Ha vuelto el frío… ¡ideal para acurrucarse en el sofá con un buen extracto romántico!

Me han pedido que “no fuera mala” (lo siento, Bri ;), de modo que hasta después del preestreno no publicaré más nada sobre Princesa. Pero yo sigo con el gusanillo romántico, así que he pensado ofrecerte un avance de la novela en la que estoy trabajando.

No se trata de un proyecto nuevo, lleva en mi baúl de los recuerdos varios años, pero la he recuperado. Y fíjate, a pesar de los años transcurridos desde que la escribí, me ha vuelto a cautivar. Vendrá en primavera, también con una sorpresa bajo el brazo, de la que te diré más a partir de marzo o abril. Ahora te comento que se trata de una novela de las que a mí me gustan (como lectora, no sólo como escritora): tres historias de amor que se enlazan, mucho romance, y más sensualidad que sexualidad… Después de Princesa y la bruma londinense, he regresado a mis orígenes románticos con una novela que se desarrolla en Tennessee, en el seno de una numerosa familia de rancheros, y en torno a un suceso deseado y muy esperado por todos: la próxima paternidad del hijo mayor de la familia.

Lo que te traigo hoy es material fresquito -”recién reformado”- de una novela que todavía tiene título provisional: Mystic Oaks (el título original no me ha cautivado :-) y voy a cambiarlo, pero aún no he tomado una decisión al respecto). Se trata de una escena entre Tim Bryan y Samantha “Sam” Keats, la pareja protagonista de una de las tres historias románticas de esta novela. Los dos tienen un pasado de encuentros y desencuentros con el amor, ella incluso ha compartido casa con uno de sus desencuentros. Tim es el mediano de tres hermanos, tiene 30 años, y aunque es veterinario, trabaja en el rancho familiar. Sam es una urbanita acérrima, tres años menor que él. Empezó en el mundo de la publicidad para pagarse la carrera, y le fue tan bien que desde entonces tiene que hacer milagros con el tiempo para poder acabarla. Es muy amiga de Chris, la cuñada de Tim. Durante tres años, sólo coinciden en cumpleaños y demás celebraciones de los Bryan a las que Sam acude como invitada. No parece haber química entre ellos. Se conocen, y eso es todo. Pero, ya sabes, un día sucede algo… Él la mira, ella sonríe, los dos apartan la vista… y ¡voilá! ¿Fácil, eh?

De eso, ni hablar.

Te prometo que en este caso, no será nada fácil ;-)

Bueno, basta de cháchara. Aquí te dejo con una mis nuevas parejitas. Espero que te guste ;-)

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Sam ya se sentía nerviosa al ponerse en marcha hacia Mystic Oaks, el rancho de los Bryan. Había quedado a tomar el te con Chris, y ayudarle a elegir ropa de cama del último catálogo de Liz Claiborne. Ahora que acababan de abrirle la verja electrónica y tenía delante el camino que llevaba a la casa, no estaba tan segura de querer entrar.

Hacía más de una semana que le había dado su teléfono a Tim y él no la había llamado. En un principio había intentado no darle importancia al tema. Tal vez estuviera muy ocupado. Tal vez ni siquiera hubiera salido del rancho con tanto trabajo. Tal vez…

Pero si Tom, el hombre más ocupado del planeta en relación a ella, había encontrado tiempo para llamarla e invitarla a tomar algo… Había aceptado más por rabia que por interés, pero debía admitir que lo habían pasado bien. Chris tenía razón en eso: Tom, de buen rollo, era un tipo súper divertido y agradable.

La cuestión era que por alguna extraña razón, el mediano de los Bryan tenía su tarjeta, tenía su permiso para invitarla. Y no lo hacía. Por más que le daba vueltas al asunto, no acababa de entender lo que sucedía. ¿Tendría idea ese rubito de espalda portentosa y culo bestial lo cotizado que estaba su número de teléfono?

Por lo visto, no.

Y desde luego, ni estaba acostumbrada ni toleraría aquel flagrante “no sabe, no contesta”. Se plantaría delante del “rubito” y se lo preguntaría directamente. A ver qué tal aguantaba el envite.

Pero cuando llegó el momento, las cosas no salieron como Sam esperaba.

Había subido el camino levantando una nube de polvo y al doblar en dirección a la casa, lo vio entre un grupo de hombres sudorosos, levantando una cerca.

Pantalones vaqueros, camiseta negra sin mangas –pese al frío que pelaba-, botas rancheras. Y sombrero negro.

Diosss, pensó, y luego esperarían que una señorita no perdiera la compostura ante semejante ejemplar de macho humano.

Tim tensaba la alambrada cuando la vio aparecer en su deportivo negro y Jim [su hermano, y el menor de los Bryan] por poco le arranca la mano de un tirón con el espino artificial que debió haber estado controlando, en vez de mirar lo que no debía…

Él soltó la alambrada que de tan tensa se llevó uno de sus guantes de trabajo. —¡Mierda!

Jim corrió hacia su hermano. — ¡¿Qué coño hacías, tío?! A ver, déjame ver la mano…

En un segundo, toda la cuadrilla rodeaba al accidentado.

Rápidamente, Sam detuvo el coche y se apeó. Se acercó a Tim, que inspeccionaba la herida al tiempo que refunfuñaba en voz baja.

—Sube, ven. Vamos a curarte esa herida— dijo, abriendo la puerta del acompañante.

Él le restó importancia con un gesto.

—Estoy bien…No es nada…

La voz de su hermano menor sonó a orden.

—Ve a curarte esa mano, tío. Haz el favor.

“Que no es nada”. “Que te largues”. “Que ya vale: no es nada”.

El intercambio duró unos cuantos segundos, hasta que Sam volvió a intervenir.

—¡Caballeros, un momento por favor! —voceó. Los hombres callaron y se volvieron hacia ella, que sonrió y continuó—. Gracias —miró a Tim—. Si no vienes conmigo a curarte esa herida, será lo primero que le diga a Chris. Ella correrá a decírselo a tu madre, que irá a buscar a tu padre…

Tim no la dejó acabar la frase. Exhaló un bufido, se echó el sombrero hacia atrás, rabioso, y subió al vehículo con las carcajadas y las bromas de la cuadrilla a modo de música de fondo.

Sam se sentó al volante y pronto se pusieron en marcha.

—¿Te duele? —quiso saber, mirándole la mano con ojos aprensivos.

Los de Tim, en cambio, tuvieron que esforzarse por no regocijarse abiertamente en ella. Llevaba el cabello sujeto en una coleta alta, unos vaqueros y una cazadora negra con forro de corderito, debajo de la cual se adivinaba un jersey violeta. Era hermosa, así, tal cual. Sin maquillaje, ni zapatos de tacón, ni nada de nada. Ella era preciosa, y él, un perturbado mental, que no podía dejar de mirarla.

—No —replicó.

Breve y conciso, pensó ella. Evidentemente, no estaba en plan comunicativo.

—¡Qué mala suerte! Esos alambres me dan grima… Un vez, de niña, jugando con mi hermano, uno muy viejo, no aguantó la tensión —claro, estábamos haciendo el indio encima de él— y cedió… Me hizo una brecha de seis puntos en la pierna…Todavía hoy me duele cuando lo recuerdo.— De pequeña, había sido un marimacho. La mayor parte de sus cicatrices databan de aquellas épocas.

Tim la miró de reojo.

—¿Y que hacía una nena jugando entre alambres de espino?

—¿Nena? ¡No, qué va! Mi feminidad tardó años en dejarse ver… Hasta los doce fui un terremoto. Los árboles y las alambradas me volvían loca… Los árboles me siguen tentando muchísimo, te digo… Esa higuera que tenéis detrás de la casa no ha dejado de llamarme desde que nos vimos por primera vez…

Tim no pudo evitar sonreír. Desde luego no se imaginaba a aquella mujer trepando a ningún árbol.

Sam aparcó delante del primer garaje y ambos entraron en la casa.

—¡Hola, niña! —– le dio la bienvennida Chris, pero al acercarse y ver a Tim, su expresión cambió completamente— ¡Dios! ¡¿Qué te ha pasado en la mano?! ¡Julia, ven! —exclamó mientras intentaba quitarle el pañuelo que envolvía la herida.

Tim no hizo el menor ademán de detenerse, y continuó andando hacia el baño mientras quitaba hierro al tema, asegurándoles que no era más que un corte.

Pero no lo consiguió del todo. En un minuto, se encontró rodeado por las tres mujeres, ninguna de las cuales le llegaba ni siquiera a la altura del hombro, que se arremolinaban y lo estaban volviendo loco con sus lamentos y sus preguntas.

—¡A ver! — la voz de Tim sonó lo bastante enojada como para hacerlas callar y, entonces hizo una pausa, y suavizó el tono— ¿Queréis salir del baño y dejarme tranquilo, por favor? Sólo es un corte. Puedo curarlo yo solito ¿vale? Fuera todo el mundo…

Julia, su madre, obedeció a regañadientes y se fue a preparar el té. Chris también obedeció y regresó al salón suponiendo que su amiga venía detrás.

Sam se quedó exactamente donde estaba.

—Trae…—pidió, al tiempo que cogía su mano lastimada y retiraba con cuidado el pañuelo que él había puesto a modo de vendaje.

Tim la miraba. Con aquella mujer, alucinaba. Cuanto más la conocía, más lejana le parecía del bombón en lencería súper sexy, que echado de costado sobre una elegante mesa puesta para una cena de gala, le daba la bienvenida a los recién llegados a Nashville, desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, decorando vallas publicitarias situadas a lo largo de cincuenta kilómetros.

