

—Me has dejado… grogui —admitió al rato, con una sonrisa—. No está mal para alguien a quien se le dan mejor los animales…

—Ya.

Sam suspiró. A continuación, se ajustó la coleta en un gesto de nerviosismo disfrazado de coquetería.

Él esbozó una sonrisa leve, y bajó la mirada.

—Está bien —convino Sam. Su voz mostró un punto de humor—, lo encajaré. No te preocupes… No te pondré contra las cuerdas… Eres el primer tío que se planta delante de mí a explicarme “por qué no”, y te aseguro que tiene su morbo… —ambos sonrieron—. Seré una buena chica, tranquilo. Y ahora, me tengo que ir…

Tim se puso de pie sin dejar de mirarla.

—Vale. Vuelve cuando quieras. Aquí siempre eres bien recibida.

Sam le guiñó un ojo y cerró el cristal. Tenía que largarse de allí cuanto antes.

Al salir del rancho y mientras veía por el retrovisor cómo la verja electrónica se cerraba, Sam tomó conciencia de la inesperada angustia que le oprimía la garganta, que la obligó a tragar una y otra vez hasta que consiguió dominarla.

Se había enamorado de Tim.

Menudo descubrimiento…

Ahora sólo le faltaba descubrir qué hacer con ese flamante sentimiento, ya que como él le había dejado perfectamente claro, no era correspondido.

© Patricia Sutherland

Princesa, un recordatorio y un bocadito para el gusanillo romántico

A poco más de dos semanas para que comience el «pase privado» de Princesa, creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que estoy de los nervios :)

Hace casi un año que publiqué los primeros extractos de esta novela romántica, y entonces, claro, no podía imaginar que pasarían tantos meses antes de que pudiera ver la luz. Como seguro imaginarás, se me ha hecho interminable. Pero bien está lo que bien acaba, y en este caso la alegría vale el doble porque a la satisfacción de plasmar en papel una historia que sólo vivía en mi mente, se suma la forma en que Princesa se dejará ver, de principio a fin, solamente ante treinta lectoras, como tú, a modo de regalo de Navidad. ¡Cómo disfruto con las sorpresas! Cada vez que lo pienso, mi sonrisa va de oreja a oreja…

Pero, como decía al principio, todavía quedan unos días para que  Jera Romance publique los dos primeros capítulos abiertos a lectura -y por tanto, para que yo pueda enlazarlos desde aquí-, así que hoy te traigo un recordatorio y un bocadito de Princesa para contentar al gusanillo romántico, ¿vale?

Primero, el recordatorio.

El enlace de inscripción para el «preestreno» de Princesa aparecerá en el próximo número del boletín de Jera Romance que sale el próximo sábado (11 de diciembre). ¡Todavía estás a tiempo de participar! Si no estás suscripta al boletín, puedes hacerlo aquí.

Y ahora, el bocadito :)

¡Que lo disfrutes!

