Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 2º parte.

Aquí tienes la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Si no has tenido ocasión de leerlo, éste es el enlace de la entrada, que te recomiendo que leas no sólo por cuestiones de cronología, sino también porque contiene un resumen de la novela y algún comentario mío que te ayudará a ponerte en situación.

Espero que disfrutes de su lectura, y con ellas me despido hasta septiembre, deseándote que tengas un verano fenomenal.

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Bombón, extracto – 2ª Parte

Las cosas todavía seguían algo tirantes entre los dos cuando llegaron al Beer & Wine con Gillian, Jason y Mark, pero después de un par de partidas de billar y algunas risas con Jason, de a poco, Mandy se relajaba.

Jordan la conocía bien y sabía que lo peor ya había pasado: volvían a estar juntos, y aunque quedaba mucho por delante, para él era motivo suficiente para la sonrisa encantada que tenía desde hacía horas, que no se le quitaba con nada.

—Ya me he enterado de que has hecho un negocio redondo —empezó Mark, picándolo—. Aunque la verdad, pensé que habías vuelto por ella, no por la pasta.

Jordan le echó una mirada irónica. —¿Qué crees que pensaría si acepto trabajar como un cabrón por el mismo dinero?

Mark sonrió, divertido. —Me gusta tu técnica, tío. A ver si funciona…

Jordan volvió a mirarlo. Esta vez no contestó. Y no hizo falta. El mensaje era claro.

Funcionaría.

 

* * *

 

Aquel hombre llevaba diez minutos dándole conversación. Estaba con Mandy antes de que Jordan fuera al lavabo y cuando salió, aún continuaba allí. Así que en una reacción nada habitual, Jordan descubrió que sus pies habían decidido, sin consultarle, dirigirse a la barra. Y allí estaba, plantado delante de Mandy y aquel individuo, a segundos de tener que abrir la boca para decir algo, y sin la menor idea de qué.

—No te conozco. ¿Quién eres?

Su mente tampoco le había consultado aquello antes de ordenarle a su boca que lo dijera. Pero ya estaba dicho. Mandy sintió una súbita necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.

—Yo… le pedía un autógrafo —atinó a decir el larguirucho rubio que estaba junto a Mandy.

Jordan asintió. Se estiró, cogió una servilleta de la barra, sacó una estilográfica de su bolsillo y le dio ambas cosas a Mandy.

—¿A quién la dedico? —preguntó ella intentando aguantar la risa mientras se preparaba, estilográfica en mano, para estampar su firma sobre la servilleta.

—Peter —contestó el interesado.

Mandy garabateó un autógrafo dedicado que Jordan se encargó de entregar. —Autógrafo. ¿Algo más?

Peter se despidió rápidamente y tan pronto se alejó, Mandy soltó la risa mirando a Jordan con incredulidad.

—Era inofensivo —dijo, coqueta.

—Tú no.

Ella se apoyó contra la barra y se cruzó de brazos.

—¿Y eso? —preguntó con expresión divertida.

Jordan se colocó junto a ella, y la miró con ternura. —Y eso ¿qué?

—¿Qué quieres decir con eso de que “no soy inofensiva”?

—Como si no lo supieras…

—Es que no lo sé —insistió ella.

—A la hora de flirtear eres más peligrosa que mono con escopeta — Jordan miró de reojo al del autógrafo que había regresado con su grupo de amigos—. Rubio. Alto. Buen lomo. Cinco minutos más, y te lo habrías ligado —volvió a mirarla—. Y esto es Camden. Aquí no puedes ligarte a un tipo en el Beer & Wine y enrollarte con él. Mañana aparecería en primera página.

Como era habitual en aquel vikingo, y aunque en este caso concreto se equivocara, hablaba con conocimiento de causa. Mandy cogió su botellín de cerveza sin alcohol, pero Jordan se lo quitó de la mano, sirvió un poco en la copa y se la ofreció después de dejar el envase sobre la barra.

Jordan estaba en lo cierto. En otra época, Mandy lo habría hecho. Enrollarse con el hombre del autógrafo. Sin pensárselo dos veces. En ésta, sólo coqueteaba. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza nada más.

—El día que discutimos, dijiste… —Mandy hizo una pausa y lo miró—. Me llamaste… Bueno, no lo dijiste, pero casi. ¿De verdad piensas eso?

Jordan respiró hondo. Sabía que algún día el tema volvería a salir, pero no esperaba que fuera tan pronto.

—Me mataba verte tan hecha polvo…

Mandy esbozó una media sonrisa violenta. —Pero no dijiste eso. Dijiste otra cosa.

—Ya.

Había dicho algo completamente distinto. Estaba loco de celos.

—No me gusta esa parte de ti —admitió, finalmente. Mandy asintió y apartó la mirada—. Es una idiotez porque es exactamente lo que hacemos los tíos… No debería molestarme. Y si me dices que soy un cabrón hipócrita que te suelta monsergas a ti y luego hace lo mismo, tendré que aguantar… Pero soy hombre, sé lo que piensan cuando se levantan de tu cama, y sé lo que dicen… Y me molesta un montón que seas tú de quien lo dicen. Me saca de quicio.

Mandy se bajó del taburete y recogió las bebidas para llevarlas a la mesa. Se sentía tan incómoda que por momentos no parecía ella. ¿Desde cuándo que la censuraran le preocupaba? Se irguió y se colgó su mejor sonrisa.

—Eres un cabrón hipócrita —le dijo, desafiante.

Jordan sonrió.

—¿Le has aclarado a tu barbi que como me tope con ella van a tener que reconstruirle los implantes? —continuó Mandy mientras empujaba tres cervezas contra el pecho de Jordan, indicándole que las cogiera.

—Pena —replicó él, seductor—. Está como un queso.

Mandy le echó una mirada llena de ironía y se alejó con el resto de las cervezas sin hacer el menor comentario.

Sobraban las palabras, estaba claro.

Jordan bajó la cabeza para ocultar que sonreía.

¿Como un queso? ¿Y se lo había dicho al bombón de Amanda Brady?

Tendría que aprender a contar mentiras más creíbles.

 

Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

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Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

 

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 1º parte.

El calor ya está aquí, al fin, después de un invierno largo y una primavera mucho más inestable de lo habitual. Para mí es señal de que ha llegado la hora de apagar el portátil y recargar su batería, ¡y la mía!

Tenía planificadas dos entradas, de esas que ofrecen información útil que a mí tanto me gustan, pero he decidido dejarlas para la vuelta de vacaciones. Después de todo, es verano y lo que apetece es tumbona y relax ¿o no?

Así que he pensado ¿y qué tal si complemento tu bucólico descanso veraniego con un par de entradas que en vez de útiles, sean entretenidas?
Me refiero a «románticamente» entretenidas, claro.

El extracto que publicaré en dos partes corresponde a la primera de la serie Sintonías, Bombón. ¿Qué puedo decirte de ella? Bueno, además de ocupar el primer lugar de publicación -con lo importante que son los comienzos-, es la que tiene el mayor nivel de erotismo y también la que confiere el carácter de serie a Sintonías, ya que la apasionada relación de Mandy y Jordan continúa creciendo y consolidándose en la segunda y la tercera entrega. Es romántica, sensual, con una pizca de pimienta y bastante ternura… O sea, es el tipo de historia que me encanta leer, sólo que en este caso la he escrito yo :-)

Con un trocito de ella te dejo, entonces ¿vale?
 

Bombón. Resumen:

Mandy y Jordan son amigos desde niños. Pudieron haber sido novios adolescentes pero él, incomprensiblemente para Mandy, no acudió a la cita. Ahora ella tiene 26 años, es una cantante famosa, y Jordan, además de su amigo es su Manager.