Y más le gustaba.

Y eso empezaba a ser un problema.

Ella procedía como si no se diera cuenta de su mirada.

Con naturalidad abrió el grifo, cogió el cepillo de uñas que había junto al jabón y puso la mano lastimada bajo el chorro de agua…

—Aguanta un poco…—le dijo mientras limpiaba la herida con el cepillo— ¿Hay alcohol por aquí?

Tim se estiró hasta el botiquín y le alcanzó lo que pedía.

—Va a quemar, lo siento —advirtió, poniendo cara de dolor mientras echaba el líquido y lo dejaba correr sobre la lastimadura.

No era de cemento armado, y claro que le quemaba, pero, la verdad, estaba más concentrado en ella que en lo que sucedía en su mano. Estaba…

Hecho un imbécil.

Porque solamente un imbécil podía meterse en semejante brete.

Había algo entre ella y Tom [el manager artístico del hermano mayor de Tim]. Él no pintaba nada jugando de convidado de piedra, y ya podía parecerle la mujer más preciosa del mundo, seguía sin pintar nada en aquel asunto.

—Sabes curar heridas —dijo, por decir algo, y ahuyentar al “imbécil”.

—Claro. Ya te dije que de niña era terrible… —miró de cerca el desgarro que era más aparatoso que profundo—. Yo la dejaría al aire…

Tim volvió a estirarse y cogió venda y esparadrapo.

—Ya, pero yo necesito volver a ponerme los guantes.

Sam le quitó las cosas de la mano, con suavidad, y empezó a vendar la herida.

—Sí, se me olvidaba…¿Tienes mucho trabajo, no?

Él miró a otra parte con un sonrisa resignada. La veía venir.

—Por eso no me llamas —añadió.

Sam hablaba sin mirarlo, aparentemente concentrada en lo que hacía. Tim meneó la cabeza. No la había llamado pensando que ella entendería el mensaje, pero por lo visto, aunque lo había entendido, no se contentaba con eso.

Se inclinó hacia Sam, y buscó su mirada.

—No te llamé por tres razones. Uno. Estoy trabajando catorce horas al día y seguirá igual las próximas diez semanas. Dos. Hay algo entre Tom y tú. Tres. Soy un tipo muy, muy, muy serio y tú, alguien que esta familia quiere y respeta un montón. Yo no hago esa clase de cosas. ¿Te queda claro? Porque, verás, no quiero volver a hablar de ésto.

Sam sintió que se le subían todos los colores. ¡Vaya manera de pararle los pies! ¿Pero quién se creía que era?

—Eso es una soberana estupidez —replicó, imitándolo—. Por tres razones. Uno. Para llamarme, no necesitas más de treinta segundos. Ya sabes… “Hola, Sam, ¿qué tal va todo? ¿Por qué no te vienes a comer a casa el sábado?”. Dos. No tengo nada con Tom. Tres. ¿A qué jodida clase de cosas te refieres? Nos conocemos desde hace tres años. Ya me he dado cuenta de que eres un tipo muy, muy, muy serio. ¿Te has dado cuenta tú de que yo también lo soy? ¿O sigues viendo a la chica de las vallas publicitarias cada vez que me miras? Aclárate, guapo. Llámame o no me llames, pero por favor, no me vengas con chorradas.

Sam pasó por su lado y salió del baño echando humo por la cabeza. Pero a Tim le quedaba algo por decir…

—Te invitó al Bar Twenty3 [el local de moda, donde su presencia no pasaría desaparcebida]. Y dijiste que sí. ¿Por qué?

Ella se volvió, enojada.

—¿Por qué me invitó o por qué acepté? ¿Y cómo sabes tú eso?

—Te llamó delante de mí. Así es Tom cuando le tocan las narices. Quería que me enterara de qué iba la cosa. Y claro, no me quedó más remedio que hacerlo.

—Ajjj… Los tíos sois unos capullos impresentables… —soltó el aire en un bufido, y lo miró con los ojos brillantes de rabia—. Me invitó porque le voy, como a todos los tíos. Acepté porque él me lo pidió y tú no. Y hasta que llegue el día en que tú me lo pidas, seguiré haciendo lo que me de la gana con quien me de la gana. Y si no te gusta, lo lamento. ¿Te queda claro? Porque, verás, no quiero volver a hablar de ésto.

Dicho lo cual, Sam se dio la vuelta y desapareció de su vista.

Entró al salón, donde Chris la esperaba con el té a punto, y se puso su mejor sonrisa. Sabía que ella había oído la conversación. Lo vió en su mirada, pero se sentía demasiado enojada para hablar del tema. Y además, no había de qué hablar. Tim pasaba de Sam y ella pasaba de Tom. Así que, no había nada que contar.

Mientras Chris miraba el catálogo y le explicaba lo que quería para su recién decorado dormitorio, Sam vio por la ventana cómo Tim se alejaba de la casa por el camino de tierra que llevaba a la zona de trabajo. Sin volverse ni una vez. Sin hacer el menor intento de despedirse.

Para ella, la situación empeoraba por segundos. Antes de la conversación que habían mantenido en el baño, Sam era bastante capaz de mirarlo y comportarse normalmente. Ahora, sólo con ver su figura varonil desandando aquel sendero de tierra, tan imponente, tan indiferente, se le disparaba el corazón.

Y como dos horas más tarde seguía igual de enfadada y de interesada, comprendió que no estaba en condiciones de aceptar la invitación de Chris. No soportaría tenerlo cenando en frente, como si no hubiera sucedido nada. Así que sobre las seis anunció que se marchaba.

Los hombres seguían trabajando en la misma zona, sólo que ahora había anochecido y se alumbraban con focos alimentados por un generador. Tim estaba trabajando bajo la luz de uno de ellos, por lo que Sam pudo ver con claridad cómo él levantaba la cabeza de lo que hacía al oír un coche acercarse y la miraba.

Sam decidió, en fracción de un segundo, que lo suyo era saludarlo. Aunque fuera con un gesto, y lo hizo; sin sacar la mano del volante, intentó sonreír y lo saludó.

Él se enderezó, se quitó los guantes y cruzó el camino. Sam detuvo el coche y bajó el cristal. Esperó con el corazón latiéndole en las sienes… Tim se puso de cuclillas junto a la puerta, apoyando los brazos sobre el borde de la ventanilla.

—Se me dan mejor los animales que las mujeres, así que es posible que lo que voy a decirte no sea… — hizo una pausa y respiró hondo— lo que esperas oír, pero es lo que siento, ¿vale?

Sam mantuvo la mirada. ¿Cómo no hacerlo? Esos ojos azules eran dos poderosísimos imanes.

—Me gusta mirarte —empezó a decir él—. Y me gusta lo que siento cuando tú me miras. Me gusta lo que eres debajo de ese traje de mujer diez que llevas como si fuera una segunda piel… Pero no nos hemos conocido en un bar. Nos conocimos aquí, en la casa de mi familia. Es el sitio más sagrado del mundo para mí, así que…

Tim volvió a respirar hondo.

—Solamente podría haber más que lo que hay ahora, si… me enamorara de ti. Y no es el caso.

Sam sintió que se estremecía. Íntegramente. De la cabeza a los pies.

Jamás en la vida le habían dicho algo tan inesperado y tan frustrante, y aún así, hacérselo sentir como una caricia sensual.

—Y hasta que sea el caso —continuó él—, si alguna vez lo es, no voy a mover ficha, Sam. Espero que aceptes esto y lo respetes porque no voy a andarme con tonterías. ¿Vale?

Sam asintió con la cabeza. Encendió un cigarrillo intentando recuperarse y pensar. Había oído, sí, pero aún no lo había encajado.

—Me has dejado… grogui —admitió al rato, con una sonrisa—. No está mal para alguien a quien se le dan mejor los animales…

—Ya.

Sam suspiró. A continuación, se ajustó la coleta en un gesto de nerviosismo disfrazado de coquetería.

Él esbozó una sonrisa leve, y bajó la mirada.

—Está bien —convino Sam. Su voz mostró un punto de humor—, lo encajaré. No te preocupes… No te pondré contra las cuerdas… Eres el primer tío que se planta delante de mí a explicarme “por qué no”, y te aseguro que tiene su morbo… —ambos sonrieron—. Seré una buena chica, tranquilo. Y ahora, me tengo que ir…

Tim se puso de pie sin dejar de mirarla.

—Vale. Vuelve cuando quieras. Aquí siempre eres bien recibida.

Sam le guiñó un ojo y cerró el cristal. Tenía que largarse de allí cuanto antes.

Al salir del rancho y mientras veía por el retrovisor cómo la verja electrónica se cerraba, Sam tomó conciencia de la inesperada angustia que le oprimía la garganta, que la obligó a tragar una y otra vez hasta que consiguió dominarla.

Se había enamorado de Tim.

Menudo descubrimiento…

Ahora sólo le faltaba descubrir qué hacer con ese flamante sentimiento, ya que como él le había dejado perfectamente claro, no era correspondido.

© Patricia Sutherland

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 2º parte.

Aquí tienes la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Si no has tenido ocasión de leerlo, éste es el enlace de la entrada, que te recomiendo que leas no sólo por cuestiones de cronología, sino también porque contiene un resumen de la novela y algún comentario mío que te ayudará a ponerte en situación.