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«…Londres le gustaba. Especialmente, tras un buen aguacero como el que había despertado aquella mañana, que la había obligado a posponer su sesión diaria de footing hasta bien entrada la mañana. Aquellos chaparrones limpiaban la atmósfera habitualmente cargada de la ciudad y llenaban el aire de aquel aroma tan refrescante… que casi se olvidaba del otro inconveniente inevitable… La ráfaga húmeda interrumpió los pensamientos de Tess, y añadió diminutos lunares color barro a su inmaculado conjunto rosa.
Casi se olvidaba, sí… Hasta que algún conductor desconsiderado le recordaba las desventajas del Londres lluvioso.
Y no se trataba de cualquier conductor, observó trás recuperarse de la sorpresiva ducha y ver que el vehículo -una moto roja que le era muy familiar- torcía a la derecha pocos metros más adelante, en la entrada de garaje de la casa de los Taylor, sin hacer el menor ademán de ofrecer una disculpa. Era como si no se hubiera percatado de que la había salpicado.
O como si no le importara…
—¿Pensando en las musarañas? —oyó que Dakota le decía cuando ella pasó frente a su casa. Lo escuchó perfectamente a pesar de que, como era habitual cuando salía a hacer deporte, llevaba su Ipod conectado.
Él se había quitado el casco, y continuaba sentado sobre la moto, acelerándola por momentos, y la seguía con una expresión en su mirada que dejó claro sus intenciones.
O como si lo hubiera hecho ex profeso, el muy canalla.
Tess se limitó a volver la vista al frente, y recorrer los escasos dos metros que la separaban de su casa. Entonces, ante la persistente mirada de Dakota que no la abandonó en ningún momento, ella abrió la portezuela roja y continuó camino por el sendero de laja.
El tejido elástico rosa se ajustaba a la figura femenina como un guante. La parte superior era como una camiseta con mangas muy cortas y un escote amplio, y la inferior del estilo de las bermudas de ciclista.
Estaba muy buena, concluyó Dakota tras una minuciosa inspección, que no le permitió calcular el tamaño real de sus delanteras -el body las achataba-, pero sí las cualidades de su trasero; macizo y respingón pedía a gritos un buen sobeo.
—Está chulo el conjuntito —volvió a decir él, en un intento de que ella dejara de morderse la lengua y lo enfrentara. Tess giró la cabeza y lo miró como por casualidad. Él le regaló una sonrisa ladeada, y añadió—: Muy tentador.
¿Tentador? Una carcajada estuvo a punto de delatarla, que consiguió reprimir en el último instante. No podía creer el descaro de la criatura. Aquello era inédito. Simple y llanamente, increíble.
Y además, continuaba mirándola desde su moto. Se había inclinado hacia adelante, y apoyado los codos sobre el manillar, como si hubiera decidido ponerse bien cómodo. Había desafío en su mirada, sí, pero también expectación. Él no sólo quería molestarla, quería que ella respondiera al desafío.
Pues, sería una expectativa vana.
Tess se encogió de hombros y se señaló el oído derecho -el que él podía ver-.
Dakota no tuvo ningún problema en reconocer el cable blanco del MP4.
Tampoco el inconfundible hormigueo que le recorrió la espalda cuando ella cerró la puerta tras de sí, ignorándolo completamente…»

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© Patricia Sutherland

Nieve, navidad… y promociones especiales – I

Ha llegado la lluvia de nieve a WordPress… y las promociones especiales a la web de los corazoncitos lilas… ¡Adoro diciembre!

Mis compañeras de Jera Romance han acabado de colgar las luces navideñas, y eso siempre significa que empiezan las promociones especiales ;-)

¿Preparada?

Ahí va la primera (de tres):

Desde ahora hasta el 24 de diciembre (inclusive) puedes adquirir las novelas de mi Serie Sintonías con importantes descuentos: ¡10% en las versiones impresas y 40% en las digitales!

Más información aquí.

Princesa: cuenta atrás para mi nueva novela romántica y una sorpresa.

Para las enamoradas de la novela romántica…

Una novela sobre el amor y la diferencia de edadMe encantan las sorpresas. Me encanta probar cosas nuevas, y como las ideas se me ocurren a muchísima mayor velocidad que mi capacidad para llevarlas a la práctica, desde hace años las apunto en un primoroso cuaderno de colorines (¡y las indexo! Ya, ya… Mi gusanillo documentador siempre puede conmigo).

Y hoy estoy felíz, no sólo porque a una de esas ideas, que indexé hace cerca de tres años, he podido ponerle el rótulo de «hecho», sino muy especialmente porque ya puedo compartirlo contigo.

En Jera Romance le hemos dado el nombre de «Preestreno» de Princesa, mi nueva novela romántica, y es exactamente lo que parece :)
Pero por si acaso a mí me parece más claro de lo que a ti te parece, aquí te dejo el enlace que lo anuncia (y lo aclara).

Ah, y si te animas a participar… ¡suerte!

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 2º parte.