Pero desde hace dos años Mandy se rodea de malas compañías, alimenta a la prensa sensacionalista con escándalos frecuentes y no atiende a razones. Una noche, Jordan, que secretamente está enamorado de ella, la encuentra en su suite del hotel compartiendo cama con el licencioso vocalista de una banda de rock y decide marcharse: ya no soporta verla vivir así. Cuando Mandy quiere darse cuenta, Jordan se ha ido y su vida es un desastre.

Siguiendo el primer consejo que ha aceptado en años, vuelve con los suyos y nuevamente rodeada de su afecto, Mandy toma conciencia de la realidad: nunca ha querido una vida lejos de los suyos; ha vuelto a casa casi huyendo, esquivando a la prensa, contando mentiras a su equipo, después de cancelar dos meses de actuaciones con la excusa de una enfermedad que no ha precisado, pero más tarde o más temprano va a tener que volver a las giras, a los hoteles, a las interminables sesiones promocionales… Solo que ahora no se siente capaz de hacerlo sin Jordan.

Para Jordan, irse fue un intento de pasar página tan desesperado como inútil: cada vez más atrapado en la red de un amor no correspondido, ya no sabe qué hacer. Pero al tiempo, cuando vuelven a verse y Mandy, inesperadamente, se muestra arrepentida por lo ocurrido y poco después reacciona tan mal al comprobar que él ha asistido con una amiga a la entrega de premios en la que ella es una de las nominadas, se enciende una pequeñísima luz de esperanza…

¿Son celos? ¿Qué significan en alguien como Mandy? ¿Qué posibilidades tiene de enamorar a esa mujer desinhibida y arisca, que cambia de acompañante como de zapatos, cuya relación más larga duró apenas una semana?

Intentar olvidarla no resultó.

Jordan decide que es hora de cambiar de estrategia…

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Y ya lo creo que lo hace. Jordan es un gran estratega -¡me sorprendió hasta a mí!-, pero Mandy es imprevisible, apasionada; una mujer de armas tomar.
¿Qué resulta de la interacción de un tipo muy listo (pero muy enamorado) y de una mujer rebelde que vive la vida apasionadamente, sin ataduras?
Pues, lo dicho: mucho entretenimiento… Romántico, claro :-)

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Mandy llevaba varios días sin saber de Jordan y se sentía rara. Se habían despedido el lunes por la mañana con un “hablamos ¿sí?”. Él había regresado a Nashville.

Y no habían hablado.

Él no la había llamado.

En otras circunstancias no le habría importado tanto, pero ahora…

Mandy se subió a la tranquera y se sentó sobre el listón de madera, con las piernas colgando hacia adentro. El predio de adiestramiento estaba vacío. A lo lejos, se veían luces en el pabellón de los peones. El sol se había ocultado hacía un rato y las faenas del día habían acabado.

Después de darle mil vueltas, el miércoles ella se había decidido y lo había llamado. Nadie había contestado. Tampoco había saltado el buzón de voz. Desde entonces habían pasado tres días, y continuaba sin saber nada de Jordan.

Mandy se subió el cuello del abrigo. Se estaba quedando helada. ¿Qué hacía allí con semejante frío? Bajó de un salto y retomó el camino que llevaba a la casa.

Estaba insorportable. No se sentía ella misma. Pasaba el día ociosa, incapaz de concentrarse en nada más de cinco minutos, y con sus pensamientos volviendo una y otra vez sobre el mismo tema; Jordan Wyatt. Él le había dicho que “se moría por volver con ella”, pero ni había aceptado su nuevo proyecto aún, ni estaba con ella.

Estaba en Nashville.

Seguramente disfrutando de la compañía de su barbi de apellido ilustre.

Y no la había llamado.

Ni siquiera le había devuelto la llamada.

Mandy meneó la cabeza, disgustada. ¿En qué situación estaban? Necesitaba saberlo de una vez. Ya no soportaba continuar así. Respiró hondo cuando comprendió que estaba a punto de saberlo; el hombre que aparcaba frente al jardín, era él.

Mandy se irguió, y avanzó hacia el coche como si no tuviera un nudo en el estómago. Avanzó con su sonrisa despreocupada, ignorando las sensaciones que últimamente se adueñaban de su cuerpo cada vez que lo veía.

Eran intensas y raras. No podía clasificarlas. En realidad, no se animaba a hacerlo. Así que jugaba a ignorarlas.

Pero seguían allí, y eran las mismas: boca inesperadamente seca, latidos que retumbaban en sus oídos… y un montón de nervios que no sentía ni cuando estaba en el escenario frente a diez mil personas.

—Si vienes a cenar, es pronto… —dijo Mandy, apoyándose contra el Corvette, junto a la puerta.

Él sonrió y se dedicó a sacar abrigo y maletín bajo la persistente mirada femenina que le pasaba revista.

Jersey negro de cuello alto. Botas negras cortas. Tejanos de muerte. Imponente como siempre, pero demasiado sport para Jordan.

—¿Es el estilo Nashville? —preguntó ella, con ironía.

Jordan cerró el maletero. —Es el estilo mudanza. Lo mejor para ponerse de mierda hasta arriba embalando una casa, son unos tejanos y un jersey negro. También valen para hacer seiscientos kilómetros por carretera…

“Así que has vuelto a Camden”, pensó Mandy y se obligó a no mover ni un músculo de su cara.

—¿Entramos? —invitó Jordan.

—¿”Entramos”? —Mandy se incorporó, puso las manos en los bolsillos de su abrigo y lo miró irónica—. ¿Es que vienes a verme a mí?

Jordan sonrió. —Tenemos un tema pendiente, sí.

—Bueno… Supongo que si ha esperado una semana, es que no es urgente ¿no?

Mandy pasó junto a él y se dirigió a la casa. Entró y dejó la puerta abierta. Jordan la siguió intentando mantenerse serio y no soltar la risa. No quería enfadarla más de lo que estaba. Entró y cerró la puerta tras de sí.

—Tenía que analizar bien lo que me propusiste, Mandy… No es tan fácil como a ti te parece que es.

Ella estaba al pie de la escalera cuando él habló, y se revolvió.

Menudo imbécil.

—¿Tengo cara de idiota? —regresó sobre sus pasos, y se plantó delante de Jordan, mirándolo rabiosa—. Mira, niño… Si me dices que hablamos, me llamas. Y si ves mi llamada perdida, me la devuelves. Quiero que seas tú, Jordan, pero no pienses ni por un segundo que te voy a dejar jugar este juego conmigo. Vuelve a pasar de mí, y me abro. ¿Está claro?

—No pasé de ti…

Mandy no sólo lo interrumpió, dio un paso más y lo enfrentó. —¿Está claro, o no?

Él la miró con ternura y al final asintió.

—Bien —replicó ella—. No voy a hablar de negocios hoy, así que si has venido a eso, puedes irte.

Jordan la vio volverse sin más y subir la escalera hacia la primera planta. Entonces, las palabras de Jason sobre lo que funcionaba o no funcionaba con una mujer, volvieron a su mente. Cada segundo que pasaba tenía más claro que con esta mujer, no funcionaría. Había sido un error no devolverle la llamada. Jordan asintió. Sí, había sido un error que no volvería a cometer.

En la cocina, Mark y su padre se miraron divertidos. Mandy había sacado las uñas. Los siguientes capítulos de la historia «Jordan & Mandy» prometían ser apasionantes.

Cuando Jordan entró, las miradas hablaban por sí mismas. Pero por si cabía alguna duda, John se lo aclaró.

—Mandy 1, Jordan 0 —le dijo palmeándole el hombro con cariño—.Ven, come algo y repónte para el siguiente asalto.