Espero que disfrutes de su lectura, y con ellas me despido hasta septiembre, deseándote que tengas un verano fenomenal.

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Bombón, extracto – 2ª Parte

Las cosas todavía seguían algo tirantes entre los dos cuando llegaron al Beer & Wine con Gillian, Jason y Mark, pero después de un par de partidas de billar y algunas risas con Jason, de a poco, Mandy se relajaba.

Jordan la conocía bien y sabía que lo peor ya había pasado: volvían a estar juntos, y aunque quedaba mucho por delante, para él era motivo suficiente para la sonrisa encantada que tenía desde hacía horas, que no se le quitaba con nada.

—Ya me he enterado de que has hecho un negocio redondo —empezó Mark, picándolo—. Aunque la verdad, pensé que habías vuelto por ella, no por la pasta.

Jordan le echó una mirada irónica. —¿Qué crees que pensaría si acepto trabajar como un cabrón por el mismo dinero?

Mark sonrió, divertido. —Me gusta tu técnica, tío. A ver si funciona…

Jordan volvió a mirarlo. Esta vez no contestó. Y no hizo falta. El mensaje era claro.

Funcionaría.

 

* * *

 

Aquel hombre llevaba diez minutos dándole conversación. Estaba con Mandy antes de que Jordan fuera al lavabo y cuando salió, aún continuaba allí. Así que en una reacción nada habitual, Jordan descubrió que sus pies habían decidido, sin consultarle, dirigirse a la barra. Y allí estaba, plantado delante de Mandy y aquel individuo, a segundos de tener que abrir la boca para decir algo, y sin la menor idea de qué.

—No te conozco. ¿Quién eres?

Su mente tampoco le había consultado aquello antes de ordenarle a su boca que lo dijera. Pero ya estaba dicho. Mandy sintió una súbita necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.

—Yo… le pedía un autógrafo —atinó a decir el larguirucho rubio que estaba junto a Mandy.

Jordan asintió. Se estiró, cogió una servilleta de la barra, sacó una estilográfica de su bolsillo y le dio ambas cosas a Mandy.

—¿A quién la dedico? —preguntó ella intentando aguantar la risa mientras se preparaba, estilográfica en mano, para estampar su firma sobre la servilleta.

—Peter —contestó el interesado.

Mandy garabateó un autógrafo dedicado que Jordan se encargó de entregar. —Autógrafo. ¿Algo más?

Peter se despidió rápidamente y tan pronto se alejó, Mandy soltó la risa mirando a Jordan con incredulidad.

—Era inofensivo —dijo, coqueta.

—Tú no.

Ella se apoyó contra la barra y se cruzó de brazos.

—¿Y eso? —preguntó con expresión divertida.

Jordan se colocó junto a ella, y la miró con ternura. —Y eso ¿qué?

—¿Qué quieres decir con eso de que “no soy inofensiva”?

—Como si no lo supieras…

—Es que no lo sé —insistió ella.

—A la hora de flirtear eres más peligrosa que mono con escopeta — Jordan miró de reojo al del autógrafo que había regresado con su grupo de amigos—. Rubio. Alto. Buen lomo. Cinco minutos más, y te lo habrías ligado —volvió a mirarla—. Y esto es Camden. Aquí no puedes ligarte a un tipo en el Beer & Wine y enrollarte con él. Mañana aparecería en primera página.

Como era habitual en aquel vikingo, y aunque en este caso concreto se equivocara, hablaba con conocimiento de causa. Mandy cogió su botellín de cerveza sin alcohol, pero Jordan se lo quitó de la mano, sirvió un poco en la copa y se la ofreció después de dejar el envase sobre la barra.

Jordan estaba en lo cierto. En otra época, Mandy lo habría hecho. Enrollarse con el hombre del autógrafo. Sin pensárselo dos veces. En ésta, sólo coqueteaba. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza nada más.

—El día que discutimos, dijiste… —Mandy hizo una pausa y lo miró—. Me llamaste… Bueno, no lo dijiste, pero casi. ¿De verdad piensas eso?

Jordan respiró hondo. Sabía que algún día el tema volvería a salir, pero no esperaba que fuera tan pronto.

—Me mataba verte tan hecha polvo…

Mandy esbozó una media sonrisa violenta. —Pero no dijiste eso. Dijiste otra cosa.

—Ya.

Había dicho algo completamente distinto. Estaba loco de celos.

—No me gusta esa parte de ti —admitió, finalmente. Mandy asintió y apartó la mirada—. Es una idiotez porque es exactamente lo que hacemos los tíos… No debería molestarme. Y si me dices que soy un cabrón hipócrita que te suelta monsergas a ti y luego hace lo mismo, tendré que aguantar… Pero soy hombre, sé lo que piensan cuando se levantan de tu cama, y sé lo que dicen… Y me molesta un montón que seas tú de quien lo dicen. Me saca de quicio.

Mandy se bajó del taburete y recogió las bebidas para llevarlas a la mesa. Se sentía tan incómoda que por momentos no parecía ella. ¿Desde cuándo que la censuraran le preocupaba? Se irguió y se colgó su mejor sonrisa.

—Eres un cabrón hipócrita —le dijo, desafiante.

Jordan sonrió.

—¿Le has aclarado a tu barbi que como me tope con ella van a tener que reconstruirle los implantes? —continuó Mandy mientras empujaba tres cervezas contra el pecho de Jordan, indicándole que las cogiera.

—Pena —replicó él, seductor—. Está como un queso.

Mandy le echó una mirada llena de ironía y se alejó con el resto de las cervezas sin hacer el menor comentario.

Sobraban las palabras, estaba claro.

Jordan bajó la cabeza para ocultar que sonreía.

¿Como un queso? ¿Y se lo había dicho al bombón de Amanda Brady?

Tendría que aprender a contar mentiras más creíbles.

 

Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

———————————

Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

 

Novela romántica Bombón, la más sensual de Sintonías. Extracto, 1º parte.

El calor ya está aquí, al fin, después de un invierno largo y una primavera mucho más inestable de lo habitual. Para mí es señal de que ha llegado la hora de apagar el portátil y recargar su batería, ¡y la mía!

Tenía planificadas dos entradas, de esas que ofrecen información útil que a mí tanto me gustan, pero he decidido dejarlas para la vuelta de vacaciones. Después de todo, es verano y lo que apetece es tumbona y relax ¿o no?

Así que he pensado ¿y qué tal si complemento tu bucólico descanso veraniego con un par de entradas que en vez de útiles, sean entretenidas?
Me refiero a “románticamente” entretenidas, claro.

El extracto que publicaré en dos partes corresponde a la primera de la serie Sintonías, Bombón. ¿Qué puedo decirte de ella? Bueno, además de ocupar el primer lugar de publicación -con lo importante que son los comienzos-, es la que tiene el mayor nivel de erotismo y también la que confiere el carácter de serie a Sintonías, ya que la apasionada relación de Mandy y Jordan continúa creciendo y consolidándose en la segunda y la tercera entrega. Es romántica, sensual, con una pizca de pimienta y bastante ternura… O sea, es el tipo de historia que me encanta leer, sólo que en este caso la he escrito yo :-)

Con un trocito de ella te dejo, entonces ¿vale?
 

Bombón. Resumen:

Mandy y Jordan son amigos desde niños. Pudieron haber sido novios adolescentes pero él, incomprensiblemente para Mandy, no acudió a la cita. Ahora ella tiene 26 años, es una cantante famosa, y Jordan, además de su amigo es su Manager.

Pero desde hace dos años Mandy se rodea de malas compañías, alimenta a la prensa sensacionalista con escándalos frecuentes y no atiende a razones. Una noche, Jordan, que secretamente está enamorado de ella, la encuentra en su suite del hotel compartiendo cama con el licencioso vocalista de una banda de rock y decide marcharse: ya no soporta verla vivir así. Cuando Mandy quiere darse cuenta, Jordan se ha ido y su vida es un desastre.

Siguiendo el primer consejo que ha aceptado en años, vuelve con los suyos y nuevamente rodeada de su afecto, Mandy toma conciencia de la realidad: nunca ha querido una vida lejos de los suyos; ha vuelto a casa casi huyendo, esquivando a la prensa, contando mentiras a su equipo, después de cancelar dos meses de actuaciones con la excusa de una enfermedad que no ha precisado, pero más tarde o más temprano va a tener que volver a las giras, a los hoteles, a las interminables sesiones promocionales… Solo que ahora no se siente capaz de hacerlo sin Jordan.

Para Jordan, irse fue un intento de pasar página tan desesperado como inútil: cada vez más atrapado en la red de un amor no correspondido, ya no sabe qué hacer. Pero al tiempo, cuando vuelven a verse y Mandy, inesperadamente, se muestra arrepentida por lo ocurrido y poco después reacciona tan mal al comprobar que él ha asistido con una amiga a la entrega de premios en la que ella es una de las nominadas, se enciende una pequeñísima luz de esperanza…

¿Son celos? ¿Qué significan en alguien como Mandy? ¿Qué posibilidades tiene de enamorar a esa mujer desinhibida y arisca, que cambia de acompañante como de zapatos, cuya relación más larga duró apenas una semana?

Intentar olvidarla no resultó.