Aquí tienes la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Si no has tenido ocasión de leerlo, éste es el enlace de la entrada, que te recomiendo que leas no sólo por cuestiones de cronología, sino también porque contiene un resumen de la novela y algún comentario mío que te ayudará a ponerte en situación.

Espero que disfrutes de su lectura, y con ellas me despido hasta septiembre, deseándote que tengas un verano fenomenal.

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Bombón, extracto – 2ª Parte

Las cosas todavía seguían algo tirantes entre los dos cuando llegaron al Beer & Wine con Gillian, Jason y Mark, pero después de un par de partidas de billar y algunas risas con Jason, de a poco, Mandy se relajaba.

Jordan la conocía bien y sabía que lo peor ya había pasado: volvían a estar juntos, y aunque quedaba mucho por delante, para él era motivo suficiente para la sonrisa encantada que tenía desde hacía horas, que no se le quitaba con nada.

—Ya me he enterado de que has hecho un negocio redondo —empezó Mark, picándolo—. Aunque la verdad, pensé que habías vuelto por ella, no por la pasta.

Jordan le echó una mirada irónica. —¿Qué crees que pensaría si acepto trabajar como un cabrón por el mismo dinero?

Mark sonrió, divertido. —Me gusta tu técnica, tío. A ver si funciona…

Jordan volvió a mirarlo. Esta vez no contestó. Y no hizo falta. El mensaje era claro.

Funcionaría.

 

* * *

 

Aquel hombre llevaba diez minutos dándole conversación. Estaba con Mandy antes de que Jordan fuera al lavabo y cuando salió, aún continuaba allí. Así que en una reacción nada habitual, Jordan descubrió que sus pies habían decidido, sin consultarle, dirigirse a la barra. Y allí estaba, plantado delante de Mandy y aquel individuo, a segundos de tener que abrir la boca para decir algo, y sin la menor idea de qué.

—No te conozco. ¿Quién eres?

Su mente tampoco le había consultado aquello antes de ordenarle a su boca que lo dijera. Pero ya estaba dicho. Mandy sintió una súbita necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.

—Yo… le pedía un autógrafo —atinó a decir el larguirucho rubio que estaba junto a Mandy.

Jordan asintió. Se estiró, cogió una servilleta de la barra, sacó una estilográfica de su bolsillo y le dio ambas cosas a Mandy.

—¿A quién la dedico? —preguntó ella intentando aguantar la risa mientras se preparaba, estilográfica en mano, para estampar su firma sobre la servilleta.

—Peter —contestó el interesado.

Mandy garabateó un autógrafo dedicado que Jordan se encargó de entregar. —Autógrafo. ¿Algo más?

Peter se despidió rápidamente y tan pronto se alejó, Mandy soltó la risa mirando a Jordan con incredulidad.

—Era inofensivo —dijo, coqueta.

—Tú no.

Ella se apoyó contra la barra y se cruzó de brazos.

—¿Y eso? —preguntó con expresión divertida.

Jordan se colocó junto a ella, y la miró con ternura. —Y eso ¿qué?

—¿Qué quieres decir con eso de que “no soy inofensiva”?

—Como si no lo supieras…

—Es que no lo sé —insistió ella.

—A la hora de flirtear eres más peligrosa que mono con escopeta — Jordan miró de reojo al del autógrafo que había regresado con su grupo de amigos—. Rubio. Alto. Buen lomo. Cinco minutos más, y te lo habrías ligado —volvió a mirarla—. Y esto es Camden. Aquí no puedes ligarte a un tipo en el Beer & Wine y enrollarte con él. Mañana aparecería en primera página.

Como era habitual en aquel vikingo, y aunque en este caso concreto se equivocara, hablaba con conocimiento de causa. Mandy cogió su botellín de cerveza sin alcohol, pero Jordan se lo quitó de la mano, sirvió un poco en la copa y se la ofreció después de dejar el envase sobre la barra.

Jordan estaba en lo cierto. En otra época, Mandy lo habría hecho. Enrollarse con el hombre del autógrafo. Sin pensárselo dos veces. En ésta, sólo coqueteaba. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza nada más.