Jordan se sentó a la mesa sonriendo violento, y se dispuso a recuperar fuerzas con un trozo de la mejor torta de queso y moras del país.

Para vérselas con Mandy, desde luego, le haría falta.

 

* * *

 

Mandy no habló de negocios aquel día. Ni el siguiente. No fue hasta el domingo después de comer, cuando Jordan volvió a intentarlo por quinta vez en tres días y el muro cedió.

Mientras el resto de la familia miraba televisión en el salón, Mandy escuchaba la exposición de Jordan en la cocina, con la vista fija en su pocillo de café.

Seguía enfadada. Y seguía celosa.

Celosa de que hubiera corrido a darle explicaciones a su barbi, y a ella la hubiera tenido una semana esperando una decisión. Y lo peor de todo era que admitir que estaba celosa la enojaba mucho más que todo lo demás. Porque los celos no podía controlarlos. Los sentía. No los había sentido en la vida antes, y no sabía cómo manejarlos.

—Las seis fechas que tienes en diciembre son impepinables. Si no cumples, te va a costar un montón de pasta, así que yo te aconsejo que actúes. Año nuevo, vida nueva. Y con la discográfica… las actuaciones comprometidas ya están cumplidas, aunque en algún momento del año tendrás que volver a entrar en estudio con un álbum nuevo y habrá que negociar las actuaciones promocionales, pero eso se verá en su momento… Estuve echando un vistazo a los festivales. Varios coinciden mes, así que va a haber que montarlo muy bien, si no vas a acabar de cama…. Las actuaciones en ciudades más pequeñas se pueden coordinar en relación a los festivales. Con tus actuaciones especiales para fans, lo mismo… Creo que puede funcionar —Jordan estiró las piernas, bebió un sorbo de café—. Va a ser una pila de trabajo y engranar las cosas muy bien, pero puede funcionar bien…

Miró a Mandy. Ella seguía con su vista fija en la cucharilla con la que removía el café, algo ausente.

—Vas a tener que modificar un poco tu imagen —continuó Jordan al ver que ella no decía nada—. Tejanos, Mandy. Ropa más normal. No quiero tener que estar sacándote vaqueros salvajes de encima…

Los ojos femeninos se llenaron de una mezcla de vanidad y rabia.

—Me los vas a tener que quitar de encima igual. Lo que les gusta no es mi ropa.

Cierto. Como para que no les gustara…

—Tejanos, Mandy —repitió masculino. Hizo una pausa y añadió—. Y un cinco por ciento más.

La mirada de ella se desplazó del pocillo de café a los ojos de él, desafiante.

—Vaya… —se recostó contra el respaldo de su silla y se cruzó de brazos—. Eso es un montón de dinero, ¿sabías?

 

En aquel momento Mark se disponía a entrar en la cocina, pero se detuvo. ¿Cinco por ciento más? Sonrió divertido y se apoyó junto al marco de la puerta a ver qué contestaba Mandy.

 

—Tu proyecto es un montón de trabajo.

Mandy continuó mirándolo, desafiante. Así que no había vuelto con el rabo entre las piernas…

Está bien, sabes lo que vales. Me gustas, chico.

—Por un cinco por ciento más, te voy a querer pegado a mi sombra las veinticuatro horas del día. Todos los días.

—Dieciséis —puntualizó él—. No voy a dormir contigo.

Mandy sonrió. Jordan también; era la primera sonrisa auténtica que veía en aquel rostro hermoso, en tres días.

—Encárgate de que tus chicas lo sepan, ¿vale?

Había dicho “chicas”, pero quería decir “barbi de apellido ilustre”. Jordan leyó entre líneas.

—Ya lo saben —contestó, masculino.

 

Mark se frotó las manos y volvió al salón a compartir las noticias.

 

Mandy asintió y se puso de pie. Jordan la miró mientras se alejaba hacia el salón, con las manos en los bolsillos de los tejanos.

Sus ojos como siempre desde hacía años, la recorrieron. Desde aquella melena rizada que le cubría hombros y espalda, a través de unas curvas de vértigo que no conseguía disimular ni aunque se pusiera un jersey dos tallas más grande como el azul que llevaba… Hasta las deportivas, en sus pies, resultaban sexy.

Es que era sexy. Toda ella. La mujer más sexy del planeta.

Dieciséis horas por día con Mandy. Siete días a la semana.

Dios.

 Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

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Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 2ª parte.

Ésta es la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Ambos corresponden al capítulo 18 de la novela. Si no has tenido ocasión de leerlo, échale un vistazo al post: allí encontrarás también sinopsis y otra información que te ayudará a ponerte en situación :-)

¿De acuerdo? Entonces, empecemos…

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Amigos del almaTan pronto Victoria y compañía desaparecieron de la vista, Gillian liberó su mano.

La próxima vez que quieras marcarte un farol, búscate a otra… ¿vale?

Quería estar enojada, que su voz sonara molesta. Pero era consciente de que ni parecía enojada ni sonaba molesta. Le había gustado que pusiera a distancia a esa mujer. Y también, la idea de que tal vez estuviera pensando quedarse en Camden.

No era un farol —contestó él de lo más natural, y tiró el cucurucho vacío a la papelera.

Gillian se volvió a mirarlo.

¿A no? —paró en seco delante de él—. Le hiciste creer que estabas conmigo y no estás conmigo, Jason.

Él avanzó un paso más, le rodeó el cuello en un abrazo holgado más desafiante que sugerente y la miró desde sus alturas, provocativo.

Sí que estoy contigo. Es lo que quiero. Lo que te pedí hace un siglo. Que sigas pensándotelo no cambia nada.

Gillian sonrió igual de desafiante. —Como no me saques las manos de encima, te voy a patear el culo.

¿Tú solita? —Jason sonreía.

Y no se movía.

Gillian bajó la vista y cuando volvió a mirarlo no había rastro de sonrisas en su cara.

No soy Victoria. El día que quiera que me toques, no me voy a insinuar. Te lo voy a pedir, sin más.

Los ojos de Jason descendieron lentamente a sus labios. Se quedaron ahí unos segundos que a ella le parecieron eternos. Al final regresaron a sus ojos.

Y… ¿eso cuándo va a ser?

No había acabado la frase que a Gillian un escalofrío la hizo estremecer, recordándole lo vulnerable que era. Especialmente, cuando él tomaba la iniciativa así.

Suéltame, Jason.

«Ay, niña, cómo me pones» pensó mientras se apartaba de forma ostensible con una sonrisa radiante que a ella le sentó como un tiro.

No juegues a este juego, Jay. Se nos va a escapar de las manos y hay cosas importantes por medio.

Por supuesto que jugaría a ese juego.

Y todos los que hicieran falta hasta encontrar la manera de que a ella las cosas se le escaparan de las manos. Y por lo pronto iba a llevar el juego un poquito más allá, a ver qué tal lo aguantaba.

Jason echó un vistazo a los demás. A pocos metros de allí, hacían que charlaban pero no se perdían detalle. Necesitaban escabullirse un rato.

Ven, demos un paseo —dijo ofreciéndole su mano que ella, naturalmente, no tomó. La sonrisa de él se hizo más grande cuando se dispuso a iniciar la maniobra de distracción—. Cógela, no hundas mi reputación delante de esos cotillas.

Qué listo era… Ella meneó la cabeza. Lideró el camino sin coger su mano, mirando a otra parte para esconder la sonrisa.

¿Qué? —dijo al rato, espiándolo por el rabillo del ojo—, ¿vamos a tener otra conversación trascendental?