Jordan decide que es hora de cambiar de estrategia…

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Y ya lo creo que lo hace. Jordan es un gran estratega -¡me sorprendió hasta a mí!-, pero Mandy es imprevisible, apasionada; una mujer de armas tomar.
¿Qué resulta de la interacción de un tipo muy listo (pero muy enamorado) y de una mujer rebelde que vive la vida apasionadamente, sin ataduras?
Pues, lo dicho: mucho entretenimiento… Romántico, claro :-)

 ~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Mandy llevaba varios días sin saber de Jordan y se sentía rara. Se habían despedido el lunes por la mañana con un “hablamos ¿sí?”. Él había regresado a Nashville.

Y no habían hablado.

Él no la había llamado.

En otras circunstancias no le habría importado tanto, pero ahora…

Mandy se subió a la tranquera y se sentó sobre el listón de madera, con las piernas colgando hacia adentro. El predio de adiestramiento estaba vacío. A lo lejos, se veían luces en el pabellón de los peones. El sol se había ocultado hacía un rato y las faenas del día habían acabado.

Después de darle mil vueltas, el miércoles ella se había decidido y lo había llamado. Nadie había contestado. Tampoco había saltado el buzón de voz. Desde entonces habían pasado tres días, y continuaba sin saber nada de Jordan.

Mandy se subió el cuello del abrigo. Se estaba quedando helada. ¿Qué hacía allí con semejante frío? Bajó de un salto y retomó el camino que llevaba a la casa.

Estaba insorportable. No se sentía ella misma. Pasaba el día ociosa, incapaz de concentrarse en nada más de cinco minutos, y con sus pensamientos volviendo una y otra vez sobre el mismo tema; Jordan Wyatt. Él le había dicho que “se moría por volver con ella”, pero ni había aceptado su nuevo proyecto aún, ni estaba con ella.

Estaba en Nashville.

Seguramente disfrutando de la compañía de su barbi de apellido ilustre.

Y no la había llamado.

Ni siquiera le había devuelto la llamada.

Mandy meneó la cabeza, disgustada. ¿En qué situación estaban? Necesitaba saberlo de una vez. Ya no soportaba continuar así. Respiró hondo cuando comprendió que estaba a punto de saberlo; el hombre que aparcaba frente al jardín, era él.

Mandy se irguió, y avanzó hacia el coche como si no tuviera un nudo en el estómago. Avanzó con su sonrisa despreocupada, ignorando las sensaciones que últimamente se adueñaban de su cuerpo cada vez que lo veía.

Eran intensas y raras. No podía clasificarlas. En realidad, no se animaba a hacerlo. Así que jugaba a ignorarlas.

Pero seguían allí, y eran las mismas: boca inesperadamente seca, latidos que retumbaban en sus oídos… y un montón de nervios que no sentía ni cuando estaba en el escenario frente a diez mil personas.

—Si vienes a cenar, es pronto… —dijo Mandy, apoyándose contra el Corvette, junto a la puerta.

Él sonrió y se dedicó a sacar abrigo y maletín bajo la persistente mirada femenina que le pasaba revista.

Jersey negro de cuello alto. Botas negras cortas. Tejanos de muerte. Imponente como siempre, pero demasiado sport para Jordan.

—¿Es el estilo Nashville? —preguntó ella, con ironía.

Jordan cerró el maletero. —Es el estilo mudanza. Lo mejor para ponerse de mierda hasta arriba embalando una casa, son unos tejanos y un jersey negro. También valen para hacer seiscientos kilómetros por carretera…

“Así que has vuelto a Camden”, pensó Mandy y se obligó a no mover ni un músculo de su cara.

—¿Entramos? —invitó Jordan.

—¿”Entramos”? —Mandy se incorporó, puso las manos en los bolsillos de su abrigo y lo miró irónica—. ¿Es que vienes a verme a mí?

Jordan sonrió. —Tenemos un tema pendiente, sí.

—Bueno… Supongo que si ha esperado una semana, es que no es urgente ¿no?

Mandy pasó junto a él y se dirigió a la casa. Entró y dejó la puerta abierta. Jordan la siguió intentando mantenerse serio y no soltar la risa. No quería enfadarla más de lo que estaba. Entró y cerró la puerta tras de sí.

—Tenía que analizar bien lo que me propusiste, Mandy… No es tan fácil como a ti te parece que es.

Ella estaba al pie de la escalera cuando él habló, y se revolvió.

Menudo imbécil.

—¿Tengo cara de idiota? —regresó sobre sus pasos, y se plantó delante de Jordan, mirándolo rabiosa—. Mira, niño… Si me dices que hablamos, me llamas. Y si ves mi llamada perdida, me la devuelves. Quiero que seas tú, Jordan, pero no pienses ni por un segundo que te voy a dejar jugar este juego conmigo. Vuelve a pasar de mí, y me abro. ¿Está claro?

—No pasé de ti…

Mandy no sólo lo interrumpió, dio un paso más y lo enfrentó. —¿Está claro, o no?

Él la miró con ternura y al final asintió.

—Bien —replicó ella—. No voy a hablar de negocios hoy, así que si has venido a eso, puedes irte.

Jordan la vio volverse sin más y subir la escalera hacia la primera planta. Entonces, las palabras de Jason sobre lo que funcionaba o no funcionaba con una mujer, volvieron a su mente. Cada segundo que pasaba tenía más claro que con esta mujer, no funcionaría. Había sido un error no devolverle la llamada. Jordan asintió. Sí, había sido un error que no volvería a cometer.

En la cocina, Mark y su padre se miraron divertidos. Mandy había sacado las uñas. Los siguientes capítulos de la historia “Jordan & Mandy” prometían ser apasionantes.

Cuando Jordan entró, las miradas hablaban por sí mismas. Pero por si cabía alguna duda, John se lo aclaró.

—Mandy 1, Jordan 0 —le dijo palmeándole el hombro con cariño—.Ven, come algo y repónte para el siguiente asalto.

Jordan se sentó a la mesa sonriendo violento, y se dispuso a recuperar fuerzas con un trozo de la mejor torta de queso y moras del país.

Para vérselas con Mandy, desde luego, le haría falta.

 

* * *

 

Mandy no habló de negocios aquel día. Ni el siguiente. No fue hasta el domingo después de comer, cuando Jordan volvió a intentarlo por quinta vez en tres días y el muro cedió.

Mientras el resto de la familia miraba televisión en el salón, Mandy escuchaba la exposición de Jordan en la cocina, con la vista fija en su pocillo de café.

Seguía enfadada. Y seguía celosa.

Celosa de que hubiera corrido a darle explicaciones a su barbi, y a ella la hubiera tenido una semana esperando una decisión. Y lo peor de todo era que admitir que estaba celosa la enojaba mucho más que todo lo demás. Porque los celos no podía controlarlos. Los sentía. No los había sentido en la vida antes, y no sabía cómo manejarlos.

—Las seis fechas que tienes en diciembre son impepinables. Si no cumples, te va a costar un montón de pasta, así que yo te aconsejo que actúes. Año nuevo, vida nueva. Y con la discográfica… las actuaciones comprometidas ya están cumplidas, aunque en algún momento del año tendrás que volver a entrar en estudio con un álbum nuevo y habrá que negociar las actuaciones promocionales, pero eso se verá en su momento… Estuve echando un vistazo a los festivales. Varios coinciden mes, así que va a haber que montarlo muy bien, si no vas a acabar de cama…. Las actuaciones en ciudades más pequeñas se pueden coordinar en relación a los festivales. Con tus actuaciones especiales para fans, lo mismo… Creo que puede funcionar —Jordan estiró las piernas, bebió un sorbo de café—. Va a ser una pila de trabajo y engranar las cosas muy bien, pero puede funcionar bien…

Miró a Mandy. Ella seguía con su vista fija en la cucharilla con la que removía el café, algo ausente.

—Vas a tener que modificar un poco tu imagen —continuó Jordan al ver que ella no decía nada—. Tejanos, Mandy. Ropa más normal. No quiero tener que estar sacándote vaqueros salvajes de encima…

Los ojos femeninos se llenaron de una mezcla de vanidad y rabia.

—Me los vas a tener que quitar de encima igual. Lo que les gusta no es mi ropa.

Cierto. Como para que no les gustara…

—Tejanos, Mandy —repitió masculino. Hizo una pausa y añadió—. Y un cinco por ciento más.

La mirada de ella se desplazó del pocillo de café a los ojos de él, desafiante.

—Vaya… —se recostó contra el respaldo de su silla y se cruzó de brazos—. Eso es un montón de dinero, ¿sabías?

 

En aquel momento Mark se disponía a entrar en la cocina, pero se detuvo. ¿Cinco por ciento más? Sonrió divertido y se apoyó junto al marco de la puerta a ver qué contestaba Mandy.

 

—Tu proyecto es un montón de trabajo.

Mandy continuó mirándolo, desafiante. Así que no había vuelto con el rabo entre las piernas…

Está bien, sabes lo que vales. Me gustas, chico.

—Por un cinco por ciento más, te voy a querer pegado a mi sombra las veinticuatro horas del día. Todos los días.

—Dieciséis —puntualizó él—. No voy a dormir contigo.

Mandy sonrió. Jordan también; era la primera sonrisa auténtica que veía en aquel rostro hermoso, en tres días.

—Encárgate de que tus chicas lo sepan, ¿vale?

Había dicho “chicas”, pero quería decir “barbi de apellido ilustre”. Jordan leyó entre líneas.

—Ya lo saben —contestó, masculino.

 

Mark se frotó las manos y volvió al salón a compartir las noticias.

 

Mandy asintió y se puso de pie. Jordan la miró mientras se alejaba hacia el salón, con las manos en los bolsillos de los tejanos.