—El día que discutimos, dijiste… —Mandy hizo una pausa y lo miró—. Me llamaste… Bueno, no lo dijiste, pero casi. ¿De verdad piensas eso?

Jordan respiró hondo. Sabía que algún día el tema volvería a salir, pero no esperaba que fuera tan pronto.

—Me mataba verte tan hecha polvo…

Mandy esbozó una media sonrisa violenta. —Pero no dijiste eso. Dijiste otra cosa.

—Ya.

Había dicho algo completamente distinto. Estaba loco de celos.

—No me gusta esa parte de ti —admitió, finalmente. Mandy asintió y apartó la mirada—. Es una idiotez porque es exactamente lo que hacemos los tíos… No debería molestarme. Y si me dices que soy un cabrón hipócrita que te suelta monsergas a ti y luego hace lo mismo, tendré que aguantar… Pero soy hombre, sé lo que piensan cuando se levantan de tu cama, y sé lo que dicen… Y me molesta un montón que seas tú de quien lo dicen. Me saca de quicio.

Mandy se bajó del taburete y recogió las bebidas para llevarlas a la mesa. Se sentía tan incómoda que por momentos no parecía ella. ¿Desde cuándo que la censuraran le preocupaba? Se irguió y se colgó su mejor sonrisa.

—Eres un cabrón hipócrita —le dijo, desafiante.

Jordan sonrió.

—¿Le has aclarado a tu barbi que como me tope con ella van a tener que reconstruirle los implantes? —continuó Mandy mientras empujaba tres cervezas contra el pecho de Jordan, indicándole que las cogiera.

—Pena —replicó él, seductor—. Está como un queso.

Mandy le echó una mirada llena de ironía y se alejó con el resto de las cervezas sin hacer el menor comentario.

Sobraban las palabras, estaba claro.

Jordan bajó la cabeza para ocultar que sonreía.

¿Como un queso? ¿Y se lo había dicho al bombón de Amanda Brady?

Tendría que aprender a contar mentiras más creíbles.

 

Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

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Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

 

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 1º parte.

El calor ya está aquí, al fin, después de un invierno largo y una primavera mucho más inestable de lo habitual. Para mí es señal de que ha llegado la hora de apagar el portátil y recargar su batería, ¡y la mía!

Tenía planificadas dos entradas, de esas que ofrecen información útil que a mí tanto me gustan, pero he decidido dejarlas para la vuelta de vacaciones. Después de todo, es verano y lo que apetece es tumbona y relax ¿o no?

Así que he pensado ¿y qué tal si complemento tu bucólico descanso veraniego con un par de entradas que en vez de útiles, sean entretenidas?
Me refiero a «románticamente» entretenidas, claro.

El extracto que publicaré en dos partes corresponde a la primera de la serie Sintonías, Bombón. ¿Qué puedo decirte de ella? Bueno, además de ocupar el primer lugar de publicación -con lo importante que son los comienzos-, es la que tiene el mayor nivel de erotismo y también la que confiere el carácter de serie a Sintonías, ya que la apasionada relación de Mandy y Jordan continúa creciendo y consolidándose en la segunda y la tercera entrega. Es romántica, sensual, con una pizca de pimienta y bastante ternura… O sea, es el tipo de historia que me encanta leer, sólo que en este caso la he escrito yo :-)

Con un trocito de ella te dejo, entonces ¿vale?
 

Bombón. Resumen:

Mandy y Jordan son amigos desde niños. Pudieron haber sido novios adolescentes pero él, incomprensiblemente para Mandy, no acudió a la cita. Ahora ella tiene 26 años, es una cantante famosa, y Jordan, además de su amigo es su Manager.

Pero desde hace dos años Mandy se rodea de malas compañías, alimenta a la prensa sensacionalista con escándalos frecuentes y no atiende a razones. Una noche, Jordan, que secretamente está enamorado de ella, la encuentra en su suite del hotel compartiendo cama con el licencioso vocalista de una banda de rock y decide marcharse: ya no soporta verla vivir así. Cuando Mandy quiere darse cuenta, Jordan se ha ido y su vida es un desastre.