Él la miró feliz. Sonaba tanto a la Gillian de siempre…

No sé, ¿quieres? Hoy no estoy muy trascendenal que digamos.

¡Alabado sea Dios! —replicó ella risueña, en un suspiro.

Él también empezaba a sonar como su amigo del alma.

Al oírla, Jason se detuvo sin darse cuenta.

¡Cómo echaba de menos ésto!

Se apoyó contra una de las columnas de madera que bordeaba el sendero curvo, para disfrutar a gusto ante la mirada sorprendida de ella.

Joder, Gill… ¿Dónde te habías metido?

Ella se encogió de hombros. Era largo y complejo de explicar y además, a estas alturas, importaba poco. En realidad, cada día importaba menos.

Jason se cruzó de brazos. Fue una jugada premeditada. Y ella, aunque lo sabía, siguió cada movimiento con la misma atención que había seguido todo lo relacionado con él durante años.

Pero con un interés distinto, claramente sensual.

Si no aflojas el lazo, se va a romper —dijo él. Gillian clavó los ojos en el suelo cuando el corazón empezó a darle martillazos en las sienes—. Te necesito, Gillian ¿entiendes lo que digo?

Dios, sí. Claro que lo entendía. Ella lo miró con los ojos brillantes.

¿No decías que no estabas trascendental hoy?

En otra jugada premeditada él respiró hondo, hinchando el pecho. Los ojos de ella siguieron el movimiento de esos pectorales increíbles que parecieron duplicar el tamaño cuando él insufló aire en los pulmones.

Eres muy inteligente —dijo, seductor—. Y me conoces bien, así que sabes que te estoy marcando al cuerpo. Y que voy a tumbarte.

Sí, lo sabía pero eso no evitó la descarga brutal que la sacudió al oírlo.

Y los dos sabemos que aunque te lo pienses otros mil años, solamente tienes tres opciones. Aceptarlo y decidir momento y lugar. Quedarte a ver cómo te tumbo y en ese caso, el que decide soy yo. O —procuró que su voz siguiera firme—, pedirme que vuelva a Dallas.

También lo sabía y justamente por esa razón había intentado mantenerlo a distancia con la esperanza de que eso lo enfriara. El efecto, en cambio, había sido al contrario. Lo que confirmaba que para mal o para bien, él iba en serio.

O creía que era así.

Pero eso no cambiaba el clima en su interior: estaba aterrada de dónde les conduciría ese camino. Y seguía necesitando tiempo. Y sí, también echaba de menos a su Jason.

Ella también lo necesitaba.

Gillian suspiró, se ajustó la coleta ante su mirada expectante y lo miró sonriente.

Si sigues entrenando así, vamos a tener que agrandar el hueco de las puertas. ¿En qué pensarás que te inspira tanto?

Él sonrió, todo vanidad.

«Quién sabe», contestó.

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© Patricia Sutherland

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Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 1ª parte.

Me gusta escribir artículos sobre temas variados como los que encontrarás si echas un vistazo al archivo de esta página, y sin duda, en los casos en que es necesario documentar y buscar referencias, me siento a mis anchas. Peeero, soy escritora de novela romántica, y de vez en cuando, me tienta la idea de publicar extractos…

Y como ves, no hago el menor esfuerzo por resistirme a la tentación.

Cuando tengo el “gusanillo romántico”, siempre pienso en escenas con las que disfruté de manera especial mientras las escribía. Es el caso del siguiente extracto, que aunque pertenece al mismo capítulo, publicaré en dos entradas distintas. Lo hago así porque el cuerpo central de la página es angosto, y el post resultaría demasiado largo.

Entrando en materia, así como en su momento comenté que mi protagonista masculino preferido de la Serie Sintonías es el que aparece en Primer amor, ahora diré que, sin ninguna duda, la historia que más me gustó escribir es ésta, Amigos del alma, a la que pertece el extracto, cuya primera parte publicaré hoy. Por muchas razones, es una novela muy especial para mí, pero no te preocupes, que no me enrollaré con eso ahora :-)

Para ayudarte a que centres el tema, aquí tienes la sinopsis:

«Cuando le preguntaron a Jason Brady, el flamante entrenador de Los Tigres de Arkansas, si consideraba que haber conseguido ensamblar un buen equipo en tiempo récord, y mantenerlo en buena posición -a pesar de la plaga de lesiones que sufren desde el primer partido-, era el logro más peleado de su vida, él contestó con su sonrisa seductora y su talante de ganador: «No, hombre… Mi logro más peleado fue que mi chica me dijera que sí». Cuentan que la sala de prensa estalló en carcajadas: además de su gran sentido del humor, hasta los cronistas hombres admiten que no es, precisamente, del tipo al que las mujeres le dicen «no». Pensaron que había sido una broma, una al mejor estilo Jason Brady.

[…]Todas las personas con las que he hablado coinciden en una cosa: Jason y Gillian son como dos gotas de agua… Pero lo que los distingue de otras grandes amistades, es que al parecer mantienen una especie de conexión mágica que los fortalece y los complementa, y es un atributo exclusivo de las almas gemelas.

[…]¿Cómo pasan dos personas de ser carne y uña, los mejores amigos durante más de una década, a convertirse en pareja sentimental?

¿Qué circunstancia tan especial, nueva y determinante puede llevar a dos personas que han mantenido un nivel de comunicación tan profunda, a estrechar lazos?

Bueno, lo que el entrenador Brady dejó claro con su comentario en la sala de prensa es que, a) no fue fácil; b) no fue sincronizado; y c) fue él quien puso el balón en movimiento…»

Diane Lilly, Glam Magazine.

Jason Brady y Gillian McNeil son…

Amigos del alma, una historia de almas gemelas.

Y para que puedas ponerte en situación, te cuento en tres frases qué ha traído a mis personajes a las circunstancias que narra el extracto:

Un suceso inesperado hace que Jason se dé cuenta de la verdadera naturaleza de lo que siente por su amiga del alma, y con la seguridad que caracteriza todos sus movimientos -dentro y fuera del terreno de juego-, “pone el balón en movimiento”. O sea, abre la caja de los truenos. Ni siquiera se le cruza por la mente que Gillian le ponga pegas; después de todo, es una mujer, y a él, las mujeres nunca le dicen que “no”.

Pero Gillian, cuyo sentido común es tan grande como la vanidad de Jason, no le permite siquiera acabar de explicarse: cierra la caja de los truenos de un golpe seco, coloca en el fondo del freezer la amistad cómplice que hasta entonces compartían, y las cosas se tornan realmente difíciles para el mejor quarterback de la liga…

Ahora sí, te dejo con el primer extracto “inédito” de Amigos del alma.

Que disfrutes de la lectura, y hasta la próxima.

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Amigos del almaDomingo, 11 de junio de 2006

Riverfront Park,

Little Rock, Arkansas

Jason conocía a Gillian muy bien. Sabía que lo iba a poner bajo la lupa, estudiando cada uno de sus movimientos, pasando cada palabra y cada gesto por su trampa caza-ligones hasta que tuviera la certeza de que no había incoherencias. Y que sólo entonces, consideraría su propuesta seriamente. Y firme seguidora de la cultura «slow» como era, Jason también sabía que el proceso podría tomar… Sólo Dios sabía cuánto.

Contaba con eso.

La cuestión era que si la flamante vivencia del amor era estremecedora para cualquier primerizo, para un hombre caliente como él, estaba resultando una experiencia límite: amor y deseo corrían una carrera loca, con el pedal a fondo y la adrenalina subiendo imparable, convirtiéndolo, literalmente, en una bomba de tiempo.