Sus ojos como siempre desde hacía años, la recorrieron. Desde aquella melena rizada que le cubría hombros y espalda, a través de unas curvas de vértigo que no conseguía disimular ni aunque se pusiera un jersey dos tallas más grande como el azul que llevaba… Hasta las deportivas, en sus pies, resultaban sexy.

Es que era sexy. Toda ella. La mujer más sexy del planeta.

Dieciséis horas por día con Mandy. Siete días a la semana.

Dios.

 Bombón, capítulo 10 (extracto)

© Patricia Sutherland

———————————

Bombón, Sintonías 1. Disponible en formato impreso y digital aquí.

 

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 2ª parte.

Ésta es la segunda parte del extracto que publiqué la semana pasada. Ambos corresponden al capítulo 18 de la novela. Si no has tenido ocasión de leerlo, échale un vistazo al post: allí encontrarás también sinopsis y otra información que te ayudará a ponerte en situación :-)

¿De acuerdo? Entonces, empecemos…

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Amigos del almaTan pronto Victoria y compañía desaparecieron de la vista, Gillian liberó su mano.

La próxima vez que quieras marcarte un farol, búscate a otra… ¿vale?

Quería estar enojada, que su voz sonara molesta. Pero era consciente de que ni parecía enojada ni sonaba molesta. Le había gustado que pusiera a distancia a esa mujer. Y también, la idea de que tal vez estuviera pensando quedarse en Camden.

No era un farol —contestó él de lo más natural, y tiró el cucurucho vacío a la papelera.

Gillian se volvió a mirarlo.

¿A no? —paró en seco delante de él—. Le hiciste creer que estabas conmigo y no estás conmigo, Jason.

Él avanzó un paso más, le rodeó el cuello en un abrazo holgado más desafiante que sugerente y la miró desde sus alturas, provocativo.

Sí que estoy contigo. Es lo que quiero. Lo que te pedí hace un siglo. Que sigas pensándotelo no cambia nada.

Gillian sonrió igual de desafiante. —Como no me saques las manos de encima, te voy a patear el culo.

¿Tú solita? —Jason sonreía.

Y no se movía.

Gillian bajó la vista y cuando volvió a mirarlo no había rastro de sonrisas en su cara.

No soy Victoria. El día que quiera que me toques, no me voy a insinuar. Te lo voy a pedir, sin más.

Los ojos de Jason descendieron lentamente a sus labios. Se quedaron ahí unos segundos que a ella le parecieron eternos. Al final regresaron a sus ojos.

Y… ¿eso cuándo va a ser?

No había acabado la frase que a Gillian un escalofrío la hizo estremecer, recordándole lo vulnerable que era. Especialmente, cuando él tomaba la iniciativa así.

Suéltame, Jason.

“Ay, niña, cómo me pones” pensó mientras se apartaba de forma ostensible con una sonrisa radiante que a ella le sentó como un tiro.

No juegues a este juego, Jay. Se nos va a escapar de las manos y hay cosas importantes por medio.

Por supuesto que jugaría a ese juego.

Y todos los que hicieran falta hasta encontrar la manera de que a ella las cosas se le escaparan de las manos. Y por lo pronto iba a llevar el juego un poquito más allá, a ver qué tal lo aguantaba.

Jason echó un vistazo a los demás. A pocos metros de allí, hacían que charlaban pero no se perdían detalle. Necesitaban escabullirse un rato.

Ven, demos un paseo —dijo ofreciéndole su mano que ella, naturalmente, no tomó. La sonrisa de él se hizo más grande cuando se dispuso a iniciar la maniobra de distracción—. Cógela, no hundas mi reputación delante de esos cotillas.

Qué listo era… Ella meneó la cabeza. Lideró el camino sin coger su mano, mirando a otra parte para esconder la sonrisa.

¿Qué? —dijo al rato, espiándolo por el rabillo del ojo—, ¿vamos a tener otra conversación trascendental?

Él la miró feliz. Sonaba tanto a la Gillian de siempre…

No sé, ¿quieres? Hoy no estoy muy trascendenal que digamos.

¡Alabado sea Dios! —replicó ella risueña, en un suspiro.

Él también empezaba a sonar como su amigo del alma.

Al oírla, Jason se detuvo sin darse cuenta.

¡Cómo echaba de menos ésto!

Se apoyó contra una de las columnas de madera que bordeaba el sendero curvo, para disfrutar a gusto ante la mirada sorprendida de ella.

Joder, Gill… ¿Dónde te habías metido?

Ella se encogió de hombros. Era largo y complejo de explicar y además, a estas alturas, importaba poco. En realidad, cada día importaba menos.

Jason se cruzó de brazos. Fue una jugada premeditada. Y ella, aunque lo sabía, siguió cada movimiento con la misma atención que había seguido todo lo relacionado con él durante años.

Pero con un interés distinto, claramente sensual.

Si no aflojas el lazo, se va a romper —dijo él. Gillian clavó los ojos en el suelo cuando el corazón empezó a darle martillazos en las sienes—. Te necesito, Gillian ¿entiendes lo que digo?

Dios, sí. Claro que lo entendía. Ella lo miró con los ojos brillantes.

¿No decías que no estabas trascendental hoy?

En otra jugada premeditada él respiró hondo, hinchando el pecho. Los ojos de ella siguieron el movimiento de esos pectorales increíbles que parecieron duplicar el tamaño cuando él insufló aire en los pulmones.

Eres muy inteligente —dijo, seductor—. Y me conoces bien, así que sabes que te estoy marcando al cuerpo. Y que voy a tumbarte.

Sí, lo sabía pero eso no evitó la descarga brutal que la sacudió al oírlo.

Y los dos sabemos que aunque te lo pienses otros mil años, solamente tienes tres opciones. Aceptarlo y decidir momento y lugar. Quedarte a ver cómo te tumbo y en ese caso, el que decide soy yo. O —procuró que su voz siguiera firme—, pedirme que vuelva a Dallas.

También lo sabía y justamente por esa razón había intentado mantenerlo a distancia con la esperanza de que eso lo enfriara. El efecto, en cambio, había sido al contrario. Lo que confirmaba que para mal o para bien, él iba en serio.

O creía que era así.

Pero eso no cambiaba el clima en su interior: estaba aterrada de dónde les conduciría ese camino. Y seguía necesitando tiempo. Y sí, también echaba de menos a su Jason.

Ella también lo necesitaba.

Gillian suspiró, se ajustó la coleta ante su mirada expectante y lo miró sonriente.

Si sigues entrenando así, vamos a tener que agrandar el hueco de las puertas. ¿En qué pensarás que te inspira tanto?

Él sonrió, todo vanidad.

“Quién sabe”, contestó.

____________________

© Patricia Sutherland

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.

Novela romántica Amigos del alma, una historia de almas gemelas – Extracto, 1ª parte.

Me gusta escribir artículos sobre temas variados como los que encontrarás si echas un vistazo al archivo de esta página, y sin duda, en los casos en que es necesario documentar y buscar referencias, me siento a mis anchas. Peeero, soy escritora de novela romántica, y de vez en cuando, me tienta la idea de publicar extractos…

Y como ves, no hago el menor esfuerzo por resistirme a la tentación.

Cuando tengo el “gusanillo romántico”, siempre pienso en escenas con las que disfruté de manera especial mientras las escribía. Es el caso del siguiente extracto, que aunque pertenece al mismo capítulo, publicaré en dos entradas distintas. Lo hago así porque el cuerpo central de la página es angosto, y el post resultaría demasiado largo.

Entrando en materia, así como en su momento comenté que mi protagonista masculino preferido de la Serie Sintonías es el que aparece en Primer amor, ahora diré que, sin ninguna duda, la historia que más me gustó escribir es ésta, Amigos del alma, a la que pertece el extracto, cuya primera parte publicaré hoy. Por muchas razones, es una novela muy especial para mí, pero no te preocupes, que no me enrollaré con eso ahora :-)

Para ayudarte a que centres el tema, aquí tienes la sinopsis:

“Cuando le preguntaron a Jason Brady, el flamante entrenador de Los Tigres de Arkansas, si consideraba que haber conseguido ensamblar un buen equipo en tiempo récord, y mantenerlo en buena posición -a pesar de la plaga de lesiones que sufren desde el primer partido-, era el logro más peleado de su vida, él contestó con su sonrisa seductora y su talante de ganador: “No, hombre… Mi logro más peleado fue que mi chica me dijera que sí”. Cuentan que la sala de prensa estalló en carcajadas: además de su gran sentido del humor, hasta los cronistas hombres admiten que no es, precisamente, del tipo al que las mujeres le dicen “no”. Pensaron que había sido una broma, una al mejor estilo Jason Brady.

[...]Todas las personas con las que he hablado coinciden en una cosa: Jason y Gillian son como dos gotas de agua… Pero lo que los distingue de otras grandes amistades, es que al parecer mantienen una especie de conexión mágica que los fortalece y los complementa, y es un atributo exclusivo de las almas gemelas.

[...]¿Cómo pasan dos personas de ser carne y uña, los mejores amigos durante más de una década, a convertirse en pareja sentimental?

¿Qué circunstancia tan especial, nueva y determinante puede llevar a dos personas que han mantenido un nivel de comunicación tan profunda, a estrechar lazos?

Bueno, lo que el entrenador Brady dejó claro con su comentario en la sala de prensa es que, a) no fue fácil; b) no fue sincronizado; y c) fue él quien puso el balón en movimiento…”

Diane Lilly, Glam Magazine.