Siguiendo el primer consejo que ha aceptado en años, vuelve con los suyos y nuevamente rodeada de su afecto, Mandy toma conciencia de la realidad: nunca ha querido una vida lejos de los suyos; ha vuelto a casa casi huyendo, esquivando a la prensa, contando mentiras a su equipo, después de cancelar dos meses de actuaciones con la excusa de una enfermedad que no ha precisado, pero más tarde o más temprano va a tener que volver a las giras, a los hoteles, a las interminables sesiones promocionales… Solo que ahora no se siente capaz de hacerlo sin Jordan.

Para Jordan, irse fue un intento de pasar página tan desesperado como inútil: cada vez más atrapado en la red de un amor no correspondido, ya no sabe qué hacer. Pero al tiempo, cuando vuelven a verse y Mandy, inesperadamente, se muestra arrepentida por lo ocurrido y poco después reacciona tan mal al comprobar que él ha asistido con una amiga a la entrega de premios en la que ella es una de las nominadas, se enciende una pequeñísima luz de esperanza…

¿Son celos? ¿Qué significan en alguien como Mandy? ¿Qué posibilidades tiene de enamorar a esa mujer desinhibida y arisca, que cambia de acompañante como de zapatos, cuya relación más larga duró apenas una semana?

Intentar olvidarla no resultó.

Jordan decide que es hora de cambiar de estrategia…

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Y ya lo creo que lo hace. Jordan es un gran estratega -¡me sorprendió hasta a mí!-, pero Mandy es imprevisible, apasionada; una mujer de armas tomar.
¿Qué resulta de la interacción de un tipo muy listo (pero muy enamorado) y de una mujer rebelde que vive la vida apasionadamente, sin ataduras?
Pues, lo dicho: mucho entretenimiento… Romántico, claro :-)

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Mandy llevaba varios días sin saber de Jordan y se sentía rara. Se habían despedido el lunes por la mañana con un “hablamos ¿sí?”. Él había regresado a Nashville.

Y no habían hablado.

Él no la había llamado.

En otras circunstancias no le habría importado tanto, pero ahora…

Mandy se subió a la tranquera y se sentó sobre el listón de madera, con las piernas colgando hacia adentro. El predio de adiestramiento estaba vacío. A lo lejos, se veían luces en el pabellón de los peones. El sol se había ocultado hacía un rato y las faenas del día habían acabado.

Después de darle mil vueltas, el miércoles ella se había decidido y lo había llamado. Nadie había contestado. Tampoco había saltado el buzón de voz. Desde entonces habían pasado tres días, y continuaba sin saber nada de Jordan.

Mandy se subió el cuello del abrigo. Se estaba quedando helada. ¿Qué hacía allí con semejante frío? Bajó de un salto y retomó el camino que llevaba a la casa.

Estaba insorportable. No se sentía ella misma. Pasaba el día ociosa, incapaz de concentrarse en nada más de cinco minutos, y con sus pensamientos volviendo una y otra vez sobre el mismo tema; Jordan Wyatt. Él le había dicho que “se moría por volver con ella”, pero ni había aceptado su nuevo proyecto aún, ni estaba con ella.

Estaba en Nashville.

Seguramente disfrutando de la compañía de su barbi de apellido ilustre.

Y no la había llamado.

Ni siquiera le había devuelto la llamada.

Mandy meneó la cabeza, disgustada. ¿En qué situación estaban? Necesitaba saberlo de una vez. Ya no soportaba continuar así. Respiró hondo cuando comprendió que estaba a punto de saberlo; el hombre que aparcaba frente al jardín, era él.

Mandy se irguió, y avanzó hacia el coche como si no tuviera un nudo en el estómago. Avanzó con su sonrisa despreocupada, ignorando las sensaciones que últimamente se adueñaban de su cuerpo cada vez que lo veía.