La distancia que ella imponía tácitamente, lo esquiva que seguía siendo con él, no hacían más que hostigar su sangrante ego, avivando a su vez, una pasión incendiaria que él intentaba controlar de la única manera que podía; a golpe de entrenamiento. En circunstancias normales, ella se habría dado cuenta y puesto remedio, o al menos, paliativo. Gillian también conocía a Jason muy bien. Pero él tenía toda la impresión de que, concentrada en diseccionarlo bajo el microscopio, no se daba cuenta de que en la retaguardia, su resistencia estaba a punto de capitular.

La necesitaba desesperadamente. A la amiga tanto como a la mujer.

Sin ella ya casi no podía ni respirar.

Jason volvió a echar un vistazo por encima del hombro.

Gillian seguía de pie junto a unas atracciones conversando con Mandy. Para variar, ni lo miraba. Y él, para variar, tenía que programarse para quitarle los ojos de encima. Y para dejar de alucinar consigo mismo: camiseta de mangas cortas, de esas que dejan el estómago al aire, bermudas y bambas. Todo color negro, igual que el lazo que llevaba en el pelo. Lo más sugerente que había a la vista eran sus tres pares de músculos abdominales ligeramente marcados. Pero a este nuevo Jason, ni los contoneos de una estrella del porno en ropa de trabajo conseguirían inspirarlo más.

«Esa mujer es la caña», pensó y un instante después, cuando recordó dónde había oído esa frase antes, no pudo evitar una sonrisa irónica.

Jordan al detectar el gesto, lo codeó para llamar su atención. Habían ido a por helados para todos y esperaban frente al puesto atestado de niños.

¿Qué? ¿Cómo va la cosa?

Se lo piensa —contestó sin más. Y procuró poner su atención en los críos que estaban volviendo loco al heladero cambiando de idea sobre si chocolate o vainilla cada dos segundos y quitarla de esa mujer que lo encendía sin mover una pestaña y encima, ni siquiera se daba cuenta del terremoto que desencadenaba a su paso.

Eso es bueno —dijo Jordan, divertido. Acompañó sus palabras con un par de palmaditas en el hombro de su amigo quien le dedicó una mirada tan gráfica que no requirió más explicaciones—. Es bueno. Le dijiste que volverías a Dallas si ella te lo pedía. ¿Te lo ha pedido?

Jason negó con la cabeza.

¿Lo ves? Tú ten paciencia.

Ya, pero ser paciente con el sexo opuesto no era uno de sus puntos fuertes. Jason volvió a mirarla de refilón. Ella charlaba con Mandy mientras se recogía el cabello con el lazo. Sus ojos quedaron atrapados en el vaivén de esa mata larguísima que zigzagueó en el aire como la cola de una sirena.

Lo siguiente fue una descarga que puso todo su cuerpo a latir al ritmo del corazón.

Joder —murmuró sin darse cuenta.

Y dos segundos después, clavó la vista en la pila de cucuruchos que había sobre el mostrador frente a él.

Jordan lo miró con cariño y no hizo más comentarios.

Les tocaba pedir y eso hicieron.

Poco después, con once helados repartidos entre los dos se disponían a volver donde estaba el resto de la familia cuando oyeron que alguien llamaba a Jason.

«¡Jason Brady! ¡No me puedo creer que seas tú!», dijo una voz alegre.

Y de mujer.

Ambos se volvieron a mirar. Jordan sonrió divertido. Jason meneó la cabeza.

¿Qué te apuestas a que ahora sí que me está mirando?”, pensó.

Amigos del alma, (extracto) Capítulo 18.

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© Patricia Sutherland

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Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.


Novela romantica Primer amor, un extracto romántico para el día de San Valentín

Aunque los tres protagonistas masculinos de mi Serie Sintonías son hombres singulares, nunca he ocultado cuál de ellos me robó el corazón desde el principio.

Y no sólo ha robado el mío; desde que viera la luz la segunda de la serie, que lo tiene de protagonista, mi chico de ficción favorito se ha convertido en un auténtico coleccionista de corazones… ¿Por qué? Ah, por muchísimas razones que podría explicar con lujo de detalles, pero no tengo la menor intención de hacer.

En cambio, haré algo mejor.

¿Qué tal si te dejo «pispear» una de sus puestas en escena? Eso lo explicará mejor que mil palabras, te lo aseguro. Gusta la idea, ¿eh? Me lo imaginaba :-)

Te dejo, entonces, con este extracto de Primer amor.
¡Que tengas un San Valentín de película!

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mark_primeramorMark aparcó frente a casa de Shannon y cerró el contacto. Sabía muy bien que ella no iba a invitarlo a subir. Tan bien como sabía que él no debía sugerirlo, pero no quería irse. Le apetecía pegarse a su piel, meterse en su cuerpo, saborear cada centímetro de ella. Y a falta de eso, le apetecía su risa, su espontaneidad.

Hacía tantos años que nadie conseguía siquiera entretenerlo más de un par de horas, que cada minuto que pasaban juntos se le hacía más difícil dejarla. Sin darse cuenta, Shannon había sacado a la superficie de las emociones de Mark un deseo que, de tan intenso, acabó convirtiéndose en necesidad: la de encontrar esa mujer que lo complementara. Un deseo de cuya intensidad Mark solo fue consciente cuando la vio y supo que esa mujer, era ella. Cuatro meses después, la piel se lo pedía a gritos.

—Aunque casi ni yo puedo creérmelo, me lo he pasado genial. Gracias, Mark.

Su voz lo sacó de su ensimismamiento y cuando la miró, ella sonreía.

—¿Y por qué “casi no te lo crees”?

Shannon lo miró con picardía.

—No suelo esperar pasarlo bien con alguien que piensa que las mujeres de hoy día somos huecas por dentro…

—¿Habrá ayudado la paliza que me diste jugando a los dardos?

Shannon rió divertida. Le había dado un palizón.

—Habla en tu favor que no dijeras, como todos, que te dejaste ganar.

—No me dejé ganar —Mark se acomodó con la espalda contra la puerta del conductor—. Pero aunque fuera así, no te lo diría.

—¿Siempre eres tan caballero?

Ella lo miraba con su expresión de niña, un poco dulce, bastante desafiante. Y él se moría por quedarse, subir con ella, hacerle el amor. Pero había dicho que le daría el tiempo que necesitara para resolver lo que tuviera que resolver. Asintió con sus ojos claritos clavados en ella.

—Siempre.

Una sonrisa radiante apareció en la cara de Shannon, que asintió varias veces con la cabeza, y se volvió para apearse.

—No te muevas —pidió él, reteniéndola por un brazo. Ella lo miró interrogante. Lo vio indicarle con la mirada que se quedara sentada, luego apearse, dar la vuelta por delante del monóvolumen y abrir la puerta del acompañante.

Las veces que una escena parecida se había repetido entre ellos volvió a la mente de Shannon. Entonces, pensaba que él lo hacía para ponerla nerviosa. Ahora, empezaba a dudar que aquel hombre hiciera algo más que lo que le diera la gana en cada momento. Entonces, a ella le molestaba. Ahora, le encantaba.

Shannon sonrió a modo de agradecimiento, ambos caminaron hasta la puerta de su edificio.

—Quién le habría dicho a la cría de los pelos azules y la ropa punky que un día saldría con un caballero de la corte del rey Arturo… —comentó ella, risueña, y sacó las llaves del bolsillo de su abrigo. Mark se las cogió de la mano y abrió la puerta.

—Quién le habría dicho a esa cría que un día le encantaría salir con un caballero de la corte del rey Arturo —matizó él.