Jason Brady y Gillian McNeil son…

Amigos del alma, una historia de almas gemelas.

Y para que puedas ponerte en situación, te cuento en tres frases qué ha traído a mis personajes a las circunstancias que narra el extracto:

Un suceso inesperado hace que Jason se dé cuenta de la verdadera naturaleza de lo que siente por su amiga del alma, y con la seguridad que caracteriza todos sus movimientos -dentro y fuera del terreno de juego-, “pone el balón en movimiento”. O sea, abre la caja de los truenos. Ni siquiera se le cruza por la mente que Gillian le ponga pegas; después de todo, es una mujer, y a él, las mujeres nunca le dicen que “no”.

Pero Gillian, cuyo sentido común es tan grande como la vanidad de Jason, no le permite siquiera acabar de explicarse: cierra la caja de los truenos de un golpe seco, coloca en el fondo del freezer la amistad cómplice que hasta entonces compartían, y las cosas se tornan realmente difíciles para el mejor quarterback de la liga…

Ahora sí, te dejo con el primer extracto “inédito” de Amigos del alma.

Que disfrutes de la lectura, y hasta la próxima.

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Amigos del almaDomingo, 11 de junio de 2006

Riverfront Park,

Little Rock, Arkansas

Jason conocía a Gillian muy bien. Sabía que lo iba a poner bajo la lupa, estudiando cada uno de sus movimientos, pasando cada palabra y cada gesto por su trampa caza-ligones hasta que tuviera la certeza de que no había incoherencias. Y que sólo entonces, consideraría su propuesta seriamente. Y firme seguidora de la cultura “slow” como era, Jason también sabía que el proceso podría tomar… Sólo Dios sabía cuánto.

Contaba con eso.

La cuestión era que si la flamante vivencia del amor era estremecedora para cualquier primerizo, para un hombre caliente como él, estaba resultando una experiencia límite: amor y deseo corrían una carrera loca, con el pedal a fondo y la adrenalina subiendo imparable, convirtiéndolo, literalmente, en una bomba de tiempo.

La distancia que ella imponía tácitamente, lo esquiva que seguía siendo con él, no hacían más que hostigar su sangrante ego, avivando a su vez, una pasión incendiaria que él intentaba controlar de la única manera que podía; a golpe de entrenamiento. En circunstancias normales, ella se habría dado cuenta y puesto remedio, o al menos, paliativo. Gillian también conocía a Jason muy bien. Pero él tenía toda la impresión de que, concentrada en diseccionarlo bajo el microscopio, no se daba cuenta de que en la retaguardia, su resistencia estaba a punto de capitular.

La necesitaba desesperadamente. A la amiga tanto como a la mujer.

Sin ella ya casi no podía ni respirar.

Jason volvió a echar un vistazo por encima del hombro.

Gillian seguía de pie junto a unas atracciones conversando con Mandy. Para variar, ni lo miraba. Y él, para variar, tenía que programarse para quitarle los ojos de encima. Y para dejar de alucinar consigo mismo: camiseta de mangas cortas, de esas que dejan el estómago al aire, bermudas y bambas. Todo color negro, igual que el lazo que llevaba en el pelo. Lo más sugerente que había a la vista eran sus tres pares de músculos abdominales ligeramente marcados. Pero a este nuevo Jason, ni los contoneos de una estrella del porno en ropa de trabajo conseguirían inspirarlo más.

“Esa mujer es la caña”, pensó y un instante después, cuando recordó dónde había oído esa frase antes, no pudo evitar una sonrisa irónica.

Jordan al detectar el gesto, lo codeó para llamar su atención. Habían ido a por helados para todos y esperaban frente al puesto atestado de niños.

¿Qué? ¿Cómo va la cosa?

Se lo piensa —contestó sin más. Y procuró poner su atención en los críos que estaban volviendo loco al heladero cambiando de idea sobre si chocolate o vainilla cada dos segundos y quitarla de esa mujer que lo encendía sin mover una pestaña y encima, ni siquiera se daba cuenta del terremoto que desencadenaba a su paso.

Eso es bueno —dijo Jordan, divertido. Acompañó sus palabras con un par de palmaditas en el hombro de su amigo quien le dedicó una mirada tan gráfica que no requirió más explicaciones—. Es bueno. Le dijiste que volverías a Dallas si ella te lo pedía. ¿Te lo ha pedido?

Jason negó con la cabeza.

¿Lo ves? Tú ten paciencia.

Ya, pero ser paciente con el sexo opuesto no era uno de sus puntos fuertes. Jason volvió a mirarla de refilón. Ella charlaba con Mandy mientras se recogía el cabello con el lazo. Sus ojos quedaron atrapados en el vaivén de esa mata larguísima que zigzagueó en el aire como la cola de una sirena.

Lo siguiente fue una descarga que puso todo su cuerpo a latir al ritmo del corazón.

Joder —murmuró sin darse cuenta.

Y dos segundos después, clavó la vista en la pila de cucuruchos que había sobre el mostrador frente a él.

Jordan lo miró con cariño y no hizo más comentarios.

Les tocaba pedir y eso hicieron.

Poco después, con once helados repartidos entre los dos se disponían a volver donde estaba el resto de la familia cuando oyeron que alguien llamaba a Jason.

“¡Jason Brady! ¡No me puedo creer que seas tú!”, dijo una voz alegre.

Y de mujer.

Ambos se volvieron a mirar. Jordan sonrió divertido. Jason meneó la cabeza.

¿Qué te apuestas a que ahora sí que me está mirando?”, pensó.

Amigos del alma, (extracto) Capítulo 18.

________________

© Patricia Sutherland

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Amigos del alma, Sintonías 3. Disponible en libro impreso y digital aquí.


Novela romantica Primer amor, un extracto romántico para el día de San Valentín

Aunque los tres protagonistas masculinos de mi Serie Sintonías son hombres singulares, nunca he ocultado cuál de ellos me robó el corazón desde el principio.

Y no sólo ha robado el mío; desde que viera la luz la segunda de la serie, que lo tiene de protagonista, mi chico de ficción favorito se ha convertido en un auténtico coleccionista de corazones… ¿Por qué? Ah, por muchísimas razones que podría explicar con lujo de detalles, pero no tengo la menor intención de hacer.

En cambio, haré algo mejor.

¿Qué tal si te dejo “pispear” una de sus puestas en escena? Eso lo explicará mejor que mil palabras, te lo aseguro. Gusta la idea, ¿eh? Me lo imaginaba :-)

Te dejo, entonces, con este extracto “inédito” de Primer amor.
¡Que tengas un San Valentín de película!

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Mark aparcó frente a casa de Shannon y cerró el contacto. Sabía muy bien que ella no iba a invitarlo a subir. Tan bien como sabía que él no debía sugerirlo, pero no quería irse. Le apetecía pegarse a su piel, meterse en su cuerpo, saborear cada centímetro de ella. Y a falta de eso, le apetecía su risa, su espontaneidad.

Hacía tantos años que nadie conseguía siquiera entretenerlo más de un par de horas, que cada minuto que pasaban juntos se le hacía más difícil dejarla. Sin darse cuenta, Shannon había sacado a la superficie de las emociones de Mark un deseo que, de tan intenso, acabó convirtiéndose en necesidad: la de encontrar esa mujer que lo complementara. Un deseo de cuya intensidad Mark solo fue consciente cuando la vio y supo que esa mujer, era ella. Cuatro meses después, la piel se lo pedía a gritos.

—Aunque casi ni yo puedo creérmelo, me lo he pasado genial. Gracias, Mark.

Su voz lo sacó de su ensimismamiento y cuando la miró, ella sonreía.

—¿Y por qué “casi no te lo crees”?

Shannon lo miró con picardía. —No suelo esperar pasarlo bien con alguien que piensa que las mujeres de hoy día somos huecas por dentro…

—¿Habrá ayudado la paliza que me diste jugando a los dardos?

Shannon rió divertida. Le había dado un palizón.

—Habla en tu favor que no dijeras, como todos, que te dejaste ganar.

—No me dejé ganar —Mark se acomodó con la espalda contra la puerta del conductor—. Pero aunque fuera así, no te lo diría.

—¿Siempre eres tan caballero?

Ella lo miraba con su expresión de niña, un poco dulce, bastante desafiante. Y él se moría por quedarse, subir con ella, hacerle el amor. Pero había dicho que le daría el tiempo que necesitara para resolver lo que tuviera que resolver. Asintió con sus ojos claritos clavados en ella.

—Siempre.

Una sonrisa radiante apareció en la cara de Shannon, que asintió varias veces con la cabeza, y se volvió para apearse.

—No te muevas —pidió él, reteniéndola por un brazo. Ella lo miró interrogante. Lo vio indicarle con la mirada que se quedara sentada, luego apearse, dar la vuelta por delante del monóvolumen y abrir la puerta del acompañante.

Las veces que una escena parecida se había repetido entre ellos volvió a la mente de Shannon. Entonces, pensaba que él lo hacía para ponerla nerviosa. Ahora, empezaba a dudar que aquel hombre hiciera algo más que lo que le diera la gana en cada momento. Entonces, a ella le molestaba. Ahora, le encantaba.

Shannon sonrió a modo de agradecimiento, ambos caminaron hasta la puerta de su edificio.

—Quién le habría dicho a la cría de los pelos azules y la ropa punky que un día saldría con un caballero de la corte del rey Arturo… —comentó ella, risueña, y sacó las llaves del bolsillo de su abrigo. Mark se las cogió de la mano y abrió la puerta.

—Quién le habría dicho a esa cría que un día le encantaría salir con un caballero de la corte del rey Arturo —matizó él.

Le devolvió las llaves, rozando suavemente sus dedos con los de ella. A Shannon un cosquilleo muy agradable le recorrió el cuerpo. A él, un escalofrío. —Hoy lo voy a tener complicado —continuó él, suavemente—. No creo que acabe hasta las cinco o las seis. Y después quiero llevar a Patty y los críos por ahí, a pasear…

Shannon asintió. Mark probó suerte.

—¿Te apetece que nos veamos un rato sobre las once o así? Podríamos ir a bailar o donde quieras…

—Yo también tengo un día complicado. Nos hablamos y vemos ¿te parece?

No, no le parecía. Quería verla. Necesitaba saber que la vería.

—Vente a comer al rancho y luego, si puedes, te apuntas a la salida.

Era más que una sugerencia: un deseo expuesto al mejor estilo Mark Brady, con tanta dulzura como determinación que a ella le supo a caricia.

—Los sábados como con Cathy… —dijo ella, sonriendo.

—Tráetela.

Shannon se quedó mirándolo. Esas formas suyas empezaban a gustarle demasiado. Y su propia reticencia a rebelarse a tanta determinación, demasiado poco.

—Es una idea —se sorprendió diciendo, en vez del “ya veremos” que tenía pensado contestar.

Lo vio asentir sonriendo, ponerse las manos en los bolsillos y dar un paso atrás.

Era hora de irse, y se marchaba.

Shannon no pudo evitar pensar que irse sin al menos intentar quedarse, no era propio de un hombre en estos tiempos. Por más Mark Brady que fuera el hombre en cuestión. Las ganas de tentarlo fueron irreprimibles. Tantas como las que tenía de que la noche no acabara, de seguir con él, sintiendo lo que solamente él podía hacerle sentir, solo con mirarla.

—¿Ya te vas? —le preguntó suavemente sin perderse gesto.

Vio sus ojos claritos, brillantes, enfocar en ella durante una eternidad. Al final, lo vio asentir levemente, con una expresión dulce en la cara.

Shannon sonrió de oreja a oreja.

—Eres todo un personaje…—le dijo divertida—. La tentación de tentarte fue demasiado grande… Lo siento, no pude evitarlo.

Mark enarcó la ceja, burlón.

—Soy un hombre, Shannon. En el más amplio sentido de la palabra.

—¿Los “hombres en el más amplio sentido de la palabra” no se tientan?

Ella se apoyó contra el marco de la puerta de cristal, manteniéndola abierta con su cuerpo, y se dispuso a mirarlo a gusto mientras él avanzaba el paso que había retrocedido, y se detenía frente a ella. Lo vio apoyar una mano sobre el borde del marco, por encima de su cabeza.

Shannon miró de reojo el brazo descansando contra el marco, y luego a él, desafiante.

—Me tientas —admitió él, y dio otro paso hacia ella—. Toda tú.

A esa distancia, no solo su perfume masculino la rodeó. Podía sentir con intensidad, sensaciones vibrantes que no acertaba a decidir si eran solo suyas, o de los dos.

—Podría dejarme llevar —continuó él buscando su mirada—. Pero si solamente quisiera eso, lo podría haber hecho desde el principio ¿no te parece?

—Te freí a calabazas —susurró ella—. No tuviste ocasión.

Mark dio un paso más. Estaba tan cerca que ella tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Si hubiera querido seducirte, lo habría hecho —le apartó un rulo rebelde de la mejilla; la punta de los dedos le rozaron la mejilla y ella se estremeció—. No quiero seducirte. Quiero enamorarte. Quiero que cuando me mires veas el hombre de tu vida. Que para ti, nunca nadie se compare conmigo. Y que dentro de ochenta años sigas sintiendo exactamente igual —otro estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies. Esta vez, sintió que él también se estremecía, y se esforzó por mantener la mirada—. Me tientas, Shannon. Y me importas, como ninguna mujer me importó en la vida. Por eso me voy.

Sus palabras, el tono de su voz, su dulzura… Todo lo que fluía de él, más allá de lo que comunicaba verbalmente, fue como un gran abrazo amoroso, de una intensidad tal que la dejó sin aliento. Cuando él, a modo de despedida, se acercó a besarle la frente, ella aún contenía la respiración.

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

© Patricia Sutherland, Primer amor, Sintonías 2ª, Capítulo 13.
Nota: Para saber a qué viene que haya resaltado parte del texto en amarillo, echa un vistazo a ésto.

Princesa, mi nueva novela romántica – Extracto 3

 

Como lo prometido es deuda, aquí tienes el tercer y último extracto de Princesa.

Con él, me despido hasta el año que viene, deseándote de corazón que tengas una Feliz Navidad, y un 2010 lleno de deseos cumplidos…
Y, por supuesto, mucho, mucho romance ;-)

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

             —Hola, vecina ¿qué, haciendo footing?

Tess se detuvo y se volvió hacia la voz con resignación. Por alguna razón que no acababa de comprender, su pelilargo vecino, con el que no había coincidido ni una sola vez en diez años, ahora era una visión recurrente, como si formara parte del paisaje.

Ella se miró su propia indumentaria deportiva en un gesto ostensible.

Ya que la respuesta resulta obvia —dijo al fin con una expresión fingidamente interesada—, deduzco que en realidad no era una pregunta, ¿verdad?

Desde el suelo donde desmontaba una pieza metálica, Dakota soltó la carcajada. Se puso de pie, meneando la cabeza incapaz de creer que aquella mujer pudiera ser tan rebuscada y que a pesar de serlo, le resultara tan jodidamente atractiva, aunque eso era harina de otro costal, y se dirigió hacia ella, limpiándose la grasa de las manos con un trapo.

Deduces bien —dijo con una sonrisa cautivadora—. Se llama hablar por hablar y la gente vulgar lo hace todo el tiempo ¿por qué no pruebas, a ver qué tal?

Ella jamás hablaba por hablar ¿acaso tenía algún sentido?, lo que no creía, en absoluto, que la convirtiera en alguien especial. Y en circunstancias normales, se lo habría dicho sin ambages. Éstas, no lo eran.

Simplemente, porque Tess se había quedado atrapada en aquella sonrisa. En sus labios delgados, perfectamente delineados, que lucían húmedos y de un color rosado fuerte, como si llevaran carmín. Podrían ser unos labios de mujer, pensó. Pero no pertenecían a una mujer, y la media perilla apenas una franja corta y estrecha de pelo que nacía debajo de su labio inferior y le llegaba hasta el final de la barbilla, daba fe de ello.

Dakota la miraba sonriendo, entre expectante y divertido, y ella…

Tess era consciente de que él se estaba burlando, y lo hacía con descaro, pero su cerebro, era evidente, había decidido ignorar la burla y concentrarse en aquella boca que, inexplicablemente, encontraba… ¿apetecible?

Inglaterra, concluyó ella mirando a otra parte con una creciente sensación de bochorno, no le estaba sentando nada bien si podía encontrar algo “apetecible” en aquel niño descarado. Y cargó las tintas sobre la palabra “niño” en un intento de que su propio cerebro recordara que la criatura tenía tan solo veinticuatro años.

Sin embargo, Tess no consiguió apartar la mirada lo bastante rápido, que no pasó desapercibida a Dakota. Entonces, un relámpago, cargado hasta los topes de energía, atravesó al hombre de la media perilla, despejándole todas las dudas que tuviera al respecto: jugaría aquel juego. A pesar de que era la peor idea del mundo, jugaría aquel juego hasta el final.

Todo su lenguaje corporal se transformó en un segundo, pero Tess, ocupada en sus propios pensamientos, no se percató.

Corriente —dijo ella mientras quitaba una pelusa imaginaria de su top negro, poniendo fin al incómodo silencio.

Él frunció el ceño. —Corriente ¿qué?

Se dice gente corriente —aclaró Tess—. Es lo más apropiado en este caso.

La sonrisa apetecible volvió a hacer acto de presencia, aderezada con una pizca inocultable de desafío, anuncio de la carga de profundidad que él estaba a punto de lanzar.

Te gusto cantidad, ¿eh?

Ella alzó las cejas, sus ojos lo escrutaron como si todo él fuera un código cifrado.

Gustar era un concepto muy amplio, pensó Tess, y muy relativo; también le gustaban los mojitos y el tabaco, y hacía más de dos años que no probaba ni lo uno ni lo otro.

Ya lo creo —replicó ella, en tono de guasa, dispuesta a practicar aquel arte insólito de hablar por hablar, ya que él decía que era tan “vulgar”—. Aún no he decidido qué me gusta más de ti, si tu corte de pelo estilo Kurt Cobaine después de un mal viaje, o tus modales exquisitos. Especialmente, cuando bebes latas de gaseosa —hizo una pausa para mirarlo, altiva—. Pero no te apures, cuando lo decida te lo haré saber.

No esperaba enojarlo aunque, desde luego, le habría gustado, y efectivamente, no lo enojó. Al contrario, lo vio asentir repetidas veces con la cabeza sin perder la sonrisa, y Tess tuvo la sensación de que él continuaría con las puyas, pero no fue así.

¿Cuándo vuelves a Boston?

Me voy el sábado —replicó ella, preguntándose a qué se debía aquel inesperado cambio de tercio.

¿Tan pronto? La echaría de menos. Hacía siglos que lo más interesante que Dakota encontraba en la parcela vecina eran los tangas de la hija menor de los Gibb, secándose al sol.

Cuando había sol, claro.

Tres días no daban para muchas florituras con una mujer como aquella.

Vale. Entonces, nada de florituras. —Así que la cosa está entre mi pelo y mis modales —comentó él, divertido, al tiempo que le daba la espalda y se dirigía al interior del garaje.

A Tess le pareció que él volvía para ocuparse de su “princesa” de hierro, su moto, a la que siempre estaba limpiando y sacando brillo, pero en aquel momento Dakota se quitó la camiseta, y un instante después, cuando ella aún no había tenido tiempo de recuperarse de la sorpresa, él se llevó una mano al cabello, y lo liberó de la banda con que lo sujetaba en una coleta baja.

A continuación, se quedó tal como estaba, exhibiéndose con desparpajo, esperando pacientemente a que la medicina hiciera efecto.

Los ojos de Tess siguieron los trazos del dragón bicéfalo de dientes amenazadores, cuyas alas desplegadas rodeaban los hombros de Scott, como si estuvieran abrazándolo. Su sinuoso cuerpo, cubierto de escamas, zigzagueaba a lo largo del eje central de la espalda masculina, con una belleza transgresora propia de las obras de Don Ed Hardy.

Aquello era un festín visual en escala de azules, violetas y rojos, volcados sobre un lienzo excepcional.

Sin embargo, Hardy no podía haber sido el autor de aquel tatuaje. Entre otras razones porque ya se había retirado antes de que Scott naciera.

Y además, ni siquiera alguien con semejante sentido de la estética, habría podido concebir una visión tan fantástica como aquella voluptuosa cola dentada de dragón desapareciendo bajo la cintura de los calzoncillos, que asomaban, sugerentes, por encima de los tejanos.

 La sola idea de averiguar cómo sería el final del tatuaje la hizo suspirar. Entonces, Tess volvió a la realidad, roja de vergüenza, y Dakota, con una sonrisa radiante, se echó la prenda al hombro, dando por finalizado el espectáculo.

Acabo de hacerte más fácil la decisión ¿a qué sí? —dijo, mirándola de soslayo antes de atravesar la puerta que comunicaba el garaje con la vivienda—. Por si no nos vemos de nuevo, que tengas buen viaje.

Vaya, si lo había hecho.

Tess acababa de descubrir que le encantaban los dragones.

En especial, los de cola dentada.

_________________________

© Patricia Sutherland

 

Princesa, mi nueva novela romántica – Extracto 2

Aquí va otro fragmento romántico de mi nueva novela, en esta ocasión un poquito más sensual. Para compensar los fríos polares que azotan la península, ya sabes ;-)

Que lo disfrutes, y hasta la semana que viene.

~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~*~~

Tess echó un vistazo a su alrededor. Una de las tres chicas que ocupaban la mesa próxima, dejó de hablar al ver que ella las miraba, y entre risas y cuchicheos siguieron a lo que estaban tan pronto Tess apartó la vista. Se preguntarían qué hacía un “chico como él” con una “anciana como ella”, era evidente. Lo cual no hizo más que confirmarle sus propios pensamientos; no debía permanecer allí por más tiempo.

Escucha… —empezó a decir. Dakota alzó los ojos por encima de su vaso de café y la miró, haciendo que ella deseara que la tragara la tierra. ¿Qué estaba haciendo allí con aquel niño guapo que apenas acababa de cumplir los veinticuatro? ¿Acaso había perdido el juicio?—. Creo que esto no es una buena idea.

Y no acabó de decirlo, que ya estaba manoteando sus cosas para irse. Se habían encontrado por casualidad, era cierto, pero ella sabía perfectamente cuáles eran sus pretensiones, ya que él, en ningún momento, se había molestado en ocultarlas.

Lo mejor es que me vaya —añadió con decisión.

¿Qué no es una buena idea? —apuntó él, risueño, al tiempo que tiraba suavemente de su manga, instándola a que volviera a sentarse— ¿Esperar a que deje de diluviar mientras tomas café en un Starbucks?

Tess suspiró. Se sentó a regañadientes, pero no se quitó el abrigo porque no pensaba quedarse. No debía quedarse. Diría lo que tenía que decir, y luego se marcharía. Diluviara, o no.

Vivo en Boston, soy mucho mayor que tú, y mi hermana, que vive aquí y es de tu misma edad, está enamorada de ti.

¿Y…? —replicó él, de lo más fresco.

No seas cruel… —lo reprendió, como si se tratara de su hijo adolescente—. Y no te atrevas a tomar sus sentimientos a la ligera.

Él, sin embargo, lo tomó como solía tomarse todas las cosas; a broma.

¿Cruel? —dijo Dakota, aguantando la risa— Joder, deberían multarte por hablar así…

Pero a Tess no le hizo ninguna gracia. Se limitó a bajar la vista mientras esperaba que las carcajadas cesaran, cosa que no tardó en suceder.

A ver, ricura… —empezó a decir él con un tono no exento de cierta ternura—. Primero, paso de tu hermana, y segundo, estoy aquí contigo porque quiero…

Al ver que ella seguía con la vista baja, Dakota dejó la frase a medias. Extendió una mano y atrajo su barbilla, obligándola a mirarlo.

Ambos se estremecieron.

Y ambos intentaron ocultarlo a su manera: ella apartó la cara, evitando el contacto; él continuó hablando con su inseparable sonrisa burlona pegada en la suya:

Que yo sepa, no te he pedido nada. Solamente te he invitado a un café… Así que, no le busques la quinta pata al gato, ¿vale?

No lo has hecho, pero lo harás —sentenció Tess, y lo miró directamente a los ojos, ignorando el calor que le arrebolaba las mejillas.

Vaya.

Esto es poner la directa —pensó Dakota al tiempo que se recostaba contra el respaldo, alucinado—, y lo demás, son chorradas”.

La estudió un buen rato, en silencio, sin salir de su asombro. Desde la última vez que se habían visto, cuatro meses atrás, algo había cambiado en la forma en que se relacionaban. Esta conversación no tenía nada que ver con la “batalla dialéctica” que habían compartido en el verano a través de la valla que separaba los patios traseros de sus respectivas casas. Tampoco con el tono de los “consejos sentimentales” que le había ofrecido por email. Entonces, al recordarlo, él cayó en la cuenta de otro detalle. Tess le había asegurado que no volvería a Londres por Navidad, que no planeaba “disfrutar de otro jet lag” en mucho tiempo.

Pero era Navidad, y ella estaba en Londres. Tomándose un café con él, aunque dijera que era una mala idea.

El corazón de Dakota lo festejó con un redoble antes siquiera de que la pregunta acabara de tomar forma en su mente…

¿Había regresado por él, para volver a verlo?

Al primer redoble siguió otro, y otro más…

Y luego, una sucesión de estremecimientos, anunciándole que el número de revoluciones se acercaba peligrosamente al límite…

Y finalmente, una sonrisa incrédula… Cuando él se descubrió agradeciendo que aquel bendito lugar estuviera tan lleno de gente, y que ella, la mujer culpable de ponerlo como una moto, fuera alguien tan poco dado a los numeritos. De otra forma, el espectáculo estaría servido.

Sin embargo, cuando instantes después, Dakota volvió la vista hacia ella, él ya no sonreía. Lo vio incorporarse en la silla e inclinarse hacia adelante sobre la mesa, hasta que ambos estuvieron muy cerca. Tess arqueó las cejas en un gesto característico que solía poner cuando aquel niño impertinente decía algún sinsentido, o ella intuía que estaba a punto de hacerlo.

Pero mientras él permanecía en silencio, sus ojos se ocupaban de desnudarla, y ahora le devoraban los labios…

Dejando a Tess, literalmente, sin aire.

Dime una cosa, nena… —murmuró, al fin. Su mirada ardiente se desplazó de la boca femenina, a sus ojos— ¿tengo pinta de ser de los que lo piden?

Ella tardó en sobreponerse al devastador efecto de aquel avance inesperado.

Tardó en conseguir que su respiración volviera a la normalidad, y también en lograr que el cerebro fuera capaz de centrarse nuevamente.

Con la vista fija en la pajita con la que removía su Mocca Frapuccino, a salvo de la intensidad de aquella mirada que aún la hacía temblar, Tess se tomó su tiempo, sabiendo que recuperaría el control de sus emociones. Así había sido siempre: no había llegado tan lejos en su vida y en su profesión por ser alguien voluble, precisamente.

Y así continuaría siendo.

Lo harás, Scott —respondió cuando estuvo segura de que su voz sonaría firme y serena—. Y yo te diré que no. Porque vivo en Boston, soy mucho mayor que tú, y mi hermana está enamorada de ti… ¿Podrás soportarlo?

Ella se puso de pie y cogió sus cosas. —No tienes pinta de ser de los que soportan que una mujer les diga que no.

Tess se alejó sin que Dakota hiciera el menor ademán de detenerla.

Su mirada, en cambio, dominada por el fuego que aún ardía en su interior, la siguió hasta que ella abandonó el local y se mezcló con la multitud que atestaba la calle.

_______________

© Patricia Sutherland

 

Nota del 13/03/2011:  esta entrada ha sido editada para actualizar el texto extractado de la novela, a la versión final de la misma.