Eran intensas y raras. No podía clasificarlas. En realidad, no se animaba a hacerlo. Así que jugaba a ignorarlas.

Pero seguían allí, y eran las mismas: boca inesperadamente seca, latidos que retumbaban en sus oídos… y un montón de nervios que no sentía ni cuando estaba en el escenario frente a diez mil personas.

—Si vienes a cenar, es pronto… —dijo Mandy, apoyándose contra el Corvette, junto a la puerta.

Él sonrió y se dedicó a sacar abrigo y maletín bajo la persistente mirada femenina que le pasaba revista.

Jersey negro de cuello alto. Botas negras cortas. Tejanos de muerte. Imponente como siempre, pero demasiado sport para Jordan.

—¿Es el estilo Nashville? —preguntó ella, con ironía.

Jordan cerró el maletero. —Es el estilo mudanza. Lo mejor para ponerse de mierda hasta arriba embalando una casa, son unos tejanos y un jersey negro. También valen para hacer seiscientos kilómetros por carretera…

“Así que has vuelto a Camden”, pensó Mandy y se obligó a no mover ni un músculo de su cara.

—¿Entramos? —invitó Jordan.

—¿”Entramos”? —Mandy se incorporó, puso las manos en los bolsillos de su abrigo y lo miró irónica—. ¿Es que vienes a verme a mí?

Jordan sonrió. —Tenemos un tema pendiente, sí.

—Bueno… Supongo que si ha esperado una semana, es que no es urgente ¿no?

Mandy pasó junto a él y se dirigió a la casa. Entró y dejó la puerta abierta. Jordan la siguió intentando mantenerse serio y no soltar la risa. No quería enfadarla más de lo que estaba. Entró y cerró la puerta tras de sí.

—Tenía que analizar bien lo que me propusiste, Mandy… No es tan fácil como a ti te parece que es.

Ella estaba al pie de la escalera cuando él habló, y se revolvió.

Menudo imbécil.

—¿Tengo cara de idiota? —regresó sobre sus pasos, y se plantó delante de Jordan, mirándolo rabiosa—. Mira, niño… Si me dices que hablamos, me llamas. Y si ves mi llamada perdida, me la devuelves. Quiero que seas tú, Jordan, pero no pienses ni por un segundo que te voy a dejar jugar este juego conmigo. Vuelve a pasar de mí, y me abro. ¿Está claro?

—No pasé de ti…

Mandy no sólo lo interrumpió, dio un paso más y lo enfrentó. —¿Está claro, o no?

Él la miró con ternura y al final asintió.

—Bien —replicó ella—. No voy a hablar de negocios hoy, así que si has venido a eso, puedes irte.

Jordan la vio volverse sin más y subir la escalera hacia la primera planta. Entonces, las palabras de Jason sobre lo que funcionaba o no funcionaba con una mujer, volvieron a su mente. Cada segundo que pasaba tenía más claro que con esta mujer, no funcionaría. Había sido un error no devolverle la llamada. Jordan asintió. Sí, había sido un error que no volvería a cometer.

En la cocina, Mark y su padre se miraron divertidos. Mandy había sacado las uñas. Los siguientes capítulos de la historia «Jordan & Mandy» prometían ser apasionantes.

Cuando Jordan entró, las miradas hablaban por sí mismas. Pero por si cabía alguna duda, John se lo aclaró.

—Mandy 1, Jordan 0 —le dijo palmeándole el hombro con cariño—.Ven, come algo y repónte para el siguiente asalto.

Jordan se sentó a la mesa sonriendo violento, y se dispuso a recuperar fuerzas con un trozo de la mejor torta de queso y moras del país.

Para vérselas con Mandy, desde luego, le haría falta.

 

* * *

 

Mandy no habló de negocios aquel día. Ni el siguiente. No fue hasta el domingo después de comer, cuando Jordan volvió a intentarlo por quinta vez en tres días y el muro cedió.