Le devolvió las llaves, rozando suavemente sus dedos con los de ella. A Shannon un cosquilleo muy agradable le recorrió el cuerpo. A él, un escalofrío. —Hoy lo voy a tener complicado —continuó él, suavemente—. No creo que acabe hasta las cinco o las seis. Y después quiero llevar a Patty y los críos por ahí, a pasear…

Shannon asintió. Mark probó suerte.

—¿Te apetece que nos veamos un rato sobre las once o así? Podríamos ir a bailar o donde quieras…

—Yo también tengo un día complicado. Nos hablamos y vemos ¿te parece?

No, no le parecía. Quería verla. Necesitaba saber que la vería.

—Vente a comer al rancho y luego, si puedes, te apuntas a la salida.

Era más que una sugerencia: un deseo expuesto al mejor estilo Mark Brady, con tanta dulzura como determinación que a ella le supo a caricia.

—Los sábados como con Cathy… —dijo ella, sonriendo.

—Tráetela.

Shannon se quedó mirándolo. Esas formas suyas empezaban a gustarle demasiado. Y su propia reticencia a rebelarse a tanta determinación, demasiado poco.

—Es una idea —se sorprendió diciendo, en vez del “ya veremos” que tenía pensado contestar.

Lo vio asentir sonriendo, ponerse las manos en los bolsillos y dar un paso atrás.

Era hora de irse, y se marchaba.

Shannon no pudo evitar pensar que irse sin al menos intentar quedarse, no era propio de un hombre en estos tiempos. Por más Mark Brady que fuera el hombre en cuestión. Las ganas de tentarlo fueron irreprimibles. Tantas como las que tenía de que la noche no acabara, de seguir con él, sintiendo lo que solamente él podía hacerle sentir, solo con mirarla.

—¿Ya te vas? —le preguntó suavemente sin perderse gesto.

Vio sus ojos claritos, brillantes, enfocar en ella durante una eternidad. Al final, lo vio asentir levemente, con una expresión dulce en la cara.

Shannon sonrió de oreja a oreja.

—Eres todo un personaje…—le dijo divertida—. La tentación de tentarte fue demasiado grande… Lo siento, no pude evitarlo.

Mark enarcó la ceja, burlón.

—Soy un hombre, Shannon. En el más amplio sentido de la palabra.

—¿Los “hombres en el más amplio sentido de la palabra” no se tientan?

Ella se apoyó contra el marco de la puerta de cristal, manteniéndola abierta con su cuerpo, y se dispuso a mirarlo a gusto mientras él avanzaba el paso que había retrocedido, y se detenía frente a ella. Lo vio apoyar una mano sobre el borde del marco, por encima de su cabeza.

Shannon miró de reojo el brazo descansando contra el marco, y luego a él, desafiante.

—Me tientas —admitió él, y dio otro paso hacia ella—. Toda tú.

A esa distancia, no solo su perfume masculino la rodeó. Podía sentir con intensidad, sensaciones vibrantes que no acertaba a decidir si eran solo suyas, o de los dos.

—Podría dejarme llevar —continuó él buscando su mirada—. Pero si solamente quisiera eso, lo podría haber hecho desde el principio ¿no te parece?

—Te freí a calabazas —susurró ella—. No tuviste ocasión.

Mark dio un paso más. Estaba tan cerca que ella tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Si hubiera querido seducirte, lo habría hecho —le apartó un rulo rebelde de la mejilla; la punta de los dedos le rozaron la mejilla y ella se estremeció—. No quiero seducirte. Quiero enamorarte. Quiero que cuando me mires veas el hombre de tu vida. Que para ti, nunca nadie se compare conmigo. Y que dentro de ochenta años sigas sintiendo exactamente igual —otro estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies. Esta vez, sintió que él también se estremecía, y se esforzó por mantener la mirada—. Me tientas, Shannon. Y me importas, como ninguna mujer me importó en la vida. Por eso me voy.

Sus palabras, el tono de su voz, su dulzura… Todo lo que fluía de él, más allá de lo que comunicaba verbalmente, fue como un gran abrazo amoroso, de una intensidad tal que la dejó sin aliento. Cuando él, a modo de despedida, se acercó a besarle la frente, ella aún contenía la respiración.

Capítulo 13 (extracto).

© Patricia Sutherland.

Primer amor, la más romántica de la serie Sintonías.

Disponible en papel y en todos los formatos digitales.
Primer amor, ebook. 

Pack Sintonías, tres novelas románticas

Primer amor, libro impreso.

¿Lo quieres dedicado por mí? ¡Es posible!

Nota: Para saber a qué viene que haya resaltado parte del texto en amarillo, echa un vistazo a ésto.

Princesa, mi nueva novela romántica – Extracto 3

 

Como lo prometido es deuda, aquí tienes el tercer y último extracto de Princesa.

Con él, me despido hasta el año que viene, deseándote de corazón que tengas una Feliz Navidad, y un 2010 lleno de deseos cumplidos…
Y, por supuesto, mucho, mucho romance ;-)

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             —Hola, vecina ¿qué, haciendo footing?

Tess se detuvo y se volvió hacia la voz con resignación. Por alguna razón que no acababa de comprender, su pelilargo vecino, con el que no había coincidido ni una sola vez en diez años, ahora era una visión recurrente, como si formara parte del paisaje.

Ella se miró su propia indumentaria deportiva en un gesto ostensible.

Ya que la respuesta resulta obvia —dijo al fin con una expresión fingidamente interesada—, deduzco que en realidad no era una pregunta, ¿verdad?

Desde el suelo donde desmontaba una pieza metálica, Dakota soltó la carcajada. Se puso de pie, meneando la cabeza incapaz de creer que aquella mujer pudiera ser tan rebuscada y que a pesar de serlo, le resultara tan jodidamente atractiva, aunque eso era harina de otro costal, y se dirigió hacia ella, limpiándose la grasa de las manos con un trapo.

Deduces bien —dijo con una sonrisa cautivadora—. Se llama hablar por hablar y la gente vulgar lo hace todo el tiempo ¿por qué no pruebas, a ver qué tal?

Ella jamás hablaba por hablar ¿acaso tenía algún sentido?, lo que no creía, en absoluto, que la convirtiera en alguien especial. Y en circunstancias normales, se lo habría dicho sin ambages. Éstas, no lo eran.

Simplemente, porque Tess se había quedado atrapada en aquella sonrisa. En sus labios delgados, perfectamente delineados, que lucían húmedos y de un color rosado fuerte, como si llevaran carmín. Podrían ser unos labios de mujer, pensó. Pero no pertenecían a una mujer, y la media perilla apenas una franja corta y estrecha de pelo que nacía debajo de su labio inferior y le llegaba hasta el final de la barbilla, daba fe de ello.

Dakota la miraba sonriendo, entre expectante y divertido, y ella…

Tess era consciente de que él se estaba burlando, y lo hacía con descaro, pero su cerebro, era evidente, había decidido ignorar la burla y concentrarse en aquella boca que, inexplicablemente, encontraba… ¿apetecible?

Inglaterra, concluyó ella mirando a otra parte con una creciente sensación de bochorno, no le estaba sentando nada bien si podía encontrar algo “apetecible” en aquel niño descarado. Y cargó las tintas sobre la palabra “niño” en un intento de que su propio cerebro recordara que la criatura tenía tan solo veinticuatro años.

Sin embargo, Tess no consiguió apartar la mirada lo bastante rápido, que no pasó desapercibida a Dakota. Entonces, un relámpago, cargado hasta los topes de energía, atravesó al hombre de la media perilla, despejándole todas las dudas que tuviera al respecto: jugaría aquel juego. A pesar de que era la peor idea del mundo, jugaría aquel juego hasta el final.

Todo su lenguaje corporal se transformó en un segundo, pero Tess, ocupada en sus propios pensamientos, no se percató.

Corriente —dijo ella mientras quitaba una pelusa imaginaria de su top negro, poniendo fin al incómodo silencio.

Él frunció el ceño. —Corriente ¿qué?

Se dice gente corriente —aclaró Tess—. Es lo más apropiado en este caso.

La sonrisa apetecible volvió a hacer acto de presencia, aderezada con una pizca inocultable de desafío, anuncio de la carga de profundidad que él estaba a punto de lanzar.

Te gusto cantidad, ¿eh?

Ella alzó las cejas, sus ojos lo escrutaron como si todo él fuera un código cifrado.

Gustar era un concepto muy amplio, pensó Tess, y muy relativo; también le gustaban los mojitos y el tabaco, y hacía más de dos años que no probaba ni lo uno ni lo otro.

Ya lo creo —replicó ella, en tono de guasa, dispuesta a practicar aquel arte insólito de hablar por hablar, ya que él decía que era tan “vulgar”—. Aún no he decidido qué me gusta más de ti, si tu corte de pelo estilo Kurt Cobaine después de un mal viaje, o tus modales exquisitos. Especialmente, cuando bebes latas de gaseosa —hizo una pausa para mirarlo, altiva—. Pero no te apures, cuando lo decida te lo haré saber.

No esperaba enojarlo aunque, desde luego, le habría gustado, y efectivamente, no lo enojó. Al contrario, lo vio asentir repetidas veces con la cabeza sin perder la sonrisa, y Tess tuvo la sensación de que él continuaría con las puyas, pero no fue así.

¿Cuándo vuelves a Boston?

Me voy el sábado —replicó ella, preguntándose a qué se debía aquel inesperado cambio de tercio.

¿Tan pronto? La echaría de menos. Hacía siglos que lo más interesante que Dakota encontraba en la parcela vecina eran los tangas de la hija menor de los Gibb, secándose al sol.

Cuando había sol, claro.

Tres días no daban para muchas florituras con una mujer como aquella.

Vale. Entonces, nada de florituras. —Así que la cosa está entre mi pelo y mis modales —comentó él, divertido, al tiempo que le daba la espalda y se dirigía al interior del garaje.

A Tess le pareció que él volvía para ocuparse de su “princesa” de hierro, su moto, a la que siempre estaba limpiando y sacando brillo, pero en aquel momento Dakota se quitó la camiseta, y un instante después, cuando ella aún no había tenido tiempo de recuperarse de la sorpresa, él se llevó una mano al cabello, y lo liberó de la banda con que lo sujetaba en una coleta baja.

A continuación, se quedó tal como estaba, exhibiéndose con desparpajo, esperando pacientemente a que la medicina hiciera efecto.

Los ojos de Tess siguieron los trazos del dragón bicéfalo de dientes amenazadores, cuyas alas desplegadas rodeaban los hombros de Scott, como si estuvieran abrazándolo. Su sinuoso cuerpo, cubierto de escamas, zigzagueaba a lo largo del eje central de la espalda masculina, con una belleza transgresora propia de las obras de Don Ed Hardy.

Aquello era un festín visual en escala de azules, violetas y rojos, volcados sobre un lienzo excepcional.

Sin embargo, Hardy no podía haber sido el autor de aquel tatuaje. Entre otras razones porque ya se había retirado antes de que Scott naciera.

Y además, ni siquiera alguien con semejante sentido de la estética, habría podido concebir una visión tan fantástica como aquella voluptuosa cola dentada de dragón desapareciendo bajo la cintura de los calzoncillos, que asomaban, sugerentes, por encima de los tejanos.

 La sola idea de averiguar cómo sería el final del tatuaje la hizo suspirar. Entonces, Tess volvió a la realidad, roja de vergüenza, y Dakota, con una sonrisa radiante, se echó la prenda al hombro, dando por finalizado el espectáculo.

Acabo de hacerte más fácil la decisión ¿a qué sí? —dijo, mirándola de soslayo antes de atravesar la puerta que comunicaba el garaje con la vivienda—. Por si no nos vemos de nuevo, que tengas buen viaje.

Vaya, si lo había hecho.

Tess acababa de descubrir que le encantaban los dragones.

En especial, los de cola dentada.

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© Patricia Sutherland

 

Princesa, mi nueva novela romántica – Extracto 2

Aquí va otro fragmento romántico de mi nueva novela, en esta ocasión un poquito más sensual. Para compensar los fríos polares que azotan la península, ya sabes ;-)

Que lo disfrutes, y hasta la semana que viene.

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Tess echó un vistazo a su alrededor. Una de las tres chicas que ocupaban la mesa próxima, dejó de hablar al ver que ella las miraba, y entre risas y cuchicheos siguieron a lo que estaban tan pronto Tess apartó la vista. Se preguntarían qué hacía un “chico como él” con una “anciana como ella”, era evidente. Lo cual no hizo más que confirmarle sus propios pensamientos; no debía permanecer allí por más tiempo.

Escucha… —empezó a decir. Dakota alzó los ojos por encima de su vaso de café y la miró, haciendo que ella deseara que la tragara la tierra. ¿Qué estaba haciendo allí con aquel niño guapo que apenas acababa de cumplir los veinticuatro? ¿Acaso había perdido el juicio?—. Creo que esto no es una buena idea.

Y no acabó de decirlo, que ya estaba manoteando sus cosas para irse. Se habían encontrado por casualidad, era cierto, pero ella sabía perfectamente cuáles eran sus pretensiones, ya que él, en ningún momento, se había molestado en ocultarlas.

Lo mejor es que me vaya —añadió con decisión.

¿Qué no es una buena idea? —apuntó él, risueño, al tiempo que tiraba suavemente de su manga, instándola a que volviera a sentarse— ¿Esperar a que deje de diluviar mientras tomas café en un Starbucks?

Tess suspiró. Se sentó a regañadientes, pero no se quitó el abrigo porque no pensaba quedarse. No debía quedarse. Diría lo que tenía que decir, y luego se marcharía. Diluviara, o no.

Vivo en Boston, soy mucho mayor que tú, y mi hermana, que vive aquí y es de tu misma edad, está enamorada de ti.

¿Y…? —replicó él, de lo más fresco.

No seas cruel… —lo reprendió, como si se tratara de su hijo adolescente—. Y no te atrevas a tomar sus sentimientos a la ligera.

Él, sin embargo, lo tomó como solía tomarse todas las cosas; a broma.

¿Cruel? —dijo Dakota, aguantando la risa— Joder, deberían multarte por hablar así…

Pero a Tess no le hizo ninguna gracia. Se limitó a bajar la vista mientras esperaba que las carcajadas cesaran, cosa que no tardó en suceder.

A ver, ricura… —empezó a decir él con un tono no exento de cierta ternura—. Primero, paso de tu hermana, y segundo, estoy aquí contigo porque quiero…

Al ver que ella seguía con la vista baja, Dakota dejó la frase a medias. Extendió una mano y atrajo su barbilla, obligándola a mirarlo.

Ambos se estremecieron.

Y ambos intentaron ocultarlo a su manera: ella apartó la cara, evitando el contacto; él continuó hablando con su inseparable sonrisa burlona pegada en la suya:

Que yo sepa, no te he pedido nada. Solamente te he invitado a un café… Así que, no le busques la quinta pata al gato, ¿vale?

No lo has hecho, pero lo harás —sentenció Tess, y lo miró directamente a los ojos, ignorando el calor que le arrebolaba las mejillas.

Vaya.

Esto es poner la directa —pensó Dakota al tiempo que se recostaba contra el respaldo, alucinado—, y lo demás, son chorradas”.

La estudió un buen rato, en silencio, sin salir de su asombro. Desde la última vez que se habían visto, cuatro meses atrás, algo había cambiado en la forma en que se relacionaban. Esta conversación no tenía nada que ver con la “batalla dialéctica” que habían compartido en el verano a través de la valla que separaba los patios traseros de sus respectivas casas. Tampoco con el tono de los “consejos sentimentales” que le había ofrecido por email. Entonces, al recordarlo, él cayó en la cuenta de otro detalle. Tess le había asegurado que no volvería a Londres por Navidad, que no planeaba “disfrutar de otro jet lag” en mucho tiempo.

Pero era Navidad, y ella estaba en Londres. Tomándose un café con él, aunque dijera que era una mala idea.

El corazón de Dakota lo festejó con un redoble antes siquiera de que la pregunta acabara de tomar forma en su mente…

¿Había regresado por él, para volver a verlo?

Al primer redoble siguió otro, y otro más…

Y luego, una sucesión de estremecimientos, anunciándole que el número de revoluciones se acercaba peligrosamente al límite…

Y finalmente, una sonrisa incrédula… Cuando él se descubrió agradeciendo que aquel bendito lugar estuviera tan lleno de gente, y que ella, la mujer culpable de ponerlo como una moto, fuera alguien tan poco dado a los numeritos. De otra forma, el espectáculo estaría servido.

Sin embargo, cuando instantes después, Dakota volvió la vista hacia ella, él ya no sonreía. Lo vio incorporarse en la silla e inclinarse hacia adelante sobre la mesa, hasta que ambos estuvieron muy cerca. Tess arqueó las cejas en un gesto característico que solía poner cuando aquel niño impertinente decía algún sinsentido, o ella intuía que estaba a punto de hacerlo.

Pero mientras él permanecía en silencio, sus ojos se ocupaban de desnudarla, y ahora le devoraban los labios…

Dejando a Tess, literalmente, sin aire.

Dime una cosa, nena… —murmuró, al fin. Su mirada ardiente se desplazó de la boca femenina, a sus ojos— ¿tengo pinta de ser de los que lo piden?

Ella tardó en sobreponerse al devastador efecto de aquel avance inesperado.

Tardó en conseguir que su respiración volviera a la normalidad, y también en lograr que el cerebro fuera capaz de centrarse nuevamente.

Con la vista fija en la pajita con la que removía su Mocca Frapuccino, a salvo de la intensidad de aquella mirada que aún la hacía temblar, Tess se tomó su tiempo, sabiendo que recuperaría el control de sus emociones. Así había sido siempre: no había llegado tan lejos en su vida y en su profesión por ser alguien voluble, precisamente.

Y así continuaría siendo.

Lo harás, Scott —respondió cuando estuvo segura de que su voz sonaría firme y serena—. Y yo te diré que no. Porque vivo en Boston, soy mucho mayor que tú, y mi hermana está enamorada de ti… ¿Podrás soportarlo?

Ella se puso de pie y cogió sus cosas. —No tienes pinta de ser de los que soportan que una mujer les diga que no.

Tess se alejó sin que Dakota hiciera el menor ademán de detenerla.

Su mirada, en cambio, dominada por el fuego que aún ardía en su interior, la siguió hasta que ella abandonó el local y se mezcló con la multitud que atestaba la calle.

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© Patricia Sutherland

 

Nota del 13/03/2011:  esta entrada ha sido editada para actualizar el texto extractado de la novela, a la versión final de la misma.



Mujeres que salen con hombres más jovenes—II.

Mujeres que salen con hombres más jovenes – II.
La diferencia de edad en la vida real y en la ficción.

Hace varios meses, cuando abordé el tema del creciente número de relaciones que se establecían entre mujeres y hombres varios años más jovenes que ellas, comenté que tenía en mente el argumento de una novela cuyos protagonistas reproducían este patrón. Concretamente dije:

Así que volviendo a la ficción, tengo a mi protagonista femenina, una mujer de treinta y cinco, con una profesión que la apasiona pero consume la mayor parte de su tiempo. Desde que se independizó de sus padres apenas cumplida la mayoría de edad, siempre ha vivido sola y nunca se le ha pasado por la cabeza formar una familia, ni siquiera es consciente de su «reloj biológico». Hasta que por eso de que los polos opuestos se atraen, el que ejerce tal magnetismo sobre ella es uno, entre otras cosas, bastante más jóven. ¿Cuánto más? Todavía no lo veo claro.

Finalicé aquel post, que puedes leer aquí, pidiendo tu opinión en forma de comentario. Algún tiempo después añadí una encuesta: «Él es diez años menor que tú. ¿Importa la edad a la hora de plantearte una relación seria con él?». Ofrecí tres opciones: a) No; b) Sí; y c) Tendría que pensármelo.

Y adivina ¿qué? Ha ganado el «no», lo cual me convenció de que si al 56% de las votantes no les importa la diferencia, y otro 23% no lo descarta aunque se lo pensaría ¿por qué mi protagonista femenina iba a alinearse con la minoría? De eso, nada :-)

De modo que aquí estoy, después de tres largos meses de ausencia. He vuelto con la Primavera, pero no lo hago con las manos vacías: te dejo la portada de mi nueva novela, Princesa, de la que irás recibiendo más información las próximas semanas…

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Y si eres la dueña de uno de los comentarios o votos que tanto me han ayudado a definir un aspecto importantísimo de esta historia, un «gracias» enorme.

Melodías y palabras-II

La banda sonora de mi última novela, Amigos del alma.

Hace varios meses en esta entrada comentaba que la música es un ingrediente importante de mi vida. Ya sabes, hay quien se levanta y dice no ser persona hasta que se toma un café; otros, como yo, ponemos música antes de sacar los pies fuera de la cama. Cuando Apple lanzó el IPod, para mí fue un día de fiesta: poder comprar las canciones individuales que me gustaban, descargarlas en un abrir y cerrar de ojos y tenerlas siempre disponibles en un aparatito que cabe en el bolsillo monedero de los vaqueros… Sencillamente ideal.

Y como ya te estarás imaginando, a la hora de escribir siempre está presente, ayudándome a conseguir el estado mental adecuado para cada escena y cada capítulo. Por eso hoy quiero dedicarle esta entrada a los 5 temas de la banda sonora de Amigos del Alma. ¿No es una pena que las novelas no las incluyan en los «créditos» como se hace en las películas?

Aquí va entonces, mi reconocimiento a estas canciones, sus creadores y sus intérpretes por los momentos increíbles que me proporcionaron:

  1. Every Time I Hear Your Name, Keith Anderson.
  2. Since You’ve Been Gone, Day26
  3. Slow Down, Bobby Valentino.
  4. Moving Mountains, Usher
  5. Kill Me Now, Rio Grand  (Canción No.4 de su reproductor web)

Amigos del alma, una historia de almas gemelas: sus protagonistas – II

A la protagonista femenina de Amigos del alma, no le di belleza física como hice con las de las primera y segunda entrega de la serie. Gillian tiene algo que yo llamo grandeza de espíritu, que la hace poderosa en el buen sentido de la palabra, porque tira de lo mejor que hay en cada uno. Es de ese tipo de persona, que todos hemos conocido alguna vez en la vida, a cuyo lado te sientes bien, a gusto. No entiendes muy bien cómo sucede, pero sucede.

Aunque Jason hable de lo mucho que le gusta su pelo largo y sus formas divertidas, la verdad es que lo que lo encadena a ella es que para él, Gillian es gigante.

Y efectivamente lo es, por su esperanza imbatible y su profunda capacidad de agradecimiento.

Esta es Gillian McNeal, el ángel de Sintonías.