Mientras el resto de la familia miraba televisión en el salón, Mandy escuchaba la exposición de Jordan en la cocina, con la vista fija en su pocillo de café.

Seguía enfadada. Y seguía celosa.

Celosa de que hubiera corrido a darle explicaciones a su barbi, y a ella la hubiera tenido una semana esperando una decisión. Y lo peor de todo era que admitir que estaba celosa la enojaba mucho más que todo lo demás. Porque los celos no podía controlarlos. Los sentía. No los había sentido en la vida antes, y no sabía cómo manejarlos.

—Las seis fechas que tienes en diciembre son impepinables. Si no cumples, te va a costar un montón de pasta, así que yo te aconsejo que actúes. Año nuevo, vida nueva. Y con la discográfica… las actuaciones comprometidas ya están cumplidas, aunque en algún momento del año tendrás que volver a entrar en estudio con un álbum nuevo y habrá que negociar las actuaciones promocionales, pero eso se verá en su momento… Estuve echando un vistazo a los festivales. Varios coinciden mes, así que va a haber que montarlo muy bien, si no vas a acabar de cama…. Las actuaciones en ciudades más pequeñas se pueden coordinar en relación a los festivales. Con tus actuaciones especiales para fans, lo mismo… Creo que puede funcionar —Jordan estiró las piernas, bebió un sorbo de café—. Va a ser una pila de trabajo y engranar las cosas muy bien, pero puede funcionar bien…

Miró a Mandy. Ella seguía con su vista fija en la cucharilla con la que removía el café, algo ausente.

—Vas a tener que modificar un poco tu imagen —continuó Jordan al ver que ella no decía nada—. Tejanos, Mandy. Ropa más normal. No quiero tener que estar sacándote vaqueros salvajes de encima…

Los ojos femeninos se llenaron de una mezcla de vanidad y rabia.

—Me los vas a tener que quitar de encima igual. Lo que les gusta no es mi ropa.

Cierto. Como para que no les gustara…

—Tejanos, Mandy —repitió masculino. Hizo una pausa y añadió—. Y un cinco por ciento más.

La mirada de ella se desplazó del pocillo de café a los ojos de él, desafiante.

—Vaya… —se recostó contra el respaldo de su silla y se cruzó de brazos—. Eso es un montón de dinero, ¿sabías?

 

En aquel momento Mark se disponía a entrar en la cocina, pero se detuvo. ¿Cinco por ciento más? Sonrió divertido y se apoyó junto al marco de la puerta a ver qué contestaba Mandy.

 

—Tu proyecto es un montón de trabajo.

Mandy continuó mirándolo, desafiante. Así que no había vuelto con el rabo entre las piernas…

Está bien, sabes lo que vales. Me gustas, chico.

—Por un cinco por ciento más, te voy a querer pegado a mi sombra las veinticuatro horas del día. Todos los días.

—Dieciséis —puntualizó él—. No voy a dormir contigo.

Mandy sonrió. Jordan también; era la primera sonrisa auténtica que veía en aquel rostro hermoso, en tres días.

—Encárgate de que tus chicas lo sepan, ¿vale?

Había dicho “chicas”, pero quería decir “barbi de apellido ilustre”. Jordan leyó entre líneas.

—Ya lo saben —contestó, masculino.

 

Mark se frotó las manos y volvió al salón a compartir las noticias.

 

Mandy asintió y se puso de pie. Jordan la miró mientras se alejaba hacia el salón, con las manos en los bolsillos de los tejanos.

Sus ojos como siempre desde hacía años, la recorrieron. Desde aquella melena rizada que le cubría hombros y espalda, a través de unas curvas de vértigo que no conseguía disimular ni aunque se pusiera un jersey dos tallas más grande como el azul que llevaba… Hasta las deportivas, en sus pies, resultaban sexy.

Es que era sexy. Toda ella. La mujer más sexy del planeta.

Dieciséis horas por día con Mandy. Siete días a la semana.

Dios.

 Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

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Